Guadalupe Espinoza Sauceda

CURANDEROS, MALES Y REMEDIOS EN MI TIERRA

En todos los pueblos existen saberes locales o conocimiento tradicional, medicina, herbolaria, hueseros y más, que son administrados por los brujos, hechiceros, chamanes, rezadores, curanderos, sobadores, etcétera. Conocimiento milenario que adquieren del interactuar día a día con su entorno y que se guarda en la memoria colectiva, el cual es tan válido como el occidental y que en algunos casos es más efectivo, práctico y barato. Muchos de estos curanderos, hechiceros y chamanes sanan con la mente, con el poder de la psique. Conocen la piscología del ser y del estar, de los astros y la naturaleza y claro, el conocimiento de ellos es muy importante pero también depende de las ganas que tenga el paciente de aliviarse. Baca (municipio de Choix, Sinaloa) no puede ser la excepción en este tipo de prácticas dado su origen y el tiempo que tiene de existencia, puesto que es un pueblo prehispánico.

En Baca era muy común oír decir que hay males puestos, hechizados, mal de ojo, etcétera, y que había que buscar brujos, sobadores, saurinas para que nos curaran o nos quitaran el hechizo; algunas veces los lugareños, enfermos y familiares, buscando curación, se iban a otros pueblos donde había personas con este tipo de poderes especiales, visitando diferentes localidades en el valle del Fuerte o en el valle del Mayo, en el vecino estado de Sonora. En mi caso afirman mis padres que de niño me mordió un perro con rabia y como en la comunidad de Capomos, municipio del Fuerte, había quien la curaba, me llevaron y me dieron de tomar un agua o brebaje especial para su cura (la inyección que se pone ahora a la altura del ombligo tiene que ser antes del mes o de luna nueva para que no se manifieste la rabia), y bueno, aquí ando todavía.

El efecto de la luna en los individuos y la naturaleza es muy importante, mi padre tiene conocimientos sobre ella, por ejemplo, sabe cuándo cortar madera o cuándo los animales van a parir; la madera se corta en cierto tipo de luna, aunque dice que todo el tiempo se puede cortar, pero después de las 11 horas, ya que le haya bajado el agua al palo o a la planta, para que no se apolille, y así por el estilo.

Sabe también cuándo va a llover, y esa premonición no le falla nunca. Recuerdo  una vez que andábamos desyerbando ajonjolí en el mes de agosto en un cerco que tenemos muy cerca de la comunidad de Los Chinitos y a la orilla del Río Fuerte, estaba haciendo un calorón sofocado, andábamos sudando desde la cabeza a los pies, y mi papá me dijo: “Volteando el sol va a llover, así que apurémonos para irnos a la casa”. Dicho y hecho, en cuanto volteó el sol empezó a llover, y nosotros nos pusimos los hules y nos marchamos al pueblo. Todavía le digo a mi compañera cuando está haciendo mucho calor sofocado en Guadalajara, al rato o amaneciendo va a llover, y aunque yo me voy a ir, te voy a llamar para preguntarte si llovió –le digo-, y llamo para preguntar y me dice: “Sí llovió”.

Muy frecuente escuchaba también que había empachados, con la mollera caída o con la tripa ida, a todos estos males había que sobarlos e ir con las curanderas o chamanes. Recuerdo que mi nana María Valenzuela sobaba y era muy común en mi casa que mi mamá arriba del zarzo tuviera enjundia en un frasco de esos de pimienta, casi pegando con el hollín del techo de palma, porque en ese tiempo se cocinaba con pura leña y los techos y las paredes de las cocinas estaban negras por el humo. La enjundia era de gallina y mejor si era de iguana de palo. La enjundia es un tipo de grasa de la cola de las gallinas, no es una grasa cualquiera, es especial, quizá por lo caliente. Se usaba también para la tos de los plebes que casi siempre uno de mis hermanos estaba enfermo, se la untaban en el pecho y en la espalda y santo remedio.

Las curanderas o sobadoras, antes de empezar a sobar la derretían en el sartén. Veía como mi abuela ya que se derretía la enjundia metía dos dedos en el sartén y se untaba y con eso sobaba, a los que tenían la mollera caída le metía los dedos en la boca y les subía el paladar, porque lo tenían caído, esa era la mollera caída, cura que se complementaba con la jalada del pelo de arriba de la cabeza y con eso se les aliviaba la diarrea continua que tenían.

Otro mal muy recurrente era el empacho, en este caso sobaban el estómago (la panza) para bajar las tripas, porque el empacho es como una parte de la comida que se queda pegada en la boca del estómago, y como está descompuesta, echada a perder, sigue descomponiendo todo lo que cae o va pasando hacia el estómago.

Y la famosa tripa ida que es más bien originada por un susto o emoción fuerte, el intestino se contrae y se pega o adelgaza y lo soban en especial en el vientre bajo muy cerca de la ingle para normalizarlo, para que tenga fluidez. No es realmente que la tripa se hubiera ido o salido, como creíamos nosotros.

Otro remedio casero del que me acuerdo era cuando nos picaban las hormigas coloradas o los jóboris (especie de hormiga menos común, del mismo tamaño, pero muy brava, tienen la colita guinda o negra y la cabeza roja) y que en mi tierra hay muchas por lo arenoso y propicio del lugar. Es muy común que en los solares hubiera hormigueros y las hormigas llegaran hasta el patio de la casa donde andábamos jugando de niño y que nos picaran, el dolor era intenso y nos poníamos a llorar. Nuestros padres recuerdo que inmediatamente corrían a cortar un manojo de hojas de un matorro llamado matanene o pajosos de burro y los pusieran a calentar en el comal de la hornilla. Por lo regular las picadas eran en los pies o en los dedos. Buscaban una bolsa de naylo y metían las hojas y pajosos y un poco de vick vaporud y ahí metíamos el pie y amarraban la bolsa, en lo caliente, -decían- que para que sudara, se abrieran los poros y se saliera el veneno.

El jóbori era más difícil porque este se subía y recorría la pierna y donde lo aplastáramos con la tela del pantalón ahí nos picaba. También nuestros padres nos recomendaban que nos amarráramos un trapo o mecate arriba de donde nos había picado para que no se nos subiera el dolor y funcionaba, el dolor ya no subía.

Estos son ejemplos donde la sabiduría y filosofía del pueblo se hacen presentes y perviven aún en nuestros días y aunque muchos renuncien a su uso y digan que es tradicionalista y antimoderna, sigue viva, atesorada por sus guardianes en los pueblos.

Un comentario sobre “El Tlacuache Citadino: Curanderos, males y remedios en mi tierra

  1. Interesante tu entrada. En Argentina, sobre todo en el campo, recuerdo que los curanderos curaban la culebrilla (herpes zóster) con tinta china.Tal vez, como dicen los médicos, la enfermedad, pasado un tiempo, se cura espontáneamente. Pero la gente les tenía mucha confianza.

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