Camino a Tezoantla, me senté a descansar en el mismo encino donde descansé ayer. Su corteza está llena de musgo verde y suave, y en su copa se dibujan rojos otoñales. Parece un candelabro o una mano. Cinco gruesos troncos surgen del tronco principal como si fueran cinco árboles en uno.

En una parte de su tronco se descifran las letras LAVH.  En otras partes están talladas letras ilegibles. ¿Fue en otro tiempo un árbol consagrado a dios o simplemente son iniciales que escribieron algunos enamorados? ¿Quién las escribió y con qué fin?

Los encinos tienen hambre de luz. Hay algunos que crecen en zigzag con tal de colarse por los resquicios que dejan sus compañeros más viejos y así aferrarse a la luz. Unos cuantos encinos secos y con unas cuantas hojas amarillentas, sobresalen moribundos de la aplastante mayoría homogénea y verde ¿Cómo caerán? ¿Súbitamente o les ayudarán los otros árboles a descansar?

Voces a la distancia me distrajeron de mis cavilaciones. Me encaminé a Tezoantla y a lo lejos vi a una multitud arremolinada en el entronque de la carretera. Entre más me acercaba, el griterío y la algarabía se acrecentaron, sin que pudiera distinguir lo que decían las personas, y sin verlas bien por la espesura del ramaje. Casi ya para salir del bosque, del puro nervio, me volví a internar y regresé a la casa.

Al atardecer, anduvieron como almas en pena don Fili y doña Bauci, gritando mi nombre por las calles. Apenas los oí, me encerré en mi habitación y guardé silencio hasta que se fueron.

Hoy no encendí las farolas en el pueblo.

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