En el último de sus nueve ensayos dantescos, Borges aborda el canto XXXI. Lo titula La última sonrisa de Beatriz y tiene como propósito “comentar los versos más patéticos que la literatura ha alcanzado”. En este célebre ensayo es donde suelta su hipótesis muy dantesca: toda la Comedia fue construida para recuperar a la irrecuperable Beatriz. Así, todo el edificio poético y narrativo se justifican por este deseo: “una sonrisa y una voz, que el sabe perdidas, son lo fundamental.” Si Borges está en lo cierto, tenemos una nueva clave para aproximarnos a la comprensión de la obra en sus mensajes más profundos y místicos.

Pues bien, imaginemos un conjunto infinito de instantes de dicha. Uno de esos instantes es la última sonrisa de Beatriz en el empíreo. Aunque en la Vita Nuova y otros textos se hace referencia a cómo fue germinando, ese instante, lo más palpable y cierto es que quedó plasmado en un poema de casi quince mil versos. Incluso podemos suponer que el procedimiento de Dante fue el inverso a cómo inicia la obra. Si lo esencial era recuperar la sonrisa de Beatriz, todo el entramado anterior tenía ya fijado un punto de llegada. Así, el acto sincrónico único, tiene su eje en este instante personalísimo del poeta y su búsqueda.

A lo largo de estos comentarios he tratado de argumentar que el poema dantesco es terapéutico y que, de manera directa o indirecta, se propone influir en la transformación del lector. El mismo Dante en algunos cantos lo declara explícitamente. En cierto sentido, al escribir la Comedia, buscó la sanación de su alma y buscó compartir esa experiencia y ayudar a los futuros lectores en ese camino. Y lo hizo desde la forma menos dogmática posible, lo hizo desde la literatura como fuente inagotable de símbolos, alegorías e imágenes que admite múltiples, casi infinitos significados. Así se lo dice a Beatriz al término de la oración que le dirige:

La tua magnificenza in me custodi,

Sí che lánima mia, che fatta hai sana,

Piacente a te dal corpo si disnodi

(Haz que tus dones se conserven en mí, para que mi alma, a la que has vuelto la salud, llegue a serte agradable cuando por fin salga de este cuerpo)

Es momento de llevar hasta sus últimas consecuencias la hipótesis sobre el acto sincrónico único y lo que se ha deriva de esta visión de la historia que según he sostenido permea la Comedia en su conjunto. Dante pide que esos dones se conserven en él, porque sabe que son efímeros.

El Fausto de Goethe, cuando está a punto de hacer su famoso pacto con el diablo, exclama: “Choquemos esos cinco. Si alguna vez digo ante un instante: «¡Detente, eres tan bello!», puedes atarme con cadenas y con gusto me hundiré.” Dante, pudo detener ese instante, se hundió en la selva oscura y se iluminó en el empíreo. Ese instante lo prolongó durante largos años de composición de su magno poema. La salud la encontró en su enfermedad ¿La encontró realmente? Los amorosos buscan, nunca han de encontrar, dice el poeta. Exiliado, solo y humillado, exorcizo sus demonios, recuperó la sonrisa de Beatriz y, por medio de la escritura, buscó la purificación de su alma y, por último, la desintegración en la luz divina. En el año 1321 logró su propósito: acabó el Paraíso y murió en Ravena, Italia.

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