Le di los tres golpes a mi bastón y bajamos por la escalera de caracol la serpiente y yo. No llovió hasta la noche y ni una nube había en el azul del cielo. La serpiente brillaba mientras avanzaba sensual y lentamente por las calles. Las piedras pulidas, las baldosas, las ventanas vibraban levemente a su paso. Se bañaba en los charcos y entonces refulgía el amarillo verdoso y las innumerables manchas negras de su cuerpo.

Al llegar a la entrada del bosque, ahí estaba otra vez la mariposa revoloteando. La serpiente dio fin a su acostumbrada espiral porque se lanzó contra ella y aceleró su también acostumbrada huida. La serpiente sin bacilar se introdujo y ya no supe de ella por un rato.  

 Mientras me introducía en el bosque me pareció ver un gigante ¿tal vez otro Uema? corriendo por el follaje y después empecé a sentir el poder del viento como un mar embravecido entre los árboles.

Llegué al encino de cinco brazos y nos volvimos a encontrar. Ahí estaba, enredada en el tronco, con su cabeza negra y el contorno blanco que aviva más el poder hipnótico de sus ojos de jade. El encino reverberaba una luz cegadora por lo que di los tres golpecitos y la serpiente descendió obediente, se posó en mi mano y volvió a su condición de bastón.    

Ya está todo listo

Vámonos pues

Todos los cachivaches de don Fili y doña Bauci cupieron en la carreta que jalan dos correosas mulas. Y ahí veníamos con sus vacas, burros y ovejas, cuando en el trayecto una de las ovejas se perdió. Al poco rato la encontramos muerta en un acantilado.

Bajé por ella y se la entregué a don Fili aún tibia y dando sus últimos estertores. Le hizo una punción en el pescuezo y empezó a soltar borbotones de sangre en la tierra. Cuando ya no tuvo ni una gota de sangre la echó a la carreta y al llegar aquí , doña Bauci nos preparó la deliciosa carne con pencas de maguey.

Escogieron la casa cempasúchil que está en la punta del cerro junto al cementerio.

Si quieren puedo acondicionar una casa para ustedes dos.

Morir es la pura soledad. Es mejor estar arrejuntados.   

¿Y para cuando irán a llegar los demás?

Los de San Pedro no tardan en mudarse, los demás llegarán si logran escapar de la red y sus secuaces

Sigo sin comprender quiénes son los secuaces.

Todo a su tiempo, chamaco.

Si quieren voy a buscar a los peregrinos

No han de tardar y hacemos más falta aquí para preparar la fortaleza.

Llevé a don Fili y a doña Bauci a conocer la presa que hice. Apenas se había llenado unos cuantos centímetros, sin embargo don Fili me pidió que levantara la cortina unos cuarenta metros más y que la extendiera a lo largo de toda la parte norte.

Se parece mucho a la presa que hay allá abajo en la ciudad, pero no nos servirá de mucho. El próximo invierno será el más duro del que se tenga memoria y lo que necesitamos es una muralla para detener la niebla.

No pude terminarla y se acabaron las piedras que había. Al anochecer llegó la neblina como si fueran garras de un monstruo que escalara el enorme muro. Después empezó a llover. A lo lejos, en el balcón, no logré distinguir desde mi ventana, si era don Fili o doña Bauci quien tocaba con la armónica una canción tristísima.     

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