Al amanecer lo primero que vi por mi ventana fue el panteón en la punta del cerro. Después, observé como por sus faldas se iluminan las casitas de teja roja con el ritmo de los rayos del sol que se cuelan entre las nubes. Entonces apago las luces de las farolas. Aunque estoy solo, me gusta que esté alumbrado.

Hace un rato fui a dar mi primer paseo. Apenas hoy noté que mi casa está en el centro rodeada de montañas pletóricas de casas, como si en vez de pueblo aquí donde vivo fuera un teatro y mi casa el escenario. Tiene tejado de lámina roja como todas las demás, aunque con techos altos y las puertas ligeramente más largas.

Hoy también caí en cuenta de otro defecto en mi cuerpo: soy alto y eso ahuyenta a las personas. Cuando vivía en la computadora, ni siquiera me pregunté sobre las diferencias específicas y peculiares de cada lugar.  

Así me sucedió hace un par de horas con la primera persona que conocí en vivo y a todo color. Iba por la calle principal, esa que serpentea rumbo al bosque y lo divisé ( gracias al creador ahora veo mucho mejor) desde lejos, a pesar de la neblina que deambulaba a ras de suelo: un anciano al que le faltaba una pierna y caminaba apoyado en unas muletas de madera, algo torcidas, semejantes a ramas de árbol. Apenas me vio, se pasó al otro lado de la calle. Entonces por hacerle la maldad, me pasé al mismo lado. Se quedó quieto y me miró fijamente a los ojos. Yo sonreí primero y después él.

¿Por qué se asusta? No tenga miedo. No me lo voy a comer.

No es miedo, es precaución. Las cosas se han puesto densas últimamente. Aunque estás tan alto que pareces un inofensivo Uema

No parezco señor, soy uno

¿ Eres tan buen constructor como dicen?

Eso dicen, acabo de nacer hace pocos días.

Órale, para serte sincero es la primera vez que veo uno. Mi esposa sí conoció a otros y seguido me cuenta anécdotas. Vivimos por allá por donde se ven aquellas peñas, Tezoantla es su nombre. Los únicos habitantes que quedamos somos ella y yo. Cuando quieras date una vuelta, a veces no hace daño algo de compañía.

¿Con quién tengo el gusto?

Me llamo Filemón, pero me dicen don Fili. ¿Y tú, como te llamas?

Soy @, para servirle.

Nos despedimos y se perdió entre la niebla. Al poco rato solo escuchaba el golpeteo de sus muletas en el empedrado. A pesar del frío limpié a conciencia todas las calles y callejones del pueblo. Mañana iré a visitar a don Fili.

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