En una hoja de papel sin despegar el lápiz, dibuje un cuadrado con una X al interior que una las cuatro esquinas. Este es uno de los juegos-reto que recuerdo tratábamos de resolver en la primaria. Y recuerdo que retos como estos los hacíamos mientras el profesor o profesora daban su clase, así simulábamos que estábamos tomando apuntes, cuando en realidad jugábamos gato o tratábamos de resolver estos o parecidos enigmas. Así pasábamos las aburridas clases cuando el ingenio del docente se había agotado y se ponía a dictarnos datos y fechas que a nadie le interesaban. En ese entonces ese juego del cuadrado me parecía una tomada de pelo. No dejaba de repetirles a mis compañeros que era imposible hacer la figura sin despegar el lápiz. Fue hasta después que se me ocurrió una manera de resolverlo. Y también tiempo después me encontré que Gabriel Zaid, en su ensayo La poesía en la práctica, pone este mismo juego-reto para ejemplificar lo arraigado de nuestros esquemas rígidos de pensamiento.

Aunque más complejo, creo que eso le pasa a las personas cuando leen poesía y no están habituadas a hacerlo. Y es que la imaginación no perdona, como dijera André Bretón. La poesía, que nos ayuda a recobrar y renovar esta facultad humana, nos exige concentración y entrega. Por ello, su contribución en nuestras vidas es enorme, porque la imaginación una vez que se pierde ya no se recupera nunca más. Y en estos tiempos de adormecimiento por medio de imágenes visuales, la lectura de poemas se convierte en una herramienta poderosa para evitar que la loca de la casa nos abandone.

¿Qué hacer si ya soy adulto pero tengo la esperanza de recuperar mi parte imaginativa por medio de la poesía?

Busque un lugar solitario y en silencio. Respire hondo unas tres veces. Apague su celular y cualquier otro dispositivo electrónico (si lee de manera virtual, desconecte el internet) y por ningún motivo lo encienda, al menos por veinte minutos (yo sé que usted puede, vamos, inténtelo). Tome el libro de poemas, la Divina Comedia por ejemplo, y abra al azar (después, si le agarra el gusto, ya habrá tiempo para una lectura sistemática) y lea unos cuantos versos. Si se pica lea un canto entero. Si de casualidad el canto que lee es el VIII del Purgatorio, sienta la delicia de estos tercetos:

Da quella parte, onde non a riparo

La picciola vallea, era una biscia,

Forse qual diede ad Eva il cibo amaro.T

Tra l´erba e i fior venia la mala striscia,

Volgendo ad or ad or la testa, e il dosso

Leccando come bestia che si liscia

Io nol vidi, e peró dicer, nol posso,

Come mosser gli astor celestiali,

Ma vidi bene e l´uno e l´altro mosso.

Sentendo fender l´aere alle verdi ali,

Fuggio´l serpente, e agli Angeli dier volta

Suso alle poste rivolando iguali.

Antes de leer la traducción sienta la fuerza, la belleza y la delicadeza del sonido de estas palabras, incluso si no sabe bien a bien cómo pronunciarlas. Y es que este es una de los mayores misterios de la poesía: el sonido y el sentido no están separados. El ritmo es visión del mundo, dijo nuestro Octavio Paz. Si sintió esa fuerza, al menos vagamente, ahora sí lea la traducción y trate de hacer suyas esas imágenes. ¿Qué le dicen sobre su vida y preocupaciones cotidianas? Si sintió una especie de vibración en el alma, no falta mucho para que se enamore de ese juego-reto que es la lectura de poemas. En una de esas hasta se olvida de las redes y los clics y los likes.

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