Sucedió en la madrugada. El ruido de la lluvia en los tejados hizo que me tardará en reconocer los toquidos de Juanito en el zaguán:

!Nadie, el señor de los ojos de fuego¡  

Tomé mi bastón y fuimos a Geranios, casa habilitada para urgencias, según dispuso Don Fili. En el camino Juanito me explicó que Nadie intentó ahorcarse en uno de los árboles del panteón. Lo encontró desmayado entre los charcos y el lodazal, como un bulto al que creyó muerto. Lo llevaron a la casa, le quitaron las ropas y lo acostaron. Cuando llegamos, doña Bauci y don Fili nos esperaban en la puerta:

   Necesitamos de tu ayuda por si se pone agresivo el señor de los ojos de fuego.

   ¿Cómo se llama?

    Antes yo lo sabía pero ya no me acuerdo. Ahora sólo atina a decir que es un don Nadie, por eso así le decimos.

En el piso estaba la ropa enlodada. Abel y Estrella estaban cada uno a un costado de la cama, sujetándolo del brazo aunque también lo habían amarrado con la misma soga sucia con la que intentó quitarse la vida, tal fue la precaución que tuvieron para cuando despertara. Doña Bauci se acercó y le acarició la frente. De repente, hizo un movimiento y quedó al descubierto su pierna desnuda.

    Esta cicatriz que tiene en la rodilla, dice Juanito, es de hace cuatro años cuando se aventó del acantilado.

A los pocos minutos despertó y entonces doña Bauci le tomó cariñosamente las manos y juntó su rostro al del hombre desesperado.

   Si necesitas algo, si no puedes dormir o te sientes inquieto, aquí estaremos.  

Duró unos minutos despierto, con los ojos desorbitados y se volvió a dormir. Ahí nos tocó estar en vela y bajo el silencio ensordecedor de la lluvia; vigilándolo. En la alborada, doña Bauci dispuso té y pan. Al té de Nadie le puso unas gotitas de alguna esencia. Es para que se relaje, nos dijo como ofreciendo disculpas por lo que había hecho, y nos pidió lo desatáramos y lo despertáramos para que se sentará con nosotros. Cuando iba rumbo a la mesa, Juanito, sonriendo y muy desenfadado, le dio una palmada en el hombro y le dijo: ¿Qué pasó amigo? Nadie volteó y sonrío ni dos segundos y después puso un rostro peor de angustiado.

Mientras desayunábamos cometí la imprudencia de preguntarle porqué se quería suicidar:

   Desde hace cincuenta y tantos años, Dios se me aparece todas las noches y me habla sobre eventos futuros que después se cumplen. ¿Por qué a mí, cansado y hastiado como estoy, me pone a presenciar su cruel espectáculo?

Quiso continuar, pero la voz se le cortó, se estrujó con las manos su afligido rostro y se puso a llorar.

En la tarde fui a continuar la construcción de la muralla. Hasta ahora, lo más difícil es embonar las polimórficas figuras de las piedras e impedir pase la niebla por los resquicios.

En esas estaba cuando me rozó la mariposa el rostro. Sentí como si me hiciera una caricia con un pañuelo de seda. Al poco rato apareció la mujer cara de zorra, sentada en la pequeña muralla similar a como aparecen las misteriosas mujeres en los cuentos de hadas, balanceando sus delicados pies con toda la hermosura del universo concentrada en una frágil criatura:

   Hola, amigo ¿qué haces?

   Construyo la muralla para el próximo invierno. Dicen será el peor del que se tenga memoria.

   ¿Para qué tanto esfuerzo? En menos de cien días este planeta desaparecerá completito.

   Nosotros estaremos muertos señorita, pero la vida continuará.

   ¿Quién te engaña de esa forma?

Se apeó de la muralla y empezó a caminar contoneándose del otro lado del bosque, apenas rozando con sus dedos las piedras.  

Espere, ¿cuál es su nombre?

Nadia.

Mucho gusto, yo soy @.

Ya lo sé

¿Cómo lo sabe?

Por el tatuaje que tienes en la frente, tontito.

La señorita Nadia se dio la vuelta y soltó una carcajada. Yo me quedé mudo y la contemplé hasta perderla de vista.   

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