Desde que estoy aquí, llueve y llueve y sólo al medio día sale el sol. En la madrugada me despertó el triste aguacero y como ya no pude dormir me puse a desazolvar las cañerías. Después caminé sin rumbo fijo por los callejones hasta que llegué a la biblioteca, un pequeño edificio octagonal que contrasta con la enorme iglesia contigua. En los dos pisos hay estantes empotrados en la pared repletos de libros, suficientes para estar embelesado horas y horas con tan sólo mirarlos.  

Internet es un ser vivo eficaz para crear universos alternos y pésimo para darnos información fiable sobre el pasado. Sólo encontré una vieja monografía de inicios del siglo XXI, Mitos y mitologías de los indígenas hñähñü, donde viene un breve apartado (no más de tres páginas) sobre los Uemas. Según Arturo Herrera, el autor, estos seres fueron ayudantes de dioses menores relacionados a la visión del tiempo como eterno retorno y a oficios como la alfarería y la albañilería. Para las poblaciones que habitaron el Valle del Mezquital, los Uemas personificaban los abuelos y las abuelas que visitaban a las comunidades de vez en cuando. Morían al caerse, metamorfoseándose en iglesia, oratorios, veredas, parques, edificios o interminables murallas. Había algunos, los menos, que se rompían en mil pedazos como si fueran de vidrio y después se convertían en polvo.

Otras fuentes recientes y secundarias, señala el autor, retomaron el mito en el videojuego llamado Apocalíptica: Uemas contra Fausto, muy popular en su tiempo. Los desarrolladores del sofwere pertenecían a cinco corporaciones distintas y utilizaron como seudónimo el nombre Arquímedes, en honor al famoso matemático griego.  

Aunque pude comprender mejor los remotos orígenes de este juego, no terminé de leer la monografía. Una pregunta empezó a zumbarme en la cabeza: ¿Me adentro en este mito o trato de regresar a la computadora y elijo otro?  A ti, probable lector, no te será difícil comprender la razón de mi devaneo. Para experiencias apocalípticas tenemos de sobra con el mundo real. Sin embargo, tiene su atractivo una región donde existan poco más de cien personas.

En lo personal, me alivia saber que, cualquier chico rato, me caigo a propósito y desaparezco antes de lo previsto.

Otra vez anduvieron don Fili y doña Bauci gritando mi nombre por las calles. No contesté, aunque la niebla al anochecer estaba tan densa y ahora sí prendí las farolas. Independientemente de lo que decida, mi obligación es hablar con ellos.

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