En la madrugada fui a la casa Geranios donde dormía solitario Nadie y a la casa Orquídeas donde se hospedan el resto de nuestros primeros huéspedes. A esas horas roncaban a pierna suelta. Doña Bauci me sirvió un té y me dijo que por el momento sería mejor ayudara a don Fili en la milpa, por eso regresé a la casa a descansar un poco más antes de irnos.

Por mi ventana empezó a entrar la luz del sol oblicua y benigna. La mañana estaba tan rojiza como el color del tezontle y las montañas parecían ondular azules por la bruma. Don Fili descendía lentamente por las escaleras del cerro tupido de árboles y magueyes con el quiote floreciendo, vestido de blanco, con su sombrero de tornillo, su pantalón de manta remangado en la parte amputada de la pierna y sus inseparables muletas.   

Don Fili es el la persona más vigorosa y dicharachera que he conocido y es, no tengo duda, el hombre más viejo que se puede conocer en la tierra. Le grité desde el balcón que si le ayudaba y me dijo mejor preparara la carreta y las mulas y lo esperará en la esquina. Así lo hice y ahí venía, silbando, con su cara de anciano-niño. Aunque es mi maestro y mi guía y le hablo de usted, hay algo de amistad en nuestro trato.    

Don Fili es un campesino de palabra sencilla y amena. También es filósofo. La primera vez que lo visité en su casa, después de una larguísima charla, me resumió su filosofía en una frase: un hombre es feliz cuando logra adaptarse a los cambios inevitables. 

Hoy fuimos a la milpa a juntar las últimas mazorcas, las habas, el frijol y las flores de calabaza. Antes de llegar, me atreví a preguntarle sobre cómo perdió la pierna y me contó que en su juventud manejaba motocicleta y en una noche sin luna y sin estrellas, lo atropelló un camión allá en la ciudad en ruinas.

   Estuve a punto de morir, pero mírame, aquí sigo, casi entero.   

Después de unas horas llenando costales con la milpa, desjegüitando la parcela y arreglando la cerca, nos fuimos a tomar un té a su casa en la peña de Tezoantla.

     Te voy a mostrar un secreto.

Don Fili se levantó de la mesa y de su habitación trajo un artefacto de madera.

     Es una máquina para encuadernar libros.

Con paciencia sacó unos papeles de su pantalón, encuadernó su libro El Quince Uñas y otras historias y me lo entregó.

La red se quiere adueñar de nuestro sello. Si eso pasa se adueña del bosque y entonces sí todo se lo llevaría la fregada.

¿Cuál es el sello?    

El símbolo que grabaste en el encino candelabro.

¿Usted y doña Fili me crearon?

Toda la comunidad.

Llegué a la casa exhausto. Aun así, pasé la noche en vela leyendo el libro de don Fili. En una de sus breves historias intitulada Los Uemas y la fuerza de los abuelos, aborda el proyecto colectivo de hackear la Red y hacer un Uema forjado de piedra y ciencia cibernética.  

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