Todavía no amanecía cuando nos fuimos a la milpa a juntar los últimos vestigios de la cosecha. Era esa hora cuando el más mínimo ruido se escucha con una nostalgia donde las cosas quieren decirnos sus secretos. Ahí íbamos, escuchando el eco del trotar de las mulas y la carreta retumbando por las calles como aflojando los recuerdos de épocas menos solitarias.  

    Hace muchos años andaba por todititos los pueblos de la región, en las ferias y mercados, vendiendo libros de renombrados poetas, antropólogos e historiadores hñähñü. De pasada colaba los libros sobre mis andanzas y retazos de la historia de Tezoantla.

     A mí igual me gusta escribir don Fili, aunque parezca absurdo hacerlo en esta situación.

     Yo todavía me acuerdo que se lo escuché a un viejito, él nos contaba que los abuelos más antiguos ponían fogatas en noches inolvidables y contaban historias que se pasaban de generación en generación. Después vinieron terribles catástrofes y calamidades y los pocos que quedamos, enmudecimos. Ya nadie supo ni tuvo ganas de contar esas historias. Como que nos agarró una epidemia de apatía…Pero algo hemos recuperado.  

   Oiga don Fili, en su libro el Quince Uñas dice usted empezó a escribir después que se accidentó.  

Después de seis años de ese terrible día, se animó a escribir sus relatos. Empezó el día de navidad. Era una tarde tranquila y solitaria. Entonces fue cuando doña Fili le propuso que cada quien escribiera una historia. El relato de ella versaba sobre ángeles y demonios.  Don Fili se animó con el primer relato que versaba sobre tres compadres que se roban un pollo después de hacer faena.  El juego llegó a su fin apenas comenzó y no se volvieron a juntar para escribir pues a doña Bauci no le gustó rascarle a la dolorosa memoria; sólo don Fili continuó ante la imperiosa necesidad de escribir: las palabras empezaron a fluir sin rebuscamientos. En un principio las narraciones sólo circularon entre familiares, empezaron a fluir los recuerdos y las memorias compartidas. Después se volvió famoso y reconocido en la región y la gente que había leído el primer volumen le pedía más historias. Entonces publicó un segundo volumen de narraciones surgidas de su propia invención.

A partir del accidente, me cuenta, dejó su ateísmo furibundo y se acercó a Dios. Al encontrarse de frente a la muerte, le pidió sanarse. Y al sanarse, empezó a leer la Biblia y empezó a encontrar muchas verdades. Me citó el Génesis: el espíritu de Dios movía las aguas.

   ¿Y no teme algún castigo divino por hacer Uemas?

    El hñähñü no tiene ídolos: nuestros dioses son el sol y la luna. Por eso cuando nuestros abuelos morían no tenían temor a algún castigo; los hombres se van al sol pues es trabajoso hacerlo rodar, y las mujeres se van a la luna, lugar de mucha tristeza. Los únicos ídolos son los Cangandó y los Uemas, piedras que cuidan y son propiciadoras de la milpa. Pero esos más que ser jefes supremos o ídolos, son chalanes.

Nos agarró la noche juntando los últimos restos de la milpa. Don Fili me pidió le pasara su guitarra y se puso a rasgarla hasta que empezó a lloviznar. Pasamos de nuevo a su casa de la peña en Tezoantla donde me contó que es descendiente de artistas campiranos pues su papá era músico. Trajo de su habitación una foto blanco y negro enmarcada donde don Fili sale retratado con su papá y otros miembros de una numerosa banda de viento.

Apenas escampó regresamos al Real del Monte. En completo silencio como si a don Fili se le hubieran acabado por este día las palabras y a mí las preguntas. A la entrada, el sonido de la carreta al entrar al pueblo, lo despertó de su sopor. Entonces me propuso contarme el cuento del puerquito, el cual dice más o menos así:

    Hace muchos años, por este paraje pasó una pareja de puercos espín. Tú dirás que en esta región no existen los puercos espín, pero recuerda que esto es un cuento. Iban caminando bajo el sol inclemente. Y se detuvieron allá donde la Red implementó uno de sus tentáculos. Entonces ahí justo, era un paraje desértico; hermoso. Sólo se veía cuando el sati corría y se veían las veredas de la hormiga arriera y se podía ver el vuelo majestuoso del zopilote. Y también la zorra estaba en su guarida, y el puerco espín al ver una biznaga, con sus púas apuntando al infinito, se trepó sobre ella, y empezó con un ruido sensual: oing, oing, oing, oing, Y de momento le dice a la puerca: oye puerquita ¡échale ganas, échale emoción! Y la puerca le dijo: cómo serás bruto puerco, estás sobre una biznaga, yo estoy acá.

Mientras desuncimos las mulas entre risas, me platicó otros cuentos y anécdotas. En casa Cempasúchil doña Bauci nos esperaba con panes de maíz y té de cedrón. Al terminar la cena sacó su armónica de su pecho y tocó para nosotros. Mientras entonaba un blues melancólico parecía estarse comiendo la armónica con su boca sin dientes. Don Fili la acompañó con la guitarra y al poco rato los huéspedes, excepto Nadie, estaban sentados con nosotros en la mesa, absortos y quietos.

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