Guadalupe Espinoza Sauceda

Las prácticas y rituales religiosos manifiestan el pensamiento y vitalidad de los pueblos yoremes. Están presentes en sus calendarios religiosos pero también en los hechos de guerra y defensa de sus pueblos desafiados desde siempre por los turbulentos derroteros del país. El hecho de poseer tierras fértiles, abundante agua y un privilegiado acceso al mar, los convirtió en enemigos de los norteamericanos Albert Kimsey Owen y Benjamin Francis Johnston y a un grupúsculo de yoris terratenientes venidos de menos a más, aliados del régimen porfirista.

La historia de despojo de sus tierras y trabajo forzado es larga en el Valle del Fuerte. Su conquista hasta nuestros días parece no terminar, sin embargo, sus líderes durante la guerra revolucionaria desaparecieron tras la consumación de la pena capital del General Felipe Bachomo, en Los Mochis, el 24 octubre de 1916, donde fue fusilado.

Con el villismo los yoremes construyeron una alianza estratégica, pues los convencionistas habían perdido el centro y sur del país, y para reponerse buscaban o tomar Sonora, la cuna de los Generales que habrían de encumbrarse en el poder. En esa situación, punto importante para el villismo era tomar el estado de Sinaloa bajo la dirección del general Juan Banderas, originario del pueblo de Tepuche, de los primeros maderistas en el estado, después zapatista y villista, y su segundo de a bordo del general Orestes Pereyra. El general Pancho Villa pretendía tomar Sonora y Sinaloa para desde ahí relanzar una guerra de movimientos contra los constitucionalistas, él mismo encabezaba las tropas a Sonora. Otro contingente menos numeroso lo puso bajo el mando del general Juan Banderas, que bajaron por la sierra de Chihuahua a Sinaloa, tomando la ruta de la capital, pasando por Creel, San Juanito, Cuiteco, Urique y al mineral Lluvia de Oro, un camino bastante accidentado pues implicó atravesar la Sierra Madre Occidental.

El control de los dos estados significaba para el villismo hacerse de una buena base de aprovisionamientos, así como abastecimiento de armas y parque con los Estados Unidos y sobre todo dar señales de fortaleza militar. No obstante, al final, tomar ambas entidades y reunirse con el maytorenismo les fue imposible. A partir de este momento las fuerzas de Villa dejaron de ser un ejército regular para convertirse en una guerra de guerrillas.

Los años de guerra mantenían a hombres, mujeres, niños y niñas yoremes en el monte cerca de sus pueblos. Una espera aletargada por la posesión de sus tierras. Ellos no querían pelear fuera de su territorio. A Felipe Bachomo hubo dos cuestiones que lo convirtieron en el líder más capaz para dirigir a los pueblos yoreme-mayo en la batalla: su trayectoria militar dentro y fuera de su territorio, además de caracterizarse por su entereza moral y religiosa en las festividades de su pueblo.

El reconocimiento como líder de guerra “missiyowue” (gato mayor), Felipe Bachomo lo recibió una noche a finales de 1913 en el pueblo de Camayeca por el Consejo de Mandones de los pueblos yoremes, en un ambiente lleno de rituales y ceremonias religiosas. A partir de este acto los pueblos estaban en guerra y Bachomo se convertía en el líder indiscutible de los pueblos yoremes ahí presentes. 

La correlación de fuerzas sin agresiones entre yoris y yoremes se mantuvo a pesar de que ambos bandos estaban preparados para la guerra. Los yoris viraron al constitucionalismo viendo posibilidades de salvación a sus intereses económicos y políticos. Los yoremes se sumaron al villismo buscando obtener la devolución de sus tierras.

El villismo rompió con ese estado de orden, con la pax revolucionaria. Las fuerzas villistas al mando de los generales Juan Banderas y Orestes Pereyra a su llegada por el municipio de Choix convirtieron el Valle del Fuerte en una zona franca de guerra que hasta ese momento parecía una guerra pactada, donde Benjamin Francis Johnston y demás terratenientes obtenían ganancias jamás antes logradas, a la vez que incorporaban al capitalismo pleno esa fértil región del norte de Sinaloa.

La guerra se extendió como un relámpago, breve y terminal por el norte de Sinaloa. A fines del año de 1915 los villistas fueron derrotados por las armas enemigas, cayendo el general Orestes Pereyra en El Ranchito. Las fuerzas del constitucionalismo se enfocaron a controlar el territorio de los yoremes mayos. Fue así como todo parecía indicar que Felipe Bachomo trataría de evitar el suicidio de sus pueblos en la guerra, retirándose a Sonora para desde allá reorganizarse y proseguirla.

Lo que siguió fue la peregrinación de Felipe Bachomo que, el 5 de diciembre de 1915, en el pueblo de Movas, Sonora, junto con el general Juan Banderas, se entregó a las fuerzas constitucionalistas a las órdenes del Coronel Guadalupe Cruz, que a su vez respondía ante el General Madrigal. Cuando Felipe Bachomo se entregó llevaba bajo su mando doscientos camayecas, su guardia personal; su tropa las constituían más de cinco mil yoremes y algunos yoris que los había licenciado en La Viuda, municipio de Choix en su repliegue hacia las partes altas del macizo montañoso buscando llegar a Guaymas para encontrarse con el grueso de la columna villista que se batía en la última batalla en Agua Prieta y Naco.

En su retirada de Jahuara a La Viuda el General Juan Banderas le extendió a Felipe Bachomo el nombramiento de general de indios, con lo cual reconoció su importancia militar, ya que hasta entonces, entre los yoris tenía el grado de Capitán Primero. Con el nombramiento el general Juan Banderas le daba el poder suficiente y aumentaba su capacidad de maniobra para superar la difícil situación militar en que se encontraban.

Su entrega a las fuerzas constitucionalistas fue una especie de rendición pactada porque de inmediato recibieron el indulto por parte del General Enrique Estrada. Los llevaron primero a Guaymas y de ahí a Mazatlán, después los transportaron por barco a Manzanillo y posteriormente en tren fueron a Guadalajara. Al general Felipe Bachomo no le hicieron válidas las garantías de respeto a su vida que acordó con los carrancistas, en esto tuvo que ver mucho la presión internacional que ejerció el consulado estadunidense en Mazatlán por la muerte de José Tays, radicado en San Blas pero que tenía la nacionalidad americana.

De Guadalajara el general Felipe Bachomo fue llevado a Mazatlán donde se le formó un Consejo de Guerra, para finalmente trasladarlo a Culiacán, donde la sentencia de muerte ya estaba dictada de antemano por los delitos de rebelión y robo, pidiendo los terratenientes del norte de Sinaloa que fuera fusilado en Los Mochis, como escarmiento para los demás yoremes, pues para ellos no se trataba de matar a Felipe Bachomo sino lo que representaba, la reivindicación yoreme de los derechos históricos sobre la tierra que éstos tenían y a los que nunca han renunciado desde la llegada de los españoles a su territorio. En Sinaloa el jefe de armas era el general Ángel Flores, militar que nunca se caracterizó por ser agrarista o estar con las causas más sentidas del pueblo. Puede decirse incluso que Flores fue un enemigo de los campesinos e indígenas, quien tenía órdenes del general Álvaro Obregón, Secretario de Guerra y Marina; además otro general sinaloense en la ciudad de México, Benjamín Hill, asumió como suya la causa contra Felipe Bachomo, pese a ser de la misma región, pero Hill era de la clase de los terratenientes.

El gobierno revolucionario le perdonó la vida al general Juan Banderas pero no al general Felipe Bachomo. Su vida militar de 1907 a 1915, primero con los maderistas y después contra el gobierno de Victoriano Huerta no le valió ante quienes juzgaron como en la época de la colonia a otros líderes indígenas. Dejando claro la exclusión de los pueblos indígenas en la nueva configuración del orden económico y político del México revolucionario. En el libro El otro México, Ricardo Raphael, viene a remachar el clavo aduciendo por la forma en que se dieron los hechos que al general Felipe Bachomo lo fusilaron por yoreme y porque su facción perdió la guerra. En su visión política y alianza estratégica durante la revolución no se equivocó, más bien fue la correlación de fuerzas tanto en el país como la injerencia norteamericana la que decidió su suerte.

La detención del general Felipe Bachomo regresó a los yoremes a sus pueblos sin entregar las armas. La guerra no terminaba. Mientras los generales constitucionalistas buscaban cómo juzgarlo, se reunieron hombres y mujeres en el mismo lugar en el que años antes habían nombrado al líder de guerra, ahora para discutir los derroteros de sus pueblos en la guerra y la ausencia del missiyowue. La discusión fue compartida de esperar su regreso o nombrar a un nuevo líder militar, otro missiyowue. Pero se negaron a un nuevo nombramiento.

La muerte del general Felipe Bachomo, estuvo acompañada por la persecución que alcanzó aristas inusitadas como el destierro de muchos yoremes, el cambio de apellidos y el ocultamiento de la verdadera tumba de su líder que revelan después de cien años que se encuentra en Buyakussi, lugar donde nació.

Los agravios no terminan. El despojo de tierras continúa en los pueblos yoremes a través de los nuevos proyectos de desarrollo y de expansión del capital. Curiosamente el más reciente fue un gasoducto que se inserta en su territorio en forma paralela a las vías ferroviarias (que conectan a Sinaloa con Chihuahua) hasta llegar a Topolobampo, dando vitalidad al proyecto trazado por los primeros norteamericanos avecindados en estas tierras, que se viene a sumar a la venta de tierras en unos casos, pero también al rentismo en otros.

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