Ayer en la noche cuando me disponía a conectarme, mi bastón de inmediato se deslizó por el piso como una serpiente (pero sin convertirse en la serpiente gato), subió por mis pies y se enredó en mi muñeca. Soñé que caminaba por los callejones del Real y que doblaba siempre a la derecha y que nunca llegaba a ninguna parte. Cuando desperté, me pareció absurdo como algunos sueños el haber vivido dentro de la computadora de don Arquímedes.

Entrada la mañana, llegaron a visitarme Emiliano acompañado por su madre, Yasmín (la hija de don Fili y doña Bauci) y David, su padre. Viven aquí tras lomita, por la parte oriente, en San Pedro, la comunidad vecina que aún no conozco. Ahí también vive la familia más numerosa que hasta el momento se conoce: milagrosamente son once hijos (cuatro mujeres y siete hombres), uno tras otro y con la esperanza de que doña Leonila, la matriarca, pueda tener más hijos con don Pedro su esposo, a pesar de que los dos rebasan los cincuenta años de edad.  

Yasmín me hizo unos panes de maíz con miel, tatemados con piedras de hormiguero. Será porque es la primera vez que pruebo algo de comida en mi vida, pero me supieron deliciosas. David me trajo algo de pulque. Apenas di unos cuantos tragos a la penca del maguey y sentí como se me subía la sangre a la cabeza y las orejas se me ponían al rojo vivo, calientes, calientes.

Estuvimos hablando sobre la Red que vamos a hacer y las conexiones que iré descubriendo conforme me familiarice con los poderes que tiene el bastón mágico. Se ofrecieron a ayudarme, pero les dije mejor fueran a alcanzar a las familias que tendrán que recorrer cientos de kilómetros para llegar hasta aquí. Al despedirse, los tres me abrazaron fuertemente al mismo tiempo.

David me entrego un lápiz, una navaja y una libreta:

Para que te entretengas un rato contando la historia de cómo nos ayudaste a sobrevivir.

Al revisar la libreta me di cuenta que las primeras sesenta y cuatro hojas están enumeradas y con renglones llenos de letras o jeroglíficos desconocidos. Lo único escrito en español es el título: Diario de Arquímedes. Le pregunté a David y me dijo estas o parecidas palabras:

Esta libreta perteneció a Arquímedes Hernández, nuestro abuelo más antiguo quien nos enseñó la importancia sagrada de sellos y firmas.

Aquí en el pueblo hay una biblioteca con muchos ejemplares, incluidos algunos diccionarios en otras lenguas.

Así es mi buen amigo @. Te hemos visto entrar todos los días a la biblioteca y hemos esperado hasta ocho horas para verte salir de nuevo. Tú tienes una descomunal fuerza física y nosotros resguardamos el conocimiento de la magia y el arte de la escritura. Por muy malo que seas escribiendo, dejarás tu legado plasmado en esta libreta.

En la biblioteca, al menos hay un libro de Arquímedes Hernández y mi amo tenía el mismo nombre. Aunque desconozco su apellido es probable se trate de la misma persona. ¿Cómo era ese antepasado tuyo? ¿A qué se dedicaba?

No lo sé, nuestro Arquímedes murió hace siglos y en torno a él hay muchas leyendas contradictorias entre sí. Incluso algunos se atreven a dudar de su existencia y postulan que más bien fue el nombre de una sociedad secreta con redes en todo el mundo.

Estuve todo el día débil y confundido. No trabajé, sólo transcribí a la pequeña libreta de tapas color púrpura los apuntes y notas más relevantes. En la noche, a eso de las doce, tiré la computadora al piso y apenas se le formó una telaraña de vidrio en la pantalla. Entonces la aventé por el balcón con todas las fuerzas que me sobraban. Al estrellarse, el eco recorrió varios segundos el pueblo y aún retumba en mi cabeza. Me pregunto si será el mismo estrepito el que hará mi cuerpo cuando muera.  

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