Vino a la casa Yasmín y entre otras muchas cosas que no vienen al caso, me dijo:

   No tarda en llegar la gente de San Pedro. Los demás llegan mañana, están arrejuntados en el cerro de Tlaquilpan.    

Estaba en lo alto de la montaña y escondido entre los árboles vi llegar a doña Leonila y su familia en una carreta espaciosa.  A esa hora de la tarde sin nubes, las cosas toman un color a mármol rosado, por eso la bandera con la media luna estampada era del mismo color que el horizonte. La traían como estandarte sujetada de un mástil con algunas ramas de encino. Las riendas de las dos mulas las sujetaba doña Leonila, blanca como la nieve y muy arrugada de la piel. A su lado don Pedro tocaba la guitarra, moreno y con el pelo crespo apenas dibujándosele algunas canas. En la parte trasera venían sus once hijos. Hombres y mujeres mozos sentados al rededor de una mesa larga comían con desesperación.

Pasa de la medianoche y no ha parado el griterío y el barullo en el pueblo. En todo el santo día no cayó una gota de lluvia. Ese raro fenómeno no ocurría desde hace más de un siglo.  

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