Aunque la escritura fue remplazada casi por completo por las imágenes desde hace siglos, escribir me ayuda a calmar la ansiedad, aunque lo que escriba no tenga mucho sentido o coherencia. Me reconforta el ir hilvanando los sucesos que considero más importantes y sobre todo observar cómo mis manos pulsan las teclas, se detienen, borran las letras, vuelven a avanzar. Por eso lo hago cada noche antes de irme a dormir.  Tengo dos carpetas: una que voy llenando con apuntes, notas, garabatos y esta que ocupo para mi diario.

Hoy hice una excepción, pues hace un momento pasó un colibrí por cada uno de los tres cactus que tengo en el alfeizar de la ventana del comedor. Después, hizo cabriolas en el aire y se paseó por las macetas que están colgadas en el balcón, bebió un poco de néctar y se fue. El colibrí bien puede ser macho o hembra.

Mientras estoy escribiendo, el/la colibrí llega de nuevo a beber. Y así a lo largo del día, unos cuantos segundos llega a beber y se va. En la mañana cuando salí al balcón, nos topamos frente a frente y grité. Su plumaje es verde tornasolado y alrededor de sus ojos tiene algunas rayas grisáceas. Su cola es redonda y con manchas blancas. Si se le ve de lado parece que es negro. Da algunas vueltas, se posa en un cable y frota su pico como cuando se limpia una espada. Se rasca su espalda, sacude su cuerpo, regresa a beber y se va. Tal vez tiene cerca de aquí su nido y tiene polluelos que alimentar. Es difícil seguirle con la vista, pero sospecho que tiene su nido en algún árbol dentro del pueblo.

Justo en este momento tocan la puerta.

Se acaban de ir doña Bauci y Don Fili. Al momento de abrir la puerta, ahora fue don Fili el primero que sonrío.

No seas miedoso, no te vamos a comer.

Les expliqué mi desconocido horror a las reuniones multitudinarias. Para mí, les dije, más de tres personas juntas es mitin.  

Después de enseñarles las plantas de la casa, arranqué un poco de menta y yerbabuena, les preparé un té y les di las gracias por el bastón que me regaló.

Según los Uemas comen conejos, ¿es cierto?

Le tuve que decir que no preciso de alimento y les enseñé mi habitación donde me pongo mi muñequera y me conecto todas las noches a la computadora. Entonces doña Bauci, acerca su rostro al mío y me mira con sus ojos acuosos y un no sé qué de nostalgia.

Por eso tienes esa marca en la frente, ¿verdad? Si supiéramos cómo, te liberaríamos.

Soy libre, si me caigo desaparezco.

En eso eres igual a todos los Uemas, pero me refiero a liberarte de ese aparato del demonio.

Tal vez no esté más aquí, puedo elegir otro mito para los días que me restan de vida.

¿De qué hablas?

Quiero regresar a la computadora. En la Realidad estamos pasando por un momento peor que este mito que por suerte me tocó encarnar.

¿De qué estás hablando, chamaco? Nosotros somos tan reales como la piedra de la que tú estás hecho.

Hubo un silencio incómodo.

Andas un poco confundido, lo mejor será que reposes.

Me salió sin querer una risita nerviosa y contesté:

¿Quieren decir que esto es más real que el bendito y misericordioso Internet?

No sólo afirmo eso, dijo don Fili, sino que la casi extinción de la humanidad se debe a este hongo maligno al que te tienes que conectar todas las noches. Lentamente, a través de los siglos, el monstruo se expandió y hoy es el alma del mundo.

Si es tan malo ¿por qué le piden ayuda a uno de sus más fieles vástagos?

En la enfermedad muchas veces está la cura. Sólo alguien como tú puede destruirlo.

¿Cómo voy a destruir a quien me da la vida? Eso es absurdo.

De todos modos, estás diseñado para morir en unos cuantos días.

Ni siquiera le pregunté cómo sabía Don Fili sobre mi muerte inevitable. La respuesta me dejó sin palabras y mirando hacia el piso ajedrezado. Doña Bauci me tomó de la mano y me dijo que todo estaría bien. Se despidieron y, una vez a solas, probé por primera vez el sabor de las lágrimas.     

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