Tu rostro tantas veces lo he visto,

en el bosque y en el lecho,

ir del color pantera al color blanca paloma

y otros animales.

Tiene tonalidades de la palabra amor

y pizcas de incredulidad sobre la existencia del infierno.

Es la patria del hombre tres veces exiliado

y la alegría del té con miel en la mañana lluviosa.

Es un lago profundo y diáfano que alivia a quien sea,  

el lucero vespertino en esta noche constelada

donde todos somos judíos y ninguno poeta.

Mi amada Berenice,

con sus metamorfosis y arrugas,

tu rostro es mi guía.

Y caminamos juntos de la mano

por la selva oscura y el corazón de las tinieblas.

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