Hoy al despuntar el alba

Hoy al despuntar el alba

Fuimos a caminar al bosque del sur

Un dragón de fuego y agua

Se escabullía entre la yerba los arbustos de Artemisa los cactus

Los magueyes los nopales las diminutas flores

Las piedras empapadas por el rocío y el musgo

Los encinos oyameles ocotes

Y sepa dios cuántos árboles más

Llegamos y nos sentamos a observar la llanura

A lo lejos los volcanes sagrados dormían

Más cerca el pueblo de mis ancestros a punto de engullirlo la metropolí

Flor marchita en el corazón del cerro abríendose con los rayos del sol

En este momento deambulan por mi memoria paisajes interiores

La estación de tren abandonada y la casa en ruinas

El jagüey con agua verde donde bebían los caballos

Mi bisabuela buscando a su padre

En medio de la balacera en tiempos de la revolución

Mi abuela blanca y buena como un cordero

Aferrada a la Biblia y a las telenovelas

Mi abuelo en la madrugada en la casa de los locos

Contándome cuentos interminables sobre el terror nocturno

Y los años que trabajó en los Estados Unidos en la pizca de algodón.

Mis muertos los que me dieron el habla

No los muertos de los libros con quienes dialogamos

A cuarenta días para llegar de visita al cementerio

Se divisan en proceseción por la llanura

Mi número

Tú eres tú y yo soy yo es cierto

pero mírate bien el brazo tatuado

somos un número

ante lo innombrable

ante la víbora virtual y su cabellera de angustia

circulando por la carnalidad del mundo

abrazada al árbol de la vida

bajo cuya sombra se cobijan los caminantes

tú y yo sin nombre ni rostro

con nuestros ojos bebiendo agua de la red

Cuando volteo al pasado

mudo ante los campos sin flores

con cámaras de gas y teléfono portátil para cada uno

soy el zanate que anuncia catástrofes entre los cipreses

soy las siete púas de la misericordia

soy los siete colores de la piedra obsidiana

incrustados en las paredes carcomidas de la ciudad

soy la ruina de cualquier padre y madre

soy la niebla por los tejados de lámina roja

antes de la aparición del hombre sabio

soy tú y tú eres yo

soy el número de la poesía

El aroma a pan…

El aroma a pan cocido en las cenizas

(el nombre del pan en náhuatl es tlecoyotl)

repta por los rincones del muro de los lamentos y el odio

es una ola tibia de jazmines inundando las calles

es un manto de verdad

huele a salir de la caverna en día de fiesta

a una bandada de palomas

a pezones de aureolas morenas

a feliz presagio de la barca a la deriva  

a la liberación del caballero enjaulado por sus amigos

convoca a la jauría de fieles perros del deshabitado

desata la perra hambre del mendigo

cae una llovizna de bondad en las cosas

regresa a los que pasan la infancia nunca vivida

De tal hora…

De tal hora a tal hora escribo

avanzo a tientas

tacho troncho garabateo

aparecen las imágenes

los arquetipos que me dejan sin palabras

Las palabras son ángeles

se adentran en la espesura

y el horror sagrado

de la página en blanco

Si los dioses

convocados o no

están entre nosotros

las palabras son drama

personal y cósmico

nos incluyen a ti y a mí aun sin quererlo

A la hora y en la hora

de nuestra muerte compartida

la hora que dura

el instante del poema

ningún reloj puede medirla.  

Tu rostro…

Tu rostro tantas veces lo he visto,

en el bosque y en el lecho,

ir del color pantera al color blanca paloma

y otros animales.

Tiene tonalidades de la palabra amor

y pizcas de incredulidad sobre la existencia del infierno.

Es la patria del hombre tres veces exiliado

y la alegría del té con miel en la mañana lluviosa.

Es un lago profundo y diáfano que alivia a quien sea,  

el lucero vespertino en esta noche constelada

donde todos somos judíos y ninguno poeta.

Mi amada Berenice,

con sus metamorfosis y arrugas,

tu rostro es mi guía.

Y caminamos juntos de la mano

por la selva oscura y el corazón de las tinieblas.

Cualquier árbol es un hogar

Cualquier árbol es un hogar

donde habitan los ancianos

Filemón y Baucis.

A veces presagio algo de ese mito,

breves latigazos de luz,

hasta que llagan las preguntas

de hombre desesperado del siglo veintiuno.

A veces estoy frente la puerta de ese hogar.

A la intemperie espero:

ecos de lunas

de sueños arborescentes

de raíces hacia el inframundo.

Nadie contesta:

sigo siendo el chivo expiatorio,

el sujeto que paga la cena

de los lobos de Wall Street.

Tan sólo una vez le pido a los dioses,

ser admitido por esa familia,

ser unión de cielo y tierra sin disonancias .