Día 19

Apenas hoy me di cuenta que son dos colibríes los que llegan a beber el néctar de las flores. Al observar detenidamente su cola, uno tiene las puntas redondas y moteadas de blanco y el otro/otra tiene las alas más afiladas y de un mismo color. Como siempre se van rumbo la ciudad en ruinas, decidí echar un vistazo antes de continuar con la muralla.  

No había neblina como la primera vez que fui y fue fácil divisar desde lejos la ciudad En la entrada, a la altura de la mina que esta cuesta abajo, me encontré con una mujer de unos ojos color azúcar quemada, piel blanca y tersa, rubicundas mejillas y cabellera dorada. Su cuerpo era macizo como yeguas y sus movimientos se parecían a los de mi bastón cuando se convierte en serpiente, aunque su rostro más parecía el de una astuta zorra. Tuve miedo, pero su belleza y porte me arrastraron y caminé hacia donde ella estaba un poco más de lo que consideré pertinente.

   No seas tímido, acércate. Desde hace días te estamos esperando.

No muy lejos de ahí, vi a un grupo de joviales hombres y mujeres que me llamaban de muy buena gana. Entonces retrocedí y caminé de regreso lo más rápido que mi cojera me lo permitió. La mujer soltó una carcajada y dijo: ya regresarás y volvió a reírse con más fuerza.

Fui directo a buscar a doña Bauci y don Fili  y les pregunté si esa mujer y sus amigos eran los secuaces.

   Dicen que pueden tomar la forma de casi cualquier ser humano. Mejor no andes por esos rumbos.

   ¿Entonces cómo saber si son secuaces o no?

   No pueden entrar al bosque.

   ¡Aaah¡

Al atardecer, llegaron desde Hacienda Abandonada una mujer y cuatro hombres con su mochila al hombro. La algarabía y el griterío eran tales que parecía ser una multitud. Don Fili tomó sus muletas y los fue a recibir. Al verlo, cuatros se acercaron a abrazarlo efusivamente. Sólo uno se quedó receloso y tímido. Mientras iban subiendo el cerro para instalarse en su nuevo hogar, doña Bauci y yo los veíamos por la ventana y ella me explicó a detalle quienes eran nuestros primeros huéspedes:

    El nombre de la chamaca es Sandy. Ella era adicta a los enervantes y a pesar de que se a puesto a dieta para bajar de peso, siempre está comiendo de pura ansiedad. Como ves desde aquí, todo el tiempo está abrazando a las personas. El que está al lado de ella. Ese que desde hace rato da unos pasos y de repente corre, es Juanito. Ese muchacho es muy encimoso, todo el tiempo te aborda y te pide dinero. Tiene retraso mental y desafortunadamente perdió la vista a raíz de una catarata que tiene en el ojo derecho. Ya tiene muchos años que no puede incorporarse. Así como lo ves, siempre está flexionado, por eso tiene una joroba y camina torpemente y a veces se cae. El más moreno y gordo es Abel y también tiene retraso mental. Lo conozco desde hace unos cuarenta años, ahorita tendrá como sesenta. Perdió un oído el pobre y está apunto de perder el otro, por eso no escucha muy bien y le tienes que gritar fuerte para hacerte entender. Pero siempre es muy amable y como ves siempre está vestido de traje y corbata. Es muy propio, siempre te da los buenos días o las buenas noches. Seguro Fili lo va a poner como líder de la casa. Me acuerdo en aquel entonces, a todo lo que decía le hacían caso y lo seguían, sobre todo las mujeres fueran o no su pareja. Como ves, todos están gordos menos Estrella, ese, el que no tiene nada de pelo, es esquizofrénico. A él le da la manía de ponerse mucha ropa encima. Bien me acuerdo, canijo Estrella, siempre me decía: !Bauci, qué bonito abrigo¡ y deslizaba suavemente su mano. Fueron varios los que perdí. Ya desde ese entonces nos encargábamos de quitarle el encimadero de ropa. Sepan los dioses dónde la conseguía.

¿Quién es ese que viene atrás, un tanto alejado del grupo?  

También es esquizofrénico. El es un poco más joven y no me acuerdo ahorita cómo se llama. Siempre quiere irse de donde está y le da por escaparse, aunque no sepa a dónde. Una vez se fue por año y medio y pensamos no volvería, pero volvió, demacrado y con ese susto en el rostro que tienen los locos. A ese pobre hombre no le gusta el encierro, pues se pone muy agresivo y le da por golpear a la gente. Como te digo, todo el tiempo busca la oportunidad de irse, aunque luego regresa, triste y humillado, y con más rabia en la mirada. ¿A poco no ves desde aquí el fuego en sus ojos?

En efecto, se percibía su mirada amenazante a pesar de la distancia.

Esos son, estimado lector, los peregrinos que llegaron este día a Real del Monte, a resguardarse en casa Orquídea del crudo invierno y el fin de los tiempos.

Día 18

Desde temprano me fui a extraer piedras para construir la muralla. Parece increíble que cientos de miles de años de civilización estén por terminar. ¿Habrá vida en otros planetas? ¿Habrán destruido la Red antes de que fuera demasiado tarde?

Rumbo a la muralla, por el lado nororiente, esta la mina la Asunción, abandonada y fantasmal igual que las demás, con su enorme chimenea de ladrillos rojos similar a los faros que hay en el mar, y la yerba, las enredaderas y los arbustos tragándose las paredes carcomidas.

Bajé por el elevador de varilla oxidada con mi casco de minero y mi bastón que ocupé a modo de barreta para ir desgajando las piedras. El elevador rechinaba con un estruendo ensordecedor mientras me introducía al vientre de la tierra y el vaho que salía de las entrañas de nuestra Madre me sofocaba. Descendía y aquel túnel parecía interminable y sentía lo que sentí cuando aún no había nacido. Fui desgajando las piedras y después, ya arriba, las fui sacando al compás de mi bastón. La mayoría eran piedras vidriosas de obsidiana negra. Piedras y oro y plata extraídos durante siglos y aún la mina me regaló sus frutos. También saqué algunas piedras de mármol grisáceo-verde y café terroso, otras blancas porosas y con arena como corales perdidos, un poco de ámbar y algunas de tezontle rojo.

Ahí iban formadas como soldaditos.

Aún falta mucho para terminar la cortina a la altura que me pidió don Fili pero ya abarque la parte norte del bosque de punta a cabo. Aunque de múltiples y pálidos colores, predomina el negro cristalino de la obsidiana, por lo que la incipiente muralla es un largo espejo arrugado serpenteando por las montañas.

Oiga, rumbo al norte se divisa a lo lejos otra ciudad en ruinas con otros cilindros y torres luminosas en el centro.

Desde tiempos inmemoriales nos desconectamos de la Red, ahora solo son leyendas lo que sabemos de ella.

¿Pero si estamos en el fin de los tiempos porque los secuaces quieren destruir a la humanidad? ¿Qué ganan? Es absurdo, don Fili.

Quieren el bosque.

¿Hay más sobrevivientes?

Lo poco que sabemos es por las anécdotas que algunos forasteros nos han contado.

¿Para qué quieren el bosque?

La Red tiene que dominar el planeta entero.

¿Los secuaces son humanos?

Sí, sí lo son.  

¿Y obedecen a la Red?

Si la vida en la tierra está por extinguirse no es culpa de los seres humanos. Ciertamente veo que así es, como presagiaron los antiguos, ahora el dinero y el mundo virtual son los que tienen valor y nosotros que habitamos primero la tierra y nuestras voces, no tienen ningún valor. Aquellos otros que acumulan riquezas y poseen más y más, se dicen afortunados en el mundo, pero te sé decir que no presenciaremos la destrucción del bosque, no te preocupes.

Día 17

Le di los tres golpes a mi bastón y bajamos por la escalera de caracol la serpiente y yo. No llovió hasta la noche y ni una nube había en el azul del cielo. La serpiente brillaba mientras avanzaba sensual y lentamente por las calles. Las piedras pulidas, las baldosas, las ventanas vibraban levemente a su paso. Se bañaba en los charcos y entonces refulgía el amarillo verdoso y las innumerables manchas negras de su cuerpo.

Al llegar a la entrada del bosque, ahí estaba otra vez la mariposa revoloteando. La serpiente dio fin a su acostumbrada espiral porque se lanzó contra ella y aceleró su también acostumbrada huida. La serpiente sin bacilar se introdujo y ya no supe de ella por un rato.  

 Mientras me introducía en el bosque me pareció ver un gigante ¿tal vez otro Uema? corriendo por el follaje y después empecé a sentir el poder del viento como un mar embravecido entre los árboles.

Llegué al encino de cinco brazos y nos volvimos a encontrar. Ahí estaba, enredada en el tronco, con su cabeza negra y el contorno blanco que aviva más el poder hipnótico de sus ojos de jade. El encino reverberaba una luz cegadora por lo que di los tres golpecitos y la serpiente descendió obediente, se posó en mi mano y volvió a su condición de bastón.    

Ya está todo listo

Vámonos pues

Todos los cachivaches de Don Fili y doña bauci cupieron en la carreta que jalan dos correosas mulas. Y ahí veníamos con sus vacas, burros y ovejas, cuando en el trayecto una de las ovejas se perdió. Al poco rato la encontramos muerta en un acantilado.

Bajé por ella y se la entregué a Don Fili aún tibia y dando sus últimos estertores. Le hizo una punción en el pescuezo y empezó a soltar borbotones de sangre en la tierra. Cuando ya no tuvo ni una gota de sangre la echó a la carreta y al llegar aquí , doña Bauci nos preparó la deliciosa carne con pencas de maguey.

Escogieron la casa cempasúchil que está en la punta del cerro junto al cementerio.

Si quieren puedo acondicionar una casa para ustedes dos.

Morir es la pura soledad. Es mejor estar arrejuntados.   

¿Y para cuando irán a llegar los demás?

Los de San Pedro no tardan en mudarse, los demás llegarán si logran escapar de la red y sus secuaces

Sigo sin comprender quiénes son los secuaces. Si quieren voy a buscar a los peregrinos.

Todo a su tiempo, chamaco.

No han de tardar y hacemos más falta aquí para preparar la fortaleza

Llevé a Don Fili y a doña Bauci a conocer la presa que hice. Apenas se había llenado unos cuantos centímetros, sin embargo don Fili me pidió que levantara la cortina unos cuarenta metros más y que la extendiera a lo largo de toda la parte norte.

Se parece mucho a la presa que hay allá abajo en la ciudad, pero no nos servirá de mucho. El próximo invierno será el más duro del que se tenga memoria y lo que necesitamos es una muralla para detener la niebla.

No pude terminarla y se acabaron las piedras que había. Al anochecer llegó la neblina como si fueran garras de un monstruo que escalara el enorme muro. Después empezó a llover. A lo lejos, en el balcón, no logré distinguir desde mi ventana, si era Don Fili o doña Bauci quien tocaba con la armónica una canción tristísima.     

Día 16

Hoy quedaron listas las casas para los huéspedes. A las que serán habitadas por los viejos les puse nombre de flor. En total son ocho: Crisantemo, Jazmín, Anturio, Rosa, Azalea, Buganvilia, Cempasúchil y Orquídea. Cada una tiene cuatro habitaciones con tres camas y baño propio, un amplio balcón con mecedoras de madera de cedro, fogón de piedra y una habitación común donde coloqué un refractario con doce sillas que también hice de cedro.  Las ventanas tienen el cuarzo delgado y son las suficientes para que se aproveche al máximo la luz del sol.  

Las casas para los matrimonios con hijos no tienen nombre aún y sólo tienen dos habitaciones con una cama cada una, baño compartido, un pequeño balcón, fogón de piedra y una mesa con tres sillas. Para don Pedro, doña Leonila y sus once hijos, acondicioné una casa que encontré con cinco recamaras.

En cada jardincillo puse tiestos con lavanda, romero, epazote, menta y yerbabuena para los males que se curan con brebajes. También puse con mi bastón, en el dintel de cada casa, el sello con mi nombre, para que estemos conectados a la red alternativa.

En el principio fue Don Quijote

Ahora soy viejo y eso pasó hace muchos años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Tocaron la puerta desesperadamente y abrí de inmediato temiendo lo peor.

-Tenemos cinco minutos para escapar de la tierra. Eres de los elegidos para habitar otro planeta  ¿vas o te quedas?

Sólo me dio tiempo de llevarme a Don Quijote de la Mancha, el libro que tenía en esos momentos en la mano.

Éramos unos cuantos los supervivientes en un planeta igual a la tierra y tuvimos que empezar de cero. Mi primer trabajo fue el de lector en torno a las fogatas en las largas y salvajes noches.

Con el tiempo el Quijote se convirtió en nuestro libro fundacional. Así como en aquel planeta del sistema solar, los libros religiosos fueron los que dictaron secretamente las costumbres de la humanidad hasta cumplir al pie de la letra el apocalipsis, las desventuras del Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero, dictaron nuestra nueva moral.

El resto de la historia ustedes la conocen. Llevamos más de setenta años de felicidad, risas y poca fe. Algunos me llaman padre del comunismo aunque los más jóvenes me llaman tirano e impostor.

Acepto con resignación que las nuevas generaciones tengan sus dudas y que sostengan es mejor ponerle más sabor a la vida. Los argumentos de nosotros los viejos no los satisfacen. Según ellos, eso de que Cervantes fue soldado es una artimaña para sujetarlos a nuestras absurdas leyes que se burlan de los héroes y de los que caen víctimas de la esperanza en un futuro mejor. Además, anatemizan nuestro culto a la amistad y el valor secundario que le damos al amor de pareja.

Si tienen paciencia y llegan a viejos como yo, esos jóvenes inquietos se darán cuenta que cayeron en un típico juego cervantino. Si no es así, ojalá y en los últimos cinco minutos de vida humana en este planeta, alguien tenga la suerte, cuando le toquen de emergencia la puerta, de llevar a don Quijote en la mano.

Día 15

En esta mañana de fin del mundo agarré la libreta-diario y al hojearla con el dedo como cuando se barajan las cartas, comprobé que el número de sus hojas es infinito. Arranqué cientos y se desvanecieron en mis manos sin que el grosor de la libreta disminuyera en lo más mínimo.

Afilé el lápiz con la navaja que me regaló David y escribí las primeras líneas con ánimo de llevar la contra: Estamos en el paraíso. Cerré la libreta y me fui a arreglar las goteras que hay en las casas. Regresé al anochecer. Al abrir la libreta encontré escrito: En esta mañana de fin del mundo… y después el lápiz, guiado por mi mano, se deslizó a su antojo narrando lo más relevante de un día largo y sin muchos acontecimientos que merecieran la pena quedar plasmados.

Gracias a los conocimientos que los abuelos hñähñü nos heredaron, la libreta me ayuda a que mi relato no se desvíe ni un ápice de la verdad.

Hoy ni siquiera unos pocos minutos dejó de llover.

Día 14

Ayer en la noche cuando me disponía a conectarme, mi bastón de inmediato se deslizó por el piso como una serpiente (pero sin convertirse en la serpiente gato), subió por mis pies y se enredó en mi muñeca. Soñé que caminaba por los callejones del Real y que doblaba siempre a la derecha y que nunca llegaba a ninguna parte. Cuando desperté, me pareció absurdo como algunos sueños el haber vivido dentro de la computadora de don Arquímedes.

Entrada la mañana, llegaron a visitarme Emiliano acompañado por su madre, Yasmín (la hija de don Fili y doña Bauci) y David, su padre. Viven aquí tras lomita, por la parte oriente, en San Pedro, la comunidad vecina que aún no conozco. Según me contaron, la comunidad fue destinada para los matrimonios o madres o padres solteros que aún puedan tener hijos. Son apenas nueve familias con tan sólo un hijo cada una. Más la familia más antigua que milagrosamente tiene once hijos (cuatro mujeres y siete hombres), uno tras otro y con la esperanza de que doña Leonila, la matriarca de la numerosa familia, pueda tener más hijos con don Pedro su esposo, a pesar de que los dos rebasan los cincuenta años de edad.  

Yasmín me hizo unos panes de maíz con miel, tatemados con piedras de hormiguero. Será porque es la primera vez que pruebo algo de comida en mi vida, pero me supieron deliciosas. David me trajo algo de pulque. Apenas di unos cuantos tragos a la penca del maguey y sentí como se me subía la sangre a la cabeza y las orejas se me ponían al rojo vivo, calientes, calientes.

Estuvimos hablando sobre la Red que vamos a hacer y las conexiones que iré descubriendo conforme me familiarice con los poderes que tiene el bastón mágico. Se ofrecieron a ayudarme, pero les dije mejor fueran a alcanzar a las familias que tendrán que recorrer cientos de kilómetros para llegar hasta aquí. Al despedirse, los tres me abrazaron fuertemente al mismo tiempo.

David me entrego un lápiz, una navaja y una libreta:

Para que te entretengas un rato contando la historia de cómo nos ayudaste a sobrevivir.

Al revisar la libreta me di cuenta que las primeras sesenta y cuatro hojas están enumeradas y con renglones llenos de letras o jeroglíficos desconocidos. Lo único escrito en español es el título: Diario de Arquímedes. Le pregunté a David y me dijo estas o parecidas palabras:

Ninguno de los sobrevivientes sabe leer ni escribir. Esta libreta perteneció a Arquímedes Hernández, el último de nuestros antepasados que conoció esos artificios.

¿Y entonces el pacto que firmé con don Fili? En el tronco de un encino, tatué a fuego mi nombre con el bastón que él me dio.

Desconocemos el alfabeto más no la importancia sagrada de sellos y firmas.

Aquí en el pueblo hay una biblioteca con muchos ejemplares, incluidos algunos diccionarios en otras lenguas. Por muy malos que sean los libros, es imposible que sean analfabetas.

La vida es un misterio, mi buen amigo @. Te hemos visto entrar todos los días a la biblioteca y hemos esperado hasta ocho horas para verte salir de nuevo. Tú tienes una descomunal fuerza física y el conocimiento de la escritura y nosotros resguardamos el conocimiento de la magia. Por muy malo que seas escribiendo, dejarás tu legado plasmado en la libreta para algún lector futuro.

En la biblioteca, al menos hay un libro de Arquímedes Hernández y mi amo tenía el mismo nombre. Aunque desconozco su apellido es probable se trate de la misma persona. ¿Cómo era ese antepasado tuyo? ¿A qué se dedicaba?

No lo sé, nuestro Arquímedes murió hace siglos y en torno a él hay muchas leyendas contradictorias entre sí. Incluso algunos se atreven a dudar de su existencia y postulan que más bien fue el nombre de una sociedad secreta con redes en todo el mundo.

Estuve todo el día débil y confundido. No trabajé, sólo transcribí a la pequeña libreta de tapas color púrpura, los apuntes y notas más relevantes que tenía en la computadora. En la noche, a eso de las doce, tiré la computadora al piso y apenas se le formó una telaraña de vidrio en la pantalla. Entonces la aventé por el balcón con todas las fuerzas que me sobraban. Al estrellarse, el eco recorrió varios segundos el pueblo y aún retumba en mi cabeza. Me pregunto si será el mismo estrepito el que hará mi cuerpo cuando muera.  

Día 13

Me sucedieron tantas cosas tan dignas de memoria que no sé por dónde empezar.

Veamos. A eso de las cuatro de la mañana el ruido furioso de la lluvia cayendo en los tejados, me despertó. Creo que hasta tuve pesadillas. De inmediato me fui para Tezoantla. En la entrada me esperaba Emiliano, el nieto de doña Bauci y don Fili. No exagero si digo que tiene la cara tan bella como un angelito.

Ya en camino me comenta que los abuelos me esperan en casa con un té caliente.

Oye Emiliano, ¿más o menos por qué fechas deja de llover?

No le sabría decir, señor. Sólo tengo doce años de edad.

Al llegar entán sentados frente a frente, en su pequeña mesita de madera, tomando té y comiendo pan. La luz del fogón alargaba nuestras sombras y las voces retumbaban en las paredes con mayor fuerza que la primera vez que vine. Después de saludarnos, Emiliano me trae una manta. Me desvisto y dejo mi ropa extendida en el piso a un lado del fogón para que se seque. Me envolví en la enorme manta blanca y rápido entré en calor.

Acércate acá a la ventana, vamos a platicar, mijito.

Entonces me acerqué y por la pequeña ventana vi que había escampado. Amanecía.

Doña Bauci nos sirvió un té de cedrón en un cántaro de barro que le daba un saborcillo terroso.

Entre sorbo y sorbo, les ofrecí una disculpa por la tardanza y les dije que estaba decidido a quedarme y apoyarlos. Ellos aceptaron las disculpas, doña Bauci me dijo que no me preocupara y Don Fili me explicó que teníamos que formar una Red alternativa para poder sobrevivir.

El bastón que te di, ha pertenecido nuestros abuelos más antiguos y ha pasado de generación en generación. Como ya te disté cuenta, tiene su magia y sus trucos, aunque te sé decir que sus poderes variarán de acuerdo a quien lo porta…Bauci y yo confiamos en ti. Ya lo discutimos en la asamblea y estamos de de acuerdo en que te deleguemos ese poder, si tú lo aceptas y si nos permites que nos vayamos a vivir a Real del Monte donde haríamos la Red.   

Nos quedamos callados por unos minutos. Don Fili prosiguió:

Esa maldita Red y sus secuaces quieren exterminar completamente a los seres humanos. Algunos dicen que en otras partes del mundo ya crearon redes alternativas y han podido sobrevivir. Tal vez nosotros podamos crear nuestra fortaleza.

¿Por qué en Real del Monte y no en otro lado? ¿Quiénes son los secuaces de la Red?, pregunté.

Porque los Uemas solo pueden hacer una Red en su lugar de origen y tú eres originario de ahí. Los secuaces son tan repugnantes que cuando los conozcas te darán ganas de no haberlos conocido, así que ahorita mejor ni hablar de ellos y continuemos.

Medité lo mejor que pude mi respuesta y les dije:    

Como les decía, he decidido quedarme hasta el final. Las casas del pueblo los esperan, aunque hay que hacerles muchos arreglos. Sólo les pido paciencia pues no creo que sea tan fácil que me adapte a la presencia de tantas personas.

Doña Bauci dijo:

No te preocupes, yo te ayudaré a perder el miedo, la mayoría de nuestra gente es gente buena, ya lo verás.

Estuve hasta el mediodía con ellos.  Les dije que yo les vendría a avisar cuando esté todo listo para recibirlos. Entonces don Fili me reveló dos secretos más que guarda mi bastón:

Dale tres golpecitos en el suelo y el bastón se convierte en una serpiente cabeza de gato.

En efecto, tomé el bastón que había dejado en la entrada y a los tres golpecitos, la vara de madroño se empezó a retorcer, se chispó de mi mano y reptó por las baldosas, con su cuerpo verdoso de serpiente y su cara de gato misterioso con sus ojos verdes como de jade.

Ahora pega tres veces en el piso con tu pie y regresará.  

Como dijo don Fili, así fue. La serpiente se vino de regreso hacía mí, subió por mi pierna y al llegar a mi mano se convirtió de nuevo en un simple bastón. Añadió:

Camino al Real hay un encino de cinco brazos. Si marcas tu nombre en él, pertenecerás a nuestra comunidad para siempre. Pero tendremos un poder sobre ti. Si alguien borra la letra que tienes en la frente, al instante te desplomas convertido en un montón de piedras sin alma.

Si lo conozco, ahí me he detenido a descansar. Pero, ¿entonces si me caigo ya no desaparezco?

Eres un Uema, aunque seas cibernético, no puedes cambiar tu destino. El que pongas tu sello en el árbol es como si firmaras un pacto con nosotros. No es desconfianza, es precaución. Como dice el dicho, la burra no era arisca, la hicieron a palos.  

Usted salió más chistosito de lo que me imaginaba don Fili ¿Y yo qué gano en el trato?

Nos ayudarás a vencer a la Red y evitarás el fin del mundo ¿Más quieres?

Le contesté que valía la pena arriesgar todo por el simple placer de la aventura y porque tenía razón. Antes de despedirme, les pregunté sobre la ciudad y los edificios iluminados. Doña Bauci contestó, mirando por la ventana el bosque sin niebla:

Que yo recuerde, nunca ha parado de llover más de un día y en esa ciudad jamás habitada, nunca se han apagado las luces de esos extraños edificios.

¿Sabe qué función tienen esos edificios?

No mijo, no sé. Nadie lo sabe. Quienes se acercaron a averiguarlo, murieron en el intento. Aunque siempre hemos sospechado que algo tienen que ver con la Red y sus secuaces, a ciencia cierta yo creo que ni ellos lo saben.

A mi regreso dibujé con mi bastón una @ de unos veinte centímetros que se grabó en el encino como cuando antes marcaban con hierro candente a los animales de pastoreo.

Al atardecer me dio por jugar con la serpiente cara de gato, pero cuando el colibrí llegó a beber néctar, percibí sus ojos hambrientos y cómo se relamía los bigotes de apetito, así que di los golpecitos y lo puse en su lugar.

Antes de que anocheciera me puse a arreglar las ventanas rotas de las casas. A falta de vidrio, las hice de cuarzo blanco, procurando dejarlas lo más traslucidas que fuera posible.

Día 12

Hoy dejo de llover más tiempo que días anteriores.

En estos momentos los rayos del sol desgarran la delgada cortina de niebla. Los tejados de lamina fulguran y se iluminan las casas grises, verde agua, azules, rosa mexicano, anaranjadas. En los largos cables de la corriente eléctrica se posan golondrinas, mientras las palomas hacen enormes elipses que rodean por completo el cerro.

Aquí está de nuevo el/la colibrí. Se acerca a las flores, alza la cabeza para que resbale mejor el néctar y vuelve a beber. Tres veces. Al posarse en el cable, se balancea aleteando un poco. Su equilibrio siempre es frágil cuando para de aletear. Vuelve a beber y se va.

Pasa una mariposa amarilla. No la que aparece por el bosque. Esta es diminuta y entre los tejados parece perdida, después se va dando tumbos por las paredes de los estrechos callejones. hace un rato pasó volando una libélula azul extraterrestre. Algunos insectos rondan en el aire, chocan contra la ventana. Son horas soleadas y alegres después de tanta lluvia y neblina.

En la mañana que fui a la frontera donde hice las zanjas, descubrí el poder que tiene mi bastón. Se me ocurrió hacer una presa como la que vi antier allá en la ciudad. Al llegar, así como jugando, a la manera de los directores de orquesta, empecé a señalar hacia las piedras de múltiples y sobrios colores. Primero temblaron y luego se movieron al ritmo del magnetismo melodioso de mi bastón. Empecé a acomodar las piedras y como soldaditos iban acomodándose una a una, hasta construir un enorme muro de unos cuarenta metros.

No soy yo, sino mis pies los que, con la ayuda de mi bastón, se rehúsan a tropezarse y caer. Según mi amo, estoy condenado a morir en unos cuantos días. Pero a pesar de mi cojera ¿lo bailado quien me lo quita? Mañana iré con don Fili y doña Bauci a ponerme a sus órdenes y de paso ofrecerles disculpas por tercera ocasión.

Día 11

Por el lado nororiente, en la mañana, hice unas zanjas para que pudiera fluir el agua estancada. Las casas inundadas respiraron a pesar de que la lluvia arreció como nunca antes había visto, lo mismo que el viento que parecía querer arrancar los tejados. Cuando estaba trabajando, el viento me pareció un ser con alma propia, pues ruge con furia de mar cuando pasa entre los árboles y les da la forma inclinada que tienen. De regreso apenas podía avanzar y, temeroso de caerme, me sostenía con fuerza de mi bastón como si caminara en la cuerda floja.

Al mediodía, en los pocos minutos de sol y tranquilidad, aproveché para ir a la biblioteca, aunque a medio camino empezó de nuevo el aguacero y el viento. Al entrar, el silencio y la tranquilidad son como una bendición y el viento-animal se queda afuera chocando contra la enorme puerta de madera que apenas deja entrar unos suspiros.    

No sólo el edificio es octagonal, también el piso es de mármol rosa con formas octagonales floreadas y con grecas. Los libros tienen un olor a árboles y pasado. Los hojeo sin detenerme en las letras y los acarició por el simple placer de tener un objeto físico que resguarda algo de historia. Y es así como busco minuciosamente, pues ni siquiera doña Bauci ni don Fili, con sus años y experiencia a cuestas, me pudieron decir algo.

A pesar de que los libros son de los más diversos temas, sólo encuentro un ejemplar pequeño, de menos de cien páginas, cuyo título tiene mi nombre, aunque con un subtítulo extraño: @:101. El autor es Arquímedes Hernández ¿Será posible que mi patrón dejó por escrito las claves de mi destino? ¿Serán el mismo Arquímedes el autor de estas especulaciones y mi creador? A pesar de su brevedad, el libro tiene términos esotéricos y un lenguaje alambicado que dificultan la lectura, aunque hay algunas cosas interesantes.

Para empezar, el título. El 101 hace referencia al sistema numérico binario que fue descubierto por algunos matemáticos como Leibniz pero que, gracias a la revolución digital que vino siglos después, a la larga transformó el sistema decimal por el binario. A raíz de ello, hubo en las universidades un resurgimiento de diciplinas proscritas por siglos. Lo que lleva al autor a especular sobre la  coincidencia de que el I Ching tenga 64 hexagramas, el ajedrez, 64 casillas y el @ se escriba con alt 64.

La tesis central de Arquímedes es que el estudio de la @ aporta un conocimiento diferente del poder que ejercen los símbolos sobre los seres humanos. Además, al no ser ni un número ni una letra, este símbolo por antonomasia del mundo virtual, exige explorar alternativas metodológicas que se encuentran en la Cábala Judía, el I Ching, la Alquimia, los métodos de la lingüística imaginativa, y toda la larga tradición que cree que en las palabras hay ángeles, seres vivos o dioses.

En la parte más pesada del texto, discute con diversas corrientes filosóficas, hasta llegar a la conclusión de que, si a inicios de la modernidad Descartes formuló su famoso, pienso luego existo, el yo en la era cibernética, dirá:  estoy en la red, luego existo.

Por último, concluye con las referencias a la mitología de varias culturas con peculiar énfasis al mito judío del Golem. De los Uemas no dice nada, acaso para mejor ocultar sus secretas invenciones.

A pesar de la soledad y la lluvia incesante ¿quién puede sentirse miserable cuando su nombre es la personificación de algún dios o un ángel?