Por el lado nororiente, en la mañana, hice unas zanjas para que pudiera fluir el agua estancada. Las casas inundadas respiraron a pesar de que la lluvia arreció como nunca antes había visto, lo mismo que el viento que parecía querer arrancar los tejados. Cuando estaba trabajando, el viento me pareció un ser con alma propia, pues ruge con furia de mar cuando pasa entre los árboles y les da la forma inclinada que tienen. De regreso apenas podía avanzar y, temeroso de caerme, me sostenía con fuerza de mi bastón como si caminara en la cuerda floja.

Al mediodía, en los pocos minutos de sol y tranquilidad, aproveché para ir a la biblioteca, aunque a medio camino empezó de nuevo el aguacero y el viento. Al entrar, el silencio y la tranquilidad son como una bendición y el viento-animal se queda afuera chocando contra la enorme puerta de madera que apenas deja entrar unos suspiros.    

No sólo el edificio es octagonal, también el piso es de mármol rosa con formas octagonales floreadas y con grecas. Los libros tienen un olor a árboles y pasado. Los hojeo sin detenerme en las letras y los acarició por el simple placer de tener un objeto físico que resguarda algo de historia. Y es así como busco minuciosamente, pues ni siquiera doña Bauci ni don Fili, con sus años y experiencia a cuestas, me pudieron decir algo.

A pesar de que los libros son de los más diversos temas, sólo encuentro un ejemplar pequeño, de menos de cien páginas, cuyo título tiene mi nombre, aunque con un subtítulo extraño: @:101. El autor es Arquímedes Hernández ¿Será posible que mi patrón dejó por escrito las claves de mi destino? ¿Serán el mismo Arquímedes el autor de estas especulaciones y mi creador? A pesar de su brevedad, el libro tiene términos esotéricos y un lenguaje alambicado que dificultan la lectura, aunque hay algunas cosas interesantes.

Para empezar, el título. El 101 hace referencia al sistema numérico binario que fue descubierto por algunos matemáticos como Leibniz pero que, gracias a la revolución digital que vino siglos después, a la larga transformó el sistema decimal por el binario. A raíz de ello, hubo en las universidades un resurgimiento de diciplinas proscritas por siglos. Lo que lleva al autor a especular sobre la  coincidencia de que el I Ching tenga 64 hexagramas, el ajedrez, 64 casillas y el @ se escriba con alt 64.

La tesis central de Arquímedes es que el estudio de la @ aporta un conocimiento diferente del poder que ejercen los símbolos sobre los seres humanos. Además, al no ser ni un número ni una letra, este símbolo por antonomasia del mundo virtual, exige explorar alternativas metodológicas que se encuentran en la Cábala Judía, el I Ching, la Alquimia, los métodos de la lingüística imaginativa, y toda la larga tradición que cree que en las palabras hay ángeles, seres vivos o dioses.

En la parte más pesada del texto, discute con diversas corrientes filosóficas, hasta llegar a la conclusión de que, si a inicios de la modernidad Descartes formuló su famoso, pienso luego existo, el yo en la era cibernética, dirá:  estoy en la red, luego existo.

Por último, concluye con las referencias a la mitología de varias culturas con peculiar énfasis al mito judío del Golem. De los Uemas no dice nada, acaso para mejor ocultar sus secretas invenciones.

A pesar de la soledad y la lluvia incesante ¿quién puede sentirse miserable cuando su nombre es la personificación de algún dios o un ángel?

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