Siguen la cuarentena y el desierto.

En la mañana, mientras almorzabas café y huevos rancheros,

Leíste en la primera plana del periódico:

Esta medianoche la nave de los locos estuvo a punto de naufragar.

Nosotros salimos a caminar por los callejones del pánico.

Al doblar la esquina el vecino viudo nos comentó:

Acariciar un cuerpo es acariciar el cielo, pero no hay cielo.

De regreso estuviste a punto de lanzar las clásicas preguntas:

¿Quién eres?

                     ¿En qué piensas?

Entonces

cayó

el

instante

como

trueno

en

medio

del

valle

de

la

muerte.

Me besaste como si fuera la última vez

E hicimos el amor: ese vino y pan compartidos.

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