El Tlacuache Citadino: Santiaguillo. El Jinete de la Noche

Luis Espinoza Sauceda

SANTIAGUILLO. EL JINETE DE LA NOCHE.

Los habitantes del pueblo de Baca, Choix, Sinaloa seguido hablan de Santiaguillo, el legendario jinete que cabalga por las noches buscando caballos que montar y almas que lo ayuden a salvarse. Además, aseguran que quien por los llanos y lomas cercanas al arroyo de La Sabana pase a media noche lo encontrará y descubrirá, en parte, lo que aquí les narro.

Estaba mi hermano tratando de desenmarañar los crines de su caballo que no le entraba ni la daga de lo retorcidos y anudados que estaban. El caballo estaba trasijado y le temblaban las patas, como siempre de pura ley que tenía, pero no así esta vez, le temblaban de la mala noche que había pasado. Le pregunté que le había pasado al caballo y me respondió: “Santiaguillo lo trenzó”. La verdad no le creí. Pensaba ¿cómo va conseguir hacer eso? ni un humano es capaz de hacerlo y ahora resulta que un tal Santiaguillo es todo un estilista.

Con el paso del tiempo, escuché muchas historias que se cuentan de él, tanto hombres como mujeres aseguran más de una ocasión haberlo escuchado pero no haberlo visto.

Dicen que un cazador hasta el rifle perdió. La cacería de los venados lo tenía obsesionado aunque escasamente uno o dos, a lo mucho, había cazado en toda su vida. En la mañana, en la tarde, en las noches, a todas horas hablaba de los venados, no tenía una plática distinta. Se preparó, en esta ocasión duró una semana buscando huellas de los venados para ver por donde pastaban en las noches. Aunque el lugar no le agradaba mucho porque estaba en las correrías de Santiaguillo, pero si nunca lo había visto ¡cuál miedo!

Por la tarde ya casi oscuro, le pide a su tío que lo acompañe que va a cazar un venado por el rumbo de La Sabana, en un llano con sembradíos de frijol. Cansado de acompañarlo todas las noches, -no voy a ir por ahora pero no vayas allí porque se aparece Santiaguillo -le responde su tío. No hace caso, agarró su vieja carabina 30-30, la lámpara, una cantimplora con poco de aguardiente, además otro tiro por si fallaba el primero.

Sigiloso llegó al lugar, no se preocupó de qué lado soplaba el viento porque no lo había, se sentó sobre un reventón de piedras grises, se colocó la lámpara en la frente, montó tiro y se concentró, enseguida tiró la luz lentamente y no apareció nada salvo unas liebres. Así estuvo a altas horas de la noche hasta que en algún momento, lo despertó un grito ladino en la lejanía, pero muy lejano, tendió la lámpara, no seguro de lo que había escuchado y se concentró en su presa que la tenía a escasos cincuenta metros, montó tiro en el mayor de los silencios cuidando que la noche no le revelara peligro al animal, su lámpara sujeta a su frente como minero, el tiro de repuesto en la bolsa de su camisa vaquera por si hacía falta, pero los ojos del animal le rebotaban la luz y los cuernos con muchas puntas lo desafiaban.

Sabe que debe ser rápido y efectivo, lo sabrá el que a cada rato canturrea la canción, un venado lampareado es difícil de cazar pues aunque le pongan la trampa tiene experiencia al brincar. En ese lapso que el venado baja y sube la cabeza como queriendo cornear la luz, el gatillo lo siente dócil, el tiro está puesto en la frente pero un cántico de pájaros lo desconcierta por un momento, trata de concentrarse en el blanco y contener la respiración, el venado le entrega por fin la frente como resignado, el grito no es tan lejano, está en el venado. No volvió nunca más.

Ese Santiago ya está fregando los caballos Mónico, mi pobre alazán ya está relinchando, decía Ramón Torres cuando los caballos se los montaba Santiaguillo. Caballo que nadie lo montaba por reparador Santiaguillo de vez en cuando le daba sus espueleadas. Puede ser más cruel si en sus correrías hay animal persogado, amarrado de las cuatro patas lo encontrarás sin punta por dónde empezar.

Santiaguillo que nadie le ha visto su rostro, excepto el cazador, pero aseguran que un grito ladino o chiflido es, que se hace acompañar de una bandada de pájaros de la noche, cantadores de lo más extraño. Él, montado en caballo negro los va arriando, usa unas espuelas de plata, cuando se está cerca se escucha el sonsonete de las ovillas, la cara siempre oculta con su pañuelo. El caballo es tan bueno que vuela por el aire, recorre kilómetros en segundos, a veces cuando no encuentra a personas, se desespera y trenza las crines de los caballos. También cuando no encuentra gente ni caballos en sus correrías se acerca al pueblo a gritarles, mientras tanto en los llanos de la orilla del río se da gusto montando los mejores caballos y trenzando.

Sobre él pesa una maldición. Desobedeció a su madre cuando aquella tarde le dijo no vayas al baile hijo porque te han de matar. Él se negó a obedecer, se amarró sus mejores espuelas y montó su caballo retinto, antes de llegar al baile, con todo y caballo lo derribaron a balazos. Desde entonces, su alma anda en pena, por las noches sale a buscar gente que sepan de él para que le ayuden a salvar su alma, por eso cuando en su correrías no encuentra se le oye en las noches gritando por las lomas y llanos del pueblo.

El Tlacuache Citadino: Aguas arriba, aguas abajo: Baca, Choix, Sinaloa, Centro Cultural

Guadalupe Espinoza Sauceda

                             

AGUAS ARRIBA, AGUAS ABAJO: BACA, CHOIX, SINALOA, CENTRO CULTURAL

 

A lo largo del tiempo y a la orilla del río Fuerte, se mantiene Baca como el único de los tres pueblos de la nación de los Sinaloas que aún pervive. Toro y Sinaloa (o Sinaloíta o Cinaro), río abajo, ya no existen. El otro pueblo de la misma nación, Baymena, está a las orillas de un gran arroyo.

No obstante, los nuevos tiempos del capital lo han amenazado. Primero la hacienda de Lamphar que se montó a escasos cuatro kilómetros aguas arriba en la comunidad de Agua Caliente en tiempos del porfiriato, donde se plantó agave y aún se ven rastros de los hornos a las orillas del arroyo que atraviesa la comunidad de la vinata que ahí había y de los restos del casco de la hacienda con sus palmeras de taco. La hacienda afectó tierras de los nativos de Baca y comunidades aledañas.

El segundo momento es a mediados del siglo pasado con el trazo del ferrocarril Chihuahua al Pacífico, más conocido como el Chepe, aunque el proyecto ya venía desde el porfiriato con los planes de Albert Keasy Owen, de conectar Nueva York con el Oriente a través del puerto de Topolobampo trazando una línea férrea desde Ojinaga, Chihuahua que uniera el sureste de Estados Unidos y a su vez salir hasta Topolobampo atravesando la Sierra Madre Occidental en los estados de Chihuahua y Sinaloa y desde ahí embarcar las mercancías.

Este proyecto le cercenó tierras al ejido de Baca, al pasar por ambas mesas de tierra colorada, a las márgenes del río Fuerte, aunque la mesa que está por el lado de Baca, desde el punto el vista legal, era herencia de Lamphar a una persona que oí mentar como Carmen, pero que al final esas tierras en los últimos repartos de la reforma agraria pasó a ingresar a la superficie del ejido de Toypaqui, ejido vecino a Baca, que terminó vendiéndolas a un nuevo prominente político y empresario de la cabecera de Choix.

Con el trazo del ferrocarril Chihuahua al Pacífico se crearon pueblos efímeros o satélites al calor de la bonanza del empleo en Ferrocarriles Nacionales de México (Ferronales), como La Mesa en Agua Caliente, donde estaba la estación del Chepe, y también en Loreto estación Loreto. Hoy La Mesa al privatizarse Ferronales está despoblada y estación Loreto a duras penas se aferra a no desaparecer.

La afectación por el trazo del ferrocarril a las tierras del ejido de Baca el gobierno federal aún no termina de indemnizarlas del todo, pues se debe el lado de la margen derecha del río, precisamente desde donde estaba la estación en La Mesa, hasta donde sale por el rumbo del Chorohui la línea férrea.

Esta modernidad a Baca lo afectó porque los polos de desarrollo fueron otros. Agua Caliente de Lanphar creció, a la par que ahí estaba el cruce del río en el pango, abajito del gran puente del ferrocarril, lo mismo que la comunidad de San Javier a donde una parte de los pobladores de Toro se fueron y que también lo comunicaba con Estación Loreto. Aguas arriba, aguas abajo a Baca le cerraban la pinza política-económica y se le pretendía estrangular, aunque nadie lo reconociera abiertamente.

En seguida del ferrocarril vino la gran obra hidráulica del Mahone o presa Miguel Hidalgo y Costilla afectando también tierras del ejido y quitándole población que se fue a Juan José Ríos y Bachoco en su mayoría en el Valle del Fuerte que este gran río irriga y da prosperidad, un río que permanece limpio y que no está contaminado. Al ejido de Baca con la presa Miguel Hidalgo el gobierno federal le expropia tierras, las aledañas al río, pues hasta ahí llega la cola de la presa del Mahone, incluso llega hasta los pilares del puente, y se sabe que está ahí la presa cuando el agua ya no corre, se queda quieta, serena, en remanso.

Un cuarto momento de afectaciones al hábitat, territorio, economía y región cultural de Baca es con la construcción de la presa Huites o Luis Donaldo Colosio Murrieta, eso fue en la última década del siglo pasado, para controlar las avenidas del río Fuerte y llevar agua y energía eléctrica al vecino estado de Sonora.

Mientras a la comunidad de Agua Caliente de Lamphar o de Baca le instalaban servicios como la clínica del IMSS, secundaria y preparatoria, lo mismo que a San Javier, al pueblo de Baca se le relegaba, dejado a su propia suerte. No obstante, Baca ha sabido salir adelante y mantenerse como una especie de centro cultural e identitario de la nación de los Sinaloas, además de dar decenas de profesionistas en diversas ramas y disciplinas del conocimiento.


Para rematar, de la cabecera de Choix a la comunidad de San Javier, se pavimentó primero de Choix a Tabucahui y después de esta comunidad a San Javier en últimas fechas, mientras a Baca se le deja la brecha de terracería, dejando que se ahogue en su propio rejuego interno.


Baca es un pueblo viejo e histórico que merece un mejor futuro, y que se le reconozca su cultura y espacio identitario. La moneda está en el aire.

El Tlacuache Citadino: Pueblos Cáhitas y sus petrograbados

*Norberto Soto Sánchez

** Guadalupe Espinoza Sauceda

Se desconoce el momento preciso en el que los primeros seres humanos llegaron al área geográfica que hoy es nombrada como el sur de Sonora y el norte de Sinaloa. Al presente, en esta región hay dos grandes valles sumamente fértiles: el del Mayo y el del río Fuerte. La región también goza de una gran diversidad biológica. Como dato de ello, el valle del río Fuerte destaca por ser el hábitat de la mayor variedad de especies de colibrí en el mundo entero. Esta riqueza biodiversa desde miles de años antes de Cristo convirtió al lugar en un sitio propicio para la vida humana. Hay indicios de presencia de bandas nómadas de la cultura Clovis que hace 14.000 años se dedicaban principalmente a la caza de mega fauna local como mamuts, caballos y -por sorprendente que pudiera leerse- camellos.

Trabajos como el de Elia Villalobos -doctora en Historia y arqueología marítima- nos hablan de hallazgos de restos de paquidermos del pleistoceno tardío en los municipios sinaloenses de Ahome, El Fuerte y Guamúchil (https://bit.ly/3i099Z2). De igual manera, exploraciones del arqueólogo Arturo Guevara encontraron puntas lanceoladas acanaladas parecidas a los tipos Clovis y Folsom en Sinaloa de Leyva, lo cual nos habla de estos lugares tienen, también, un tesoro de bienes culturales valiosísimos para la comprensión de la historia de la humanidad, pues los Clovis son una de las culturas más antiguas de Abya Yala (continente americano).

Por su parte, John Carpenter menciona que hay indicios de grupos yuto-aztecas tanto en la región del río Petatlán (hoy Sinaloa), como en la del Valle del río Fuerte, desde, al menos, la época del holoceno medio (5500-2500 a.C.). El inicio de dicho periodo se caracterizó por condiciones climatológicas en las que la temperatura presentó una elevación considerable en lo que hoy es el Estado de Sonora, región en la que habitaron múltiples grupalidades humanas proto yutoaztecas. Como resultado de estas variaciones ambientales, dichas poblaciones se dividen en al menos dos grupos: uno que se refugia en la al noroeste, en la “Gran Cuenca”, y otro que se traslada hacia el sur con distintos destinos, tanto en la Sierra Madre Occidental, como en la planicie costera del Sur de Sonora y el norte de Sinaloa.

El mismo autor refiere que a mediados de esta época, entre el 3600 y el 2000 a.C., fue la temporalidad en que se cree estas poblaciones reciben el maíz, aprendiendo su cultivo, estando fuertemente implicadas en el desarrollo de la raza Chapalote. Así mismo, se han encontrado indicios de que para 1200 y 1100 a.C., desarrollaron complejos canales de riego. Esta influencia agrícola en particular venía desde la zona del río Balsas en el Estado de Guerrero, encontrándose también en la región ubicada entre Colima y Jalisco, y en la planicie de Nayarit hasta llegar al norte de Sinaloa y sur de Sonora.

Carpenter señala que no hay duda de que los restos arqueológicos que han sido encontrados en la región del norte de Sinaloa pertenecen a los ancestros arqueobiológicos de los Yoreme; es la macro tradición arqueológica Cáhita que territorialmente abarcó la región entre los ríos Mocorito y Yaqui. Esta área geográfica se caracteriza por tener una gran cantidad de ríos y afluentes de agua. De sur a norte están el río Mocorito, río Sinaloa (antes Petatlán), el río Fuerte (antiguamente Cinario, Sinaloa o Zuaque), río Álamos (Cuchujaqui), río Mayo y río Yaqui.

Sinaloa en 1530 de acuerdo a Ortega Noriega, Sergio en Breve Historia de Sinaloa (1999)

Para el siglo XVI esta era una región con una densidad de población considerable tomando en cuenta la época y el contexto. En torno a esto, el padre Jesuita Andrés Pérez de Ribas, en su obra “Triunfos de nuestra santa fe entre gentes las más bárbaras, y fieras del nuevo orbe”, dijo:

“Es muchísima la gente que hay en estos pueblos, los cuales estarán en el río arriba dentro de 8 o 9 leguas… Están los tzois, los chínipas, los guazaparis y otros muchos. Abajo de los sinaloas… los tehuecos que deben ser otros tatos como los sinaloas… Debajo de los tehuecos están los chocaris, baroroes, y otros marítimos y a un lado los basirocos, grandes amigos de los tehuecos; y más abajo los suaques que es muchísima gente… Debajo están los ahomes y otros junto a la mar… cerca está una isla, dicen, muy poblada de gente…”.

Se habla de los yoremes-yaquis tenían unas sesenta u ochenta rancherías semi autónomas con una población, se calcula, de alrededor de 80,000 almas que en tiempos bélicos se organizaban para formar un gran ejército de guerreros que logró aplastar con facilidad a distintas milicias comandadas por Diego Martínez de Hurdaide en tres batallas entre 1606 y 1609  (https://bit.ly/3vw8G4V).  Se cree que la densidad poblacional en el lado del norte de Sinaloa era similar. Por su parte, la presencia humana en los territorios correspondientes a tahues (centro de Sinaloa) a finales del siglo XVI e inicios del XVII se estima de entre 60,000 y 70,000 almas, según datos del geógrafo e historiador Carl Sauer.

Hoy en día, los descendientes de los cáhitas prehispánicos se asumen cultural y étnicamente como yoreme-mayo, yoreme-yaqui y yoreme-guarijío o varojío. En la época prehispánica sus distintos pueblos fueron autónomos política pero no culturalmente como tal. A nivel lingüístico comparten la rama yuto-azteca como punto de origen.

Cuadro extraído del libro “La nación de los Sinaloas. Breve historia del pueblo de Baca.” de Guadalupe Espinoza Sauceda.

Desde el momento del contacto español, los núcleos poblacionales de los yoreme-mayo estaban conformados predominantemente por grupos de agricultores-pescadores, con minorías de cazadores-recolectores, distribuidos a orillas de los principales ríos y afluentes de agua, formaciones que, como se ha mencionado, eran aprovechadas para la construcción de canales de riego. Esa fue una de las razones por las cuales estos grupos cáhitas han sido considerados como los mesoamericanos más norteños, utilizando la categoría ‘Mesoamérica’ propuesta por Paul Kirchhoff en 1942. La región que habitaban se encontraba dentro de otra más general de nombre Aztatlán que contemplaba el Occidente de México, en lo que hoy son los estados de Nayarit, Colima, Sinaloa y Jalisco durante el periodo Epiclásico (850-1200 d.C.).

Precisamente, el aludido Sauer, en su libro “The Road to Cibola (El camino a Cíbola)”, sobre esta cuestión, refiere: “…durante la época colonial los términos Sinaloa y Nayarit tenían otras connotaciones. Es por ello que nos hemos remontado hasta el más antiguo término que se ha empleado para designar a la región, a saber, Aztatlán” (cursivas nuestras). A nivel de una categorización académica, Aztatlán ha sido definida como una región geográfica, un horizonte cerámico, un complejo cultural, un periodo cronológico e, incluso, como un sistema mercantil del occidente de México, según sostienen autores como el citado Carpenter y Julio Vicente (https://bit.ly/3u9FeA2).

Petrograbados y sitios de importancia arqueológica en el norte de Sinaloa

Aztatlán fue un vínculo cultural-ideológico-social entre el septentrión mesoamericano, los pueblos Cáhitas y las culturas noroccidentales. En tanto sistema mercantil, por ejemplo, evidencias arqueológicas encontradas en el sitio El Ombligo, Guasave, dan cuenta de que este fue un centro de intercambio comercial que era parte de una gran cadena de sitios interconectados que iban desde Cholula al actual suroeste de Estados Unidos. Dato curioso, a su llegada los españoles pudieron observar que a través de la planicie costera sinaloense era movilizada una gran cantidad de mercancías que incluían turquesa, cobre, concha, textiles de algodón, maíz y cueros, las cuales circulaban, al parecer, sin beneficiar a una economía controlada por ningún estado.

Lugares de importancia arqueológica son también el Cerro de la Máscara, muy cerca a la comunidad de La Galera, así como otro espacio aledaño al poblado de Ocolome, ambos en el Fuerte, Sinaloa. Son sitios donde se encuentran una gran cantidad de petrograbados. El primer lugar forma parte de una columna de peñascos y riscos de poca altura que se encuentran a lado del río. El segundo se encuentra justo frente al Cerro pero por la otra banda de la rivera. Un estudio muy serio llevado a cabo por los arqueólogos Julio Vicente, Guadalupe Sánchez y Lizete Mercado sostiene que estos trazos pertenecen a los Yoreme y sus ancestros arqueobiológicos, y que se realizaron en un periodo prolongado que va entre 500 años antes de Cristo hasta el momento de la llegada de los españoles a la región.

Estos investigadores hablan sobre el interesante debate que existe en torno a la cuestión de quiénes fueron los autores de los restos arqueológicos en comento:

 “El mito de que grupos humanos foráneos plasmaron los petrograbados en el Cerro de la Máscara se ha enraizado en la historiografía sinaloense y todavía varios historiadores sinaloenses creen en este mito… originalmente fue propuesto y sembrado por Eustaquio Buelna en 1876… Buelna también propuso que los Nahuatls fueron originarios de la Atlantida e identificó a Atlanta, Georgia, EUA, como un lugar original de los Mexicas, desde donde comenzaron su peregrinación… Buelna, en su afán de colocar a Sinaloa en la historia oficial mexicana, robó a los Yoremes su larga trayectoria histórica en la región atribuyendo los petrograbados y pinturas rupestres a grupos ajenos, siendo que los grabados fueron elaborados por los grupos ancestrales cáhita (en la actualidad Yoremes).”

El Cerro de la Máscara fue un espacio ritual de importancia pero al parecer no era para toda la gente y probablemente rituales chamanísticos de grupos selectos se realizaban ahí. Hasta hace poco, el total de los petrograbados encontrados en ese lugar y espacios aledaños era de alrededor de 300 distribuidos en 15 conjuntos.

Ubicación de los sitios arqueológicos aledaños a El Fuerte. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Imagen del conjunto “La Máscara” tomada del sitio web Sinaloa360, con algunas adecuaciones descriptivas

Conjunto de “El Ojo de Dios” en el Cerro de la Máscara. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Imagen del conjunto “Reina Diosa o Diosa Madre”. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Es difícil elucidar el significado exacto de estos símbolos, con mayor razón si hay poca investigación al respecto, como en el caso de estos restos arqueológicos del norte de Sinaloa; aunque en general la entidad es rica en elementos históricos y culturales de este tipo, la indagación sobre ellos ha sido muy reducida, al igual que los esfuerzos por conservarlos, a pesar de que estos tesoros culturales son bienes que pertenecen no solo a los connacionales, sino a la totalidad de la humanidad. Recientemente fueron hallados petrograbados no registrados en algunas piedras que emergieron debido al drástico descenso en el nivel del agua de la presa Guillermo Blake Aguilar, también conocida como El Sabinal, en un espacio colindante con la zona rarámuri (tarahumara) del municipio de Sinaloa de Leyva (aunque territorialmente sigue siendo un lugar yoreme-mayo). No obstante, el carácter genuino de ellos solo puede confirmarse con los estudios pertinentes.

Fotografías del nuevo hallazgo de petrograbados en la presa El Sabinal, en Sinaloa de Leyva. Tomadas por Jorge Orduño.

Petrograbados de la cultura Anasazi en Sears Point, Arizona. Fuente: internet.

Empero, un detalle curioso es la aparición recurrente de espirales en vestigios de este tipo, que asemejan a la vida en el tiempo, es decir la cosmovisión cáhita, de cómo se entiende la vida y su medición espacio temporal, que es cíclico o circular, en forma de espiral, característica de los pueblos del Abya Yala, y que está muy presente también con los wirrárikas, nahuas, etc., y no lineal como la hace la cultura mestiza o de matriz dominante europea. Es otra forma de entender el cosmos.

Imaginemos por un momento el entorno en que los petrograbados fueron hechos. La mística que transmite la naturaleza del contexto en la ausencia total de iluminación urbana. Ahí es posible observar a simple vista unas pinceladas del “Centro Galáctico” de la Vía Láctea; esa concentración de estrellas que forma una diagonal brillante en el cielo nocturno. Se perciben los astros con una nitidez insospechada para quienes no han tenido la oportunidad de vivir eso. Hace cientos, hasta miles de años, los yoremes que hicieron los petrograbados observaban prácticamente el mismo cielo, pues para los parámetros cronológicos del universo la temporalidad que va desde que estos trazos fueron hechos hasta el día de hoy es apenas un parpadeo.

José Saramago, en su bella novela titulada “El Evangelio Según Jesucristo” señala que un desierto va emergiendo conforme la presencia humana va desapareciendo; evidentemente Saramago no se refiere al desierto en tanto ecosistema, sino a una experiencia. Si al ocultarse el sol uno se adentra a los cerros del territorio yoreme en soledad o con poca compañía humana, se encontrará con el espíritu del monte y la naturaleza, al cual los yoremes llaman Juyya Annia. Esa aproximación provoca que las ideas del alma dancen con una libertad incontrolable; una voluntad de lo inconsciente que se manifiesta en momentáneos delirios y alucinaciones tanto lingüísticos, como acústicos y visuales. Es una inspiración sublime, no un estado psicótico. Algo semejante al trance de la danza al ritmo del tambor yoreme (https://bit.ly/3z8Oqsn). A nivel psicológico, circulan los eslabones de una cadena significante (en el sentido del psicoanálisis lacaniano) que tienen su punto de origen en los momentos míticos en que inició la capacidad simbólica de la humanidad, es decir, en que comenzó el lenguaje. Por ello algunos pueblos asociaron desde la antigüedad el desierto con cierta forma de locura. Respetaban y temían el enloquecimiento, sabiendo también reconocer lucidez en algunos de sus avatares.

Los petrograbados, de alguna forma, son producto de esa inspiración y esa lucidez que transmite la experiencia del contacto con Juyya Annia. Es sumamente importante su preservación y estudio.

El Tlacuache Citadino: Vida espiritual del pueblo de Baca, Choix, Sinaloa

Luis Espinoza Sauceda

VIDA ESPIRITUAL DEL PUEBLO DE BACA, CHOIX, SINALOA

Ahora que cada vez menos hombres y mujeres caminan por las veredas de los montes, hoy que el río es menos caudaloso, en estos tiempos que difícilmente los arroyos y aguajes retienen agua por toda la temporada, con admiración y gracia recuerdo las creencias de mi pueblo.

La huitlacoche, vamos a hacer fiesta

Para las familias que están tristes o tienen mucho tiempo que no reciben la visita de un amigo a familiar, la huitlacoche al alba canta la llegada de una visita muy esperada. Son albricias, alguien nos va a visitar –decía mi mamá-. Se posa en los arboles del patio y desciende a la tierra que picotea, acompañada de su inquieto canto. Es la señal a la familia para preparar una comida especial de recibimiento a la visita tan deseada. La huitlacoche, así se llama un son de los matachines que tanto gusta a los danzantes de mi pueblo, en alusión a esta ave encantadora.

El peyote, suerte divina

Representa el amuleto más preciado. Más que observar los tiempos y cuidar para donde sopla el viento, el cazador siempre está buscando la omnipresencia, el don divino de saber encontrar al venado. Aunque difícilmente el cazador de temprana edad lo obtendrá, puesto que para obtenerlo deberá cazar muchos venados hasta encontrarse con su suerte. Quizás por eso, el cazador siempre es muy discreto cuando consigue cazarlo. El peyote, se dice que se constituye de una piedra de color transparente o de diversos colores que el cazador debe resguardarlo en una bolsa de cuero, con discreción y perspicacia porque es su suerte. De aquí viene el dicho, cuando una persona tiene mucha suerte le refieren: parece que tienes peyote. Además, el venado está inmortalizado en la danza de estos pueblos indígenas del norte.

La culebra azul, corriente de agua

Los lugares donde existen aguajes se cree que existe una culebra muy grande que atrae el agua en cada uno de ellos, que hace en aguas y secas –como comúnmente se generaliza todas las estaciones del año– se mantenga abundante. Siempre recomiendan  respetar la vida a la madre del aguaje. Aunque también se pinta en el cielo para llevar lluvias torrenciales.

El tapacaminos, ave de mal agüero

No existe peor desgracia que encontrarte por la vereda un tapacaminos; lo mejor es no continuar tu paso, regresarte al lugar de donde se salió porque de atender la intención, se espera la enfermedad o la muerte de un familiar o ser querido. Es un ave de tempestades, nocturna por naturaleza, se revolotea en el polvo de la tierra y a paso ágil te seduce para conseguir tus pisadas. Es posible que únicamente la conozcas por pláticas.

El tecolote, encarna un mal puesto

El temor nocturno para toda persona está en que por la noche llegue a tu casa a cantar el tecolote, que explica bien el refrán que “cuando el tecolote canta, el indio muere”. Está vinculado al hechicero, al agorero que por las noches se acerca a la persona que desea anunciarle que algo malo está por pasarle en la vida, como es la enfermedad o la muerte.

El guaco, ave de la lluvia

Después de temporadas de sequías, se espera con ansias el canto de esta ave de paso, que se cree desciende de la sierra, como avanzada, para anunciar la llegada de abundantes lluvias y la estabilización de los ciclos. Únicamente se conoce por su pregón: guaco.

El Camanteopo, cuna del pascola

Siguiendo los lugares sagrados para los pascolas están las riberas del río Fuerte, precisamente uno de ellos, conocido como Camanteopo, donde se iniciaban los que de verdad querían poseer la magia de la fiesta. De acuerdo a los antecedentes de los últimos viejos de la fiesta, siempre estuvo a cargo de un solo líder (el viejo), el encargado de sacar la iguana en las fiestas en el pueblo. (Para abundar más sobre el tema se puede consultar el link: http://riodoce.mx/cultura-arte/los-camanteopos-en-la-cosmovision-yoreme).

La vida espiritual del pueblo de Baca es grande y basta, que abreva en sus tierras y aguas y espacios míticos, pueda que espere el canto del huitlacoche o salte el escurridizo venado.

El Tlacuache Citadino: Curanderos, males y remedios en mi tierra

Guadalupe Espinoza Sauceda

CURANDEROS, MALES Y REMEDIOS EN MI TIERRA

En todos los pueblos existen saberes locales o conocimiento tradicional, medicina, herbolaria, hueseros y más, que son administrados por los brujos, hechiceros, chamanes, rezadores, curanderos, sobadores, etcétera. Conocimiento milenario que adquieren del interactuar día a día con su entorno y que se guarda en la memoria colectiva, el cual es tan válido como el occidental y que en algunos casos es más efectivo, práctico y barato. Muchos de estos curanderos, hechiceros y chamanes sanan con la mente, con el poder de la psique. Conocen la piscología del ser y del estar, de los astros y la naturaleza y claro, el conocimiento de ellos es muy importante pero también depende de las ganas que tenga el paciente de aliviarse. Baca (municipio de Choix, Sinaloa) no puede ser la excepción en este tipo de prácticas dado su origen y el tiempo que tiene de existencia, puesto que es un pueblo prehispánico.

En Baca era muy común oír decir que hay males puestos, hechizados, mal de ojo, etcétera, y que había que buscar brujos, sobadores, saurinas para que nos curaran o nos quitaran el hechizo; algunas veces los lugareños, enfermos y familiares, buscando curación, se iban a otros pueblos donde había personas con este tipo de poderes especiales, visitando diferentes localidades en el valle del Fuerte o en el valle del Mayo, en el vecino estado de Sonora. En mi caso afirman mis padres que de niño me mordió un perro con rabia y como en la comunidad de Capomos, municipio del Fuerte, había quien la curaba, me llevaron y me dieron de tomar un agua o brebaje especial para su cura (la inyección que se pone ahora a la altura del ombligo tiene que ser antes del mes o de luna nueva para que no se manifieste la rabia), y bueno, aquí ando todavía.

El efecto de la luna en los individuos y la naturaleza es muy importante, mi padre tiene conocimientos sobre ella, por ejemplo, sabe cuándo cortar madera o cuándo los animales van a parir; la madera se corta en cierto tipo de luna, aunque dice que todo el tiempo se puede cortar, pero después de las 11 horas, ya que le haya bajado el agua al palo o a la planta, para que no se apolille, y así por el estilo.

Sabe también cuándo va a llover, y esa premonición no le falla nunca. Recuerdo  una vez que andábamos desyerbando ajonjolí en el mes de agosto en un cerco que tenemos muy cerca de la comunidad de Los Chinitos y a la orilla del Río Fuerte, estaba haciendo un calorón sofocado, andábamos sudando desde la cabeza a los pies, y mi papá me dijo: “Volteando el sol va a llover, así que apurémonos para irnos a la casa”. Dicho y hecho, en cuanto volteó el sol empezó a llover, y nosotros nos pusimos los hules y nos marchamos al pueblo. Todavía le digo a mi compañera cuando está haciendo mucho calor sofocado en Guadalajara, al rato o amaneciendo va a llover, y aunque yo me voy a ir, te voy a llamar para preguntarte si llovió –le digo-, y llamo para preguntar y me dice: “Sí llovió”.

Muy frecuente escuchaba también que había empachados, con la mollera caída o con la tripa ida, a todos estos males había que sobarlos e ir con las curanderas o chamanes. Recuerdo que mi nana María Valenzuela sobaba y era muy común en mi casa que mi mamá arriba del zarzo tuviera enjundia en un frasco de esos de pimienta, casi pegando con el hollín del techo de palma, porque en ese tiempo se cocinaba con pura leña y los techos y las paredes de las cocinas estaban negras por el humo. La enjundia era de gallina y mejor si era de iguana de palo. La enjundia es un tipo de grasa de la cola de las gallinas, no es una grasa cualquiera, es especial, quizá por lo caliente. Se usaba también para la tos de los plebes que casi siempre uno de mis hermanos estaba enfermo, se la untaban en el pecho y en la espalda y santo remedio.

Las curanderas o sobadoras, antes de empezar a sobar la derretían en el sartén. Veía como mi abuela ya que se derretía la enjundia metía dos dedos en el sartén y se untaba y con eso sobaba, a los que tenían la mollera caída le metía los dedos en la boca y les subía el paladar, porque lo tenían caído, esa era la mollera caída, cura que se complementaba con la jalada del pelo de arriba de la cabeza y con eso se les aliviaba la diarrea continua que tenían.

Otro mal muy recurrente era el empacho, en este caso sobaban el estómago (la panza) para bajar las tripas, porque el empacho es como una parte de la comida que se queda pegada en la boca del estómago, y como está descompuesta, echada a perder, sigue descomponiendo todo lo que cae o va pasando hacia el estómago.

Y la famosa tripa ida que es más bien originada por un susto o emoción fuerte, el intestino se contrae y se pega o adelgaza y lo soban en especial en el vientre bajo muy cerca de la ingle para normalizarlo, para que tenga fluidez. No es realmente que la tripa se hubiera ido o salido, como creíamos nosotros.

Otro remedio casero del que me acuerdo era cuando nos picaban las hormigas coloradas o los jóboris (especie de hormiga menos común, del mismo tamaño, pero muy brava, tienen la colita guinda o negra y la cabeza roja) y que en mi tierra hay muchas por lo arenoso y propicio del lugar. Es muy común que en los solares hubiera hormigueros y las hormigas llegaran hasta el patio de la casa donde andábamos jugando de niño y que nos picaran, el dolor era intenso y nos poníamos a llorar. Nuestros padres recuerdo que inmediatamente corrían a cortar un manojo de hojas de un matorro llamado matanene o pajosos de burro y los pusieran a calentar en el comal de la hornilla. Por lo regular las picadas eran en los pies o en los dedos. Buscaban una bolsa de naylo y metían las hojas y pajosos y un poco de vick vaporud y ahí metíamos el pie y amarraban la bolsa, en lo caliente, -decían- que para que sudara, se abrieran los poros y se saliera el veneno.

El jóbori era más difícil porque este se subía y recorría la pierna y donde lo aplastáramos con la tela del pantalón ahí nos picaba. También nuestros padres nos recomendaban que nos amarráramos un trapo o mecate arriba de donde nos había picado para que no se nos subiera el dolor y funcionaba, el dolor ya no subía.

Estos son ejemplos donde la sabiduría y filosofía del pueblo se hacen presentes y perviven aún en nuestros días y aunque muchos renuncien a su uso y digan que es tradicionalista y antimoderna, sigue viva, atesorada por sus guardianes en los pueblos.

El Tlacuache Citadino: LAS GUERRAS DEL PUEBLO YOREME Y SU LÍDER FELIPE BACHOMO

Guadalupe Espinoza Sauceda

Las prácticas y rituales religiosos manifiestan el pensamiento y vitalidad de los pueblos yoremes. Están presentes en sus calendarios religiosos pero también en los hechos de guerra y defensa de sus pueblos desafiados desde siempre por los turbulentos derroteros del país. El hecho de poseer tierras fértiles, abundante agua y un privilegiado acceso al mar, los convirtió en enemigos de los norteamericanos Albert Kimsey Owen y Benjamin Francis Johnston y a un grupúsculo de yoris terratenientes venidos de menos a más, aliados del régimen porfirista.

La historia de despojo de sus tierras y trabajo forzado es larga en el Valle del Fuerte. Su conquista hasta nuestros días parece no terminar, sin embargo, sus líderes durante la guerra revolucionaria desaparecieron tras la consumación de la pena capital del General Felipe Bachomo, en Los Mochis, el 24 octubre de 1916, donde fue fusilado.

Con el villismo los yoremes construyeron una alianza estratégica, pues los convencionistas habían perdido el centro y sur del país, y para reponerse buscaban o tomar Sonora, la cuna de los Generales que habrían de encumbrarse en el poder. En esa situación, punto importante para el villismo era tomar el estado de Sinaloa bajo la dirección del general Juan Banderas, originario del pueblo de Tepuche, de los primeros maderistas en el estado, después zapatista y villista, y su segundo de a bordo del general Orestes Pereyra. El general Pancho Villa pretendía tomar Sonora y Sinaloa para desde ahí relanzar una guerra de movimientos contra los constitucionalistas, él mismo encabezaba las tropas a Sonora. Otro contingente menos numeroso lo puso bajo el mando del general Juan Banderas, que bajaron por la sierra de Chihuahua a Sinaloa, tomando la ruta de la capital, pasando por Creel, San Juanito, Cuiteco, Urique y al mineral Lluvia de Oro, un camino bastante accidentado pues implicó atravesar la Sierra Madre Occidental.

El control de los dos estados significaba para el villismo hacerse de una buena base de aprovisionamientos, así como abastecimiento de armas y parque con los Estados Unidos y sobre todo dar señales de fortaleza militar. No obstante, al final, tomar ambas entidades y reunirse con el maytorenismo les fue imposible. A partir de este momento las fuerzas de Villa dejaron de ser un ejército regular para convertirse en una guerra de guerrillas.

Los años de guerra mantenían a hombres, mujeres, niños y niñas yoremes en el monte cerca de sus pueblos. Una espera aletargada por la posesión de sus tierras. Ellos no querían pelear fuera de su territorio. A Felipe Bachomo hubo dos cuestiones que lo convirtieron en el líder más capaz para dirigir a los pueblos yoreme-mayo en la batalla: su trayectoria militar dentro y fuera de su territorio, además de caracterizarse por su entereza moral y religiosa en las festividades de su pueblo.

El reconocimiento como líder de guerra “missiyowue” (gato mayor), Felipe Bachomo lo recibió una noche a finales de 1913 en el pueblo de Camayeca por el Consejo de Mandones de los pueblos yoremes, en un ambiente lleno de rituales y ceremonias religiosas. A partir de este acto los pueblos estaban en guerra y Bachomo se convertía en el líder indiscutible de los pueblos yoremes ahí presentes. 

La correlación de fuerzas sin agresiones entre yoris y yoremes se mantuvo a pesar de que ambos bandos estaban preparados para la guerra. Los yoris viraron al constitucionalismo viendo posibilidades de salvación a sus intereses económicos y políticos. Los yoremes se sumaron al villismo buscando obtener la devolución de sus tierras.

El villismo rompió con ese estado de orden, con la pax revolucionaria. Las fuerzas villistas al mando de los generales Juan Banderas y Orestes Pereyra a su llegada por el municipio de Choix convirtieron el Valle del Fuerte en una zona franca de guerra que hasta ese momento parecía una guerra pactada, donde Benjamin Francis Johnston y demás terratenientes obtenían ganancias jamás antes logradas, a la vez que incorporaban al capitalismo pleno esa fértil región del norte de Sinaloa.

La guerra se extendió como un relámpago, breve y terminal por el norte de Sinaloa. A fines del año de 1915 los villistas fueron derrotados por las armas enemigas, cayendo el general Orestes Pereyra en El Ranchito. Las fuerzas del constitucionalismo se enfocaron a controlar el territorio de los yoremes mayos. Fue así como todo parecía indicar que Felipe Bachomo trataría de evitar el suicidio de sus pueblos en la guerra, retirándose a Sonora para desde allá reorganizarse y proseguirla.

Lo que siguió fue la peregrinación de Felipe Bachomo que, el 5 de diciembre de 1915, en el pueblo de Movas, Sonora, junto con el general Juan Banderas, se entregó a las fuerzas constitucionalistas a las órdenes del Coronel Guadalupe Cruz, que a su vez respondía ante el General Madrigal. Cuando Felipe Bachomo se entregó llevaba bajo su mando doscientos camayecas, su guardia personal; su tropa las constituían más de cinco mil yoremes y algunos yoris que los había licenciado en La Viuda, municipio de Choix en su repliegue hacia las partes altas del macizo montañoso buscando llegar a Guaymas para encontrarse con el grueso de la columna villista que se batía en la última batalla en Agua Prieta y Naco.

En su retirada de Jahuara a La Viuda el General Juan Banderas le extendió a Felipe Bachomo el nombramiento de general de indios, con lo cual reconoció su importancia militar, ya que hasta entonces, entre los yoris tenía el grado de Capitán Primero. Con el nombramiento el general Juan Banderas le daba el poder suficiente y aumentaba su capacidad de maniobra para superar la difícil situación militar en que se encontraban.

Su entrega a las fuerzas constitucionalistas fue una especie de rendición pactada porque de inmediato recibieron el indulto por parte del General Enrique Estrada. Los llevaron primero a Guaymas y de ahí a Mazatlán, después los transportaron por barco a Manzanillo y posteriormente en tren fueron a Guadalajara. Al general Felipe Bachomo no le hicieron válidas las garantías de respeto a su vida que acordó con los carrancistas, en esto tuvo que ver mucho la presión internacional que ejerció el consulado estadunidense en Mazatlán por la muerte de José Tays, radicado en San Blas pero que tenía la nacionalidad americana.

De Guadalajara el general Felipe Bachomo fue llevado a Mazatlán donde se le formó un Consejo de Guerra, para finalmente trasladarlo a Culiacán, donde la sentencia de muerte ya estaba dictada de antemano por los delitos de rebelión y robo, pidiendo los terratenientes del norte de Sinaloa que fuera fusilado en Los Mochis, como escarmiento para los demás yoremes, pues para ellos no se trataba de matar a Felipe Bachomo sino lo que representaba, la reivindicación yoreme de los derechos históricos sobre la tierra que éstos tenían y a los que nunca han renunciado desde la llegada de los españoles a su territorio. En Sinaloa el jefe de armas era el general Ángel Flores, militar que nunca se caracterizó por ser agrarista o estar con las causas más sentidas del pueblo. Puede decirse incluso que Flores fue un enemigo de los campesinos e indígenas, quien tenía órdenes del general Álvaro Obregón, Secretario de Guerra y Marina; además otro general sinaloense en la ciudad de México, Benjamín Hill, asumió como suya la causa contra Felipe Bachomo, pese a ser de la misma región, pero Hill era de la clase de los terratenientes.

El gobierno revolucionario le perdonó la vida al general Juan Banderas pero no al general Felipe Bachomo. Su vida militar de 1907 a 1915, primero con los maderistas y después contra el gobierno de Victoriano Huerta no le valió ante quienes juzgaron como en la época de la colonia a otros líderes indígenas. Dejando claro la exclusión de los pueblos indígenas en la nueva configuración del orden económico y político del México revolucionario. En el libro El otro México, Ricardo Raphael, viene a remachar el clavo aduciendo por la forma en que se dieron los hechos que al general Felipe Bachomo lo fusilaron por yoreme y porque su facción perdió la guerra. En su visión política y alianza estratégica durante la revolución no se equivocó, más bien fue la correlación de fuerzas tanto en el país como la injerencia norteamericana la que decidió su suerte.

La detención del general Felipe Bachomo regresó a los yoremes a sus pueblos sin entregar las armas. La guerra no terminaba. Mientras los generales constitucionalistas buscaban cómo juzgarlo, se reunieron hombres y mujeres en el mismo lugar en el que años antes habían nombrado al líder de guerra, ahora para discutir los derroteros de sus pueblos en la guerra y la ausencia del missiyowue. La discusión fue compartida de esperar su regreso o nombrar a un nuevo líder militar, otro missiyowue. Pero se negaron a un nuevo nombramiento.

La muerte del general Felipe Bachomo, estuvo acompañada por la persecución que alcanzó aristas inusitadas como el destierro de muchos yoremes, el cambio de apellidos y el ocultamiento de la verdadera tumba de su líder que revelan después de cien años que se encuentra en Buyakussi, lugar donde nació.

Los agravios no terminan. El despojo de tierras continúa en los pueblos yoremes a través de los nuevos proyectos de desarrollo y de expansión del capital. Curiosamente el más reciente fue un gasoducto que se inserta en su territorio en forma paralela a las vías ferroviarias (que conectan a Sinaloa con Chihuahua) hasta llegar a Topolobampo, dando vitalidad al proyecto trazado por los primeros norteamericanos avecindados en estas tierras, que se viene a sumar a la venta de tierras en unos casos, pero también al rentismo en otros.

Ruralidades: ¿Qué podemos aprender de aquellos paradigmas de vida que se catalogan como “incultos”, “bárbaros” o “retrasados”?

¿Qué podemos aprender de aquellos paradigmas de vida que se catalogan

como “incultos”, “bárbaros” o “retrasados”?

Parte 2

Por Miguel Carrillo Salgado

Como ya mencionamos en la entrega anterior, quienes son catalogados como “incultos”, “bárbaros” o “retrasados” han tenido la capacidad de sostener la biodiversidad que ofrece servicios ambientales y que son fundamentales para la vida a nivel global; no obstante, también tienen otra capacidad, y es la de alimentarse a sí mismos y a terceros a través de la producción agrícola y pecuaria en su histórica asociación ecológica con los territorios.

Según fuentes oficiales, las persistencias campesinas indígenas en México “generan 54 por ciento de la producción de alimentos en México, así como el 80 por ciento del empleo contratado y pagado se genera en éstas” (SADER, 2020). Un sector social que generalmente tiene una composición de baja intensidad y de escala productiva, pues quienes lo hacen posible no son necesariamente grandes farmers, sino pequeños productores con hasta 0.2 hectáreas de riego y hasta 5 hectáreas de temporal (SADER, 2020); además de que la tecnología y técnicas son tradicionales y de bajo impacto en el medio ecológico, dado a que generalmente no requiere de combustibles fósiles.

El Censo Agrícola y Ganadero realizado en 2007 registra a 5.5 millones de unidades de producciónagropecuaria a nivel nacional, de las cuales 86.7% se caracterizan por ser de pequeña y mediana propiedad y su producción se destina al autoconsumo y al mercado con bajos niveles de ingresos (INEGI, 2007). Luego entonces, estamos hablando de campesinos indígenas en su mayoría -a pesar de que la palabra sea incómoda a la política pública neoliberal-.

Campesinos, dado a la relación del trabajo con el campo (RAE, 2020), pero también por su racionalidad que implica generar alimentación, empleo rural y servicios ambientales en base al trabajo familiar, donde la familia se despliega como unidad de producción y de consumo. Generalmente “no contrata fuerza de trabajo exterior, que tiene una cierta extensión de tierra disponible, sus propios medios de producción y que a veces se ve obligada a emplear parte de su fuerza de trabajo en oficios rurales no agrícolas”(Chayanov, 1974:44).

La producción económica campesina está diversificada, y no es necesariamente especializada, ya que dinamiza actividades como pequeña ganadería, agricultura, forestería, pesca, caza y la recolección de plantas, insectos, hongos, entre otros, ya sea para el autoconsumo o para comercializarlas; así también, cuenta con un carácter pluriactivo, en el sentido de que los miembros de las unidades familiares también desarrollan trabajos no necesariamente agrícolas, sino fuera del campo, ya sean asalariados o informales que sirven para el complemento del gasto.

En términos generales, la lógica campesina indígena implica producción, consumo y comercialización para la reinversión en insumos productivos que requieren sus diversos sistemas agropecuarios, así como para el complemento en los gastos domésticos y comunitarios -sean materiales y simbólicos-, el pago de jornales, entre otros.

Dentro de la diversidad de actividades que componen la lógica campesina, en el terreno agrícola cabe destacar que los principales cultivos en los que trabaja son provenientes de la milpa (del náhuatl milpan de milli “parcela sembrada” y pan “encima de”), sistema de producción tradicional que tiene al maíz como epicentro y que funge como la base de la alimentación en México -y mesoamérica-, secundado por el frijol y la calabaza.

La milpa es un sistema agrícola tradicional conformado como policultivo y constituye espacios donde se dinamizan recursos genéticos – alrededor de 60 razas de maíz con distintas características, cinco especies de frijol, cuatro especies de calabaza, entre otras-, en tanto monocultivo de maíz, de maíz con múltiples producciones inducidas y arvenses comestibles -frijol, chile, calabaza, quelites- y de maíz con árboles maderables y/o frutales. En general de una agrobiodiversidad (CONABIO, 2016).

La milpa puede incluir a los grandes maizales y otras siembras especializadas, no obstante, ello tendría que desarrollarse, siempre y cuando, éstos se articulen en un conjunto agrícola diverso, holista y sostenible, donde los modos de cultivo se adecuen a las condiciones agroecológicas y respondan a las necesidades sociales” (Bartra, A., 2010).

La gran diversidad de razas o variantes nativas de las especies cultivadas que habitan en las milpas dependen de las persistencias campesinas, quienes siguen manteniendo procesos productivos año con año; no obstante, hoy en día, a casi cuarenta años de la instauración del modelo de desarrollo neoliberal en México, se ha conformado una tendencia dominante de desestructuración de los sistemas de producción que históricamente han sustentado de una base material y económica al campesinado, pues la simbiosis entre tierra, tecnología, insumos de producción y fuerza de trabajo familiar está dejando de generar producción, fondos para el consumo, de reposición y de medios de producción.

Fuentes consultadas

Bartra, A., 2010. Siembras barrocas, pensamientos salvajes en La Jornada del Campo número 34, julio del 2010 en https://www.jornada.com.mx/2010/07/17/delcampo.html 

Chayanov, Alexander. 1974. La organización de la unidad económica campesina. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires. Presentación y capítulos I-III, pp. 1-131.

CONABIO. (2016). La milpa. https://www.biodiversidad.gob.mx/diversidad/sistemas-productivos/milpa Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, Cd. de México. México.  Contenido: Mahelet Lozada Aranda y Alejandro Ponce Mendoza (Consultado 15/05/2021)

INEGI, V. (2007). Censo agrícola, ganadero y forestal 2007. Instituto Nacional de Estadística

Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural. (2020)  https://www.gob.mx/agricultura/articulos/productores-de-pequena-escala-son-los-que-nos-dan-de-comer?idiom=es (Consultado 15/05/2021)

El Tlacuache Citadino: La magia del Pascola Toribio

*Luis Espinoza Sauceda

La magia del Pascola Toribio

A mediados del siglo XX, Toribio Valenzuela se encontraba en alguna fiesta de Baca cumpliendo lo que posiblemente algún día había soñado. Las tumultuosas concurrencias lo presenciaron. Consiguió proyectar el pasado de los pascolas y la grandeza de sus fiestas sin lugar para la negación. Mucho menos pensaba en bailar para el final.


No podríamos dimensionar el ramadón porque en esos años estaba situado sobre la calle principal, a un costado de la casa de doña Flora Flores, a unos pasos del actual. Se infiere que en la fiesta que bailó Toribio, esa fue la última para él y ese ramadón, porque lo cambiaron de lugar.
Niños, ancianos y toda la familia estaba en la concurrencia. En pleno mediodía Toribio se plantó a bailar sin esperar siquiera que llegara la noche como comúnmente lo hacía. A una mujer que estaba organizando la manutención de comida de la fiesta le pidió una olla de barro con agua. Todos se quedaron a la expectativa, esperando qué hacer con la olla. Empezó a hacer un cañagual con un trapo rojo y se lo puso en el hombro para después descansar la olla llenita de agua y los músicos empezaron a cantar y Toribio a danzar con la olla al hombro, sin necesidad de apoyarse con las manos, sin tirar una gota de agua se pasea bailando por el ramadón, como quien lanza un reto para ver si alguien le iguala la gracia.


Al mucho rato, cuando todos dieron por asimilado el hecho, entró de nuevo a bailar pero esta vez no pidió una olla, simplemente con una máscara, posiblemente de coyote. Era una elegancia la elocuencia de los tenábaris sonando, símil al encanto seductor de una víbora moviendo el cascabel. Con su atuendo blanco, sin movimiento del cuerpo solamente de sus piernas, hasta el momento en que se quedaron todos, incluso los músicos, como quien está viendo bailar porque suenan los tenábaris pero físicamente no hay pascola como tal; cuando todos se percatan, lo buscan para ver dónde está porque los tenábaris siguen sonando con la misma cadencia; advierten que está en el mero fondo de la botella de aguardiente de uno de los músicos, éste intenta verlo pero en ese instante-trance Toribio aparece como si nada hubiera sucedido.


“Así lo vimos como monito bailando en el fondo de la botella”, aseguran.
Ser pascola fue el sueño de Toribio. Todos se preguntarán por qué era tan buen pascola o, simplemente, inigualable. Lo que hacía un pascola con esfuerzo y mérito de sobra conocidos, nunca lograban hacer esas gracias que hacía Toribio, por eso aseguraban a manera de explicación racional que había aprendido a bailar en un camanteopo.


También fue músico. En alguna ocasión estaba cantando y entró a bailar un aficionado que nunca aprendió a bailar bien, enseguida detuvo la música de su violín. Los que lo trataban, aseguran que decía que él no tocaba para que bailaran pendejos.


Vivió alejado de todo como un anacoreta, únicamente se le veía en las fiestas. Tenía una casa, en aquellos años se les conocía como chinames o casas de terrado —porque estaban compuestas de barro y vara— en la entrada de la comunidad que ahora se le conoce como Los Chinitos. En aquellos años era la única que existía, estaba situada en la copa de una lomita a unos pasos del río Fuerte por su margen izquierda.


Pero si era un sueño de Toribio, la realidad lo sitúa como un sueño de todos, porque lo vivieron. La forma en que se dieron las cosas, incluso, en un principio, lo fue la misma fiesta. Él fue pascola mayor (algo así como el equivalente a Cobanaro o Gobernador Tradicional del pueblo de Baca, que en ese tiempo no existían), él entregaba la fiesta el día de San Miguel Arcángel.

El Tlacuache Citadino: Los Sinaloas. Indios Pitahayeros

Guadalupe Espinoza Sauceda

LOS SINALOAS. INDIOS PITAHAYEROS

El pájaro pitahayero ha parado de cantar, ahora los gallos empiezan, hasta que amanezca. Irremediablemente las horas de descanso se acabaron, es tiempo de levantarnos de los catres o tarimas para irnos a juntar pitahayas. El carrizo, un balde y un cuchillo, eso es lo elemental para apear o bajar pitahayas. Hay que madrugar porque si no los pájaros se las acaban antes de que terminen de cantar los gallos.

Para eso salimos todavía oscuro y así llegar amaneciendo para las lomas del Agostadero, pero sentimos temor de pasar por la Piedra del Gallo (una piedra grande, gigante en forma de bola) y luego mi papá dice que ahí canta un gallo en la noche, pero que en realidad es el diablo, por eso se le llama la Piedra del Gallo (está ubicada en el Agostadero, casi lindando con las tierras de Cosme Espinoza). Algunos jalaron para El Palmarito, para las lomas donde tiene sus tierras mi tío Cuco Pacheco. Habrá quienes decidan caminar más lejos por el rumbo de Loreto, otros se desviarán para las lomas de Techobampo y posiblemente llegaran hasta El Tanqui. Los que solo buscan juntar unas dos o tres docenas no se preocupan por ir muy lejos, se van a las matas de las orillas del pueblo, en los callejones, ahí en El Bazate (ahora creo que ya se acabaron esas plantas de pitahayas que había ahí). Así, todos nos dispersamos buscando llenar el balde o lo que llevamos para juntar, en fin, la familia es grande o hay quienes juntan para vender.

El tiempo de pitahayas, contrasta con la temporada más difícil para los moradores de esas tierras, pues, son los días más secos y calurosos, pero es cuando la fruta más preciada de la región se entrega, me refiero a los meses de mayo y junio y escasamente duran hasta principios de julio, pero con las primeras llovidas de las aguas, las pitahayas se revientan o se terminan echando a perder.

Para que la temporada resultara mejor o más bien estábamos desesperados nomas de ver como crecían las pitayahas, grandes y jugosas, como si quisiéramos acelerar el tiempo desde los últimos días de abril y principios de mayo ya andábamos buscando carrizos, para eso mi papá nos llevaba al Rancho, muy cerca de Loretillo con los parientes Navarro (de la familia de Blas Navarro, y sus hijos Pedro, Blasito y el Che), ahí había carrizales y cortábamos unos cuatro o cinco, de los mejores, llegando a Baca los pasábamos por la lumbre para que se cotagüiaran, se les cayera la hoja y poderlos moldear, enseguida les poníamos piedras, para que cuando se secaran quedaran derechos. También había que buscar horquetas de papachis y una güichuta o güica de un árbol llamado algodoncillo, pelarlas, afilarlas y amarrarlas con ixtle o hule, de tal manera que la pitahaya al ensartarla quedara detenida y no se nos cayera.

Había pitahayas de pulpa de colores, rojas, amarillas, anaranjadas, algunas tirando a lila y morado y las más preciadas por dulces pero escasas, las pitahayas blancas. También había las pitahayas de espina blanca –digamos la común y corriente y no precisamente por corriente si no en términos de normalidad- y la de espina gruesa, correosa café o guinda, esa era la marismeña, quizá en alusión que era del valle del Fuerte, o donde más abundaba. La pitahaya de espina blanca era más propia de las tierras arenosas o blancas. A mí, me gustaba más la marismeña, debajo de mi casa, como cerco, o vestigios de lo que fue una cerca había matas de pitahayas, de espinas blancas y marismeñas, que por cierto daba unas pitahayotas, bien buenas y sabrosas ¡chulada de pitahayas!

Los lugares donde más pitahayas había era en las partes que fueron cercos, denominados de palo y echo (por el cactus). En los lugares áridos o semiáridos como es nuestra región, cuando los campesinos hacían cercas a falta de alambre de púas lo hacían con echos o etchos y pitahayas, con el árbol de torote y la peonía o chilicote combinados, por lo fácil para prender y resistentes a la falta de agua, y cuando ya prendían al año o dos ya daban pitahayas y algunas se convertían en grandes matas. Esto era en los lugares donde no había piedras porque otros hacían cercas de piedras, como en las mesas, donde abundaban las rocas volcánicas.

Por algo dice la historia oficial que nuestro estado de Sinaloa, es la tierra de las pitahayas, o de las cinas y que de esta región fue tomado el nombre de la entidad, al respecto la historia dice: “La nación de los Sinaloas –expone el padre Andrés Pérez de Rivas- tiene ese propio nombre y de ella lo tomó toda la provincia, por haber tenido en sus principios mucho comercio y por haberse fundado no lejos de la primera villa de Carapoa, que se destruyó”, y “tiene su asiento y poblaciones en el mismo río de Tehueco y Zuaque, en lo más alto de él y más cercanas a las serranías de Topia”, citado del libro Historia Integral de la Región del Río Fuerte de Filiberto L. Quintero. No hay que olvidar que el río Tehueco o Zuaque es uno de los distintos nombres que ha tenido el río Fuerte y que la serranía de Topia, que menciona Ribas, era el nombre que, en aquellos tiempos, los españoles daban al tramo de la Sierra Madre Occidental, abarcado por las provincias de Culiacán y Sinaloa, y en el caso concreto de nuestro terruño esa sierra la conocemos como la sierra del Rosario.

El abogado e historiador mocoritense Eustaquio Buelna, en el mismo sentido refiere que el escudo de Sinaloa está hecho en forma de una pitahaya, ovalado y que incluso tiene en los bordes, el símil de donde nacen sus espinas, tal como se ilustra en el escudo del Estado.

Del Fuerte rumbo a la sierra de Chihuahua abundan las pitahayas, y del Fuerte en dirección a la costa o el valle también hay pero de las marismeñas que es una planta más chaparra, que necesita de tierra más dura y compacta. Y si a esto le agregamos un poco más de historia lógica de El Fuerte para arriba a la altura de las comunidades del Mahone o de San Pedro era donde estaban al inicio de la llegada de los españoles la nación de los sinaloas (con sus cuatro pueblos Cinaloa o Sinaloíta, Toro, Baca y Baymena); era la nación de la pitahaya o de los indios pitahayeros, y en todo caso los pitahayeros de espina blanca, no marismeña, que también hay, pero en menor proporción.

Todavía es común ver en tiempo de pitahayas, por el rumbo de las comunidades de San José, Bajósori y Santa Ana (municipio de Choix) vendedores de este fruto silvestre a la orilla de la carretera Choix-El Fuerte, que compran la gente de nuestra tierra que van de paso o visitan donde está su ombligo enterrado, incluso por docenas y en algunos casos hasta el balde entero para llevárselas a sus familiares en las ciudades de El Fuerte, Los Mochis, Juan José Ríos, Guasave, Navojoa u Obregón, entre otras.

¡Ah pero cuando el año es llovedor no se da mucho la pitahaya! La pitahaya es de poca agua, como la sandía, que cuando llueve mucho pura rama y flores da, crece muy bonita pero no produce sandías. A lo mejor así son también los habitantes de esta región, los sinaloas o los indios de la pitahaya. A las nueve de la mañana, regresaba al pueblo de Baca con el balde lleno y copeteado de pitahayas para el deleite y disfrute de nuestras familias e incluso de los vecinos. Y digo que es un deleite porque la pitahaya es un manjar. Mi mamá (aguazarqueña) decía y dice que ella se puede comer un balde de pitahayas

El Tlacuache Citadino: Emiliano C. García Estrella: un fuertense en el Congreso Constituyente de 1916-1917

*Norberto Soto Sánchez

La Constitución Política de 1917 es producto de la lucha popular revolucionaria emprendida contra la dictadura de Porfirio Díaz desde 1910, es decir, es la síntesis de muchos anhelos populares que se encontraban latentes y que obedecen a necesidades apremiantes de los pueblos que conforman la nación mexicana. La Carta Magna traza límites entre los poderes de la Federación y define la relación entre éstos y los tres órdenes de gobierno. Es la base sobre la cual queda establecida la organización de las instituciones, el gobierno y el ejercicio del poder. A nivel del Constitucionalismo Universal, es un documento sumamente importante, pues en ella quedaron plasmadas fuertes reivindicaciones sociales y políticas como las garantías individuales (art. 1º), la garantía a la educación laica y gratuita (art. 3º), la libertad de prensa, asociación, de opinión y de ocuparse en la actividad que el ciudadano elija, siempre y cuando ésta no altere el orden público (art. 6º), la libertad religiosa y la relación Estado-Iglesia (art. 24), la reforma y el reparto agrario (art. 27), la forma de gobierno federalista (arts. 39 & 41), así como los derechos laborales (art. 123). Por ello, podemos decir que fue una Constitución de vanguardia para la época.

En este proceso hubo un revolucionario del norte de Sinaloa que tuvo la oportunidad de participar en el Congreso Constituyente de 1916-1917 representando al Distrito 5º Federal, correspondiente a El Fuerte: Emiliano Celso García Estrella. Emiliano nace un 6 de abril de 1876 en el hoy pueblo mágico de El Fuerte, Sinaloa, localidad en la cual realizó los estudios de primaria y secundaria, para, posteriormente, continuar adquiriendo saberes en la preparatoria del Colegio Civil Rosales (antecedente histórico/institucional de la actual Universidad Autónoma de Sinaloa). Tuvo formación como médico en los colegios León XXIII y el Liceo de los Varones de la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Sin embargo, por razones que se observan poco claras en algunas reseñas biográficas escritas en torno a él, deja trunca su formación profesional en 1896, a los 20 años, regresando a su tierra natal para incursionar en actividades agrícolas, en la poesía y, sobre todo, en el periodismo liberal militante.

Es así que, según relatan Gilberto López Alanís & Saúl Alarcón en su obra titulada “Sinaloa en el Congreso Constituyente 1916-1917”, para 1906 Emiliano García ya contaba con una trayectoria de cerca de 10 años como enemigo declarado del régimen porfirista y como un férreo defensor de quienes habían caído presos a razón de la crítica que realizaban contra la dictadura. Por ello, aún con los riesgos que implica el haber operado en la semi clandestinidad que requería la causa, llega a ser un difusor del periódico “Regeneración” (cuyo primer número se publicó en México el 7 de agosto de 1900) en el distrito de El Fuerte. No hay que olvidar que esta publicación era el órgano de propaganda donde se transmitían las enérgicas e incendiarias ideas de liberación que en sus páginas eran escritas por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano (PLM), dirigida por los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, y publicada en 1906 desde las oficinas que en ese tiempo ocupaba el PLM en el domicilio 107 North Channing, de la ciudad de Saint Louis en el Estado de Missouri, en “el otro lado”, al norte de la frontera de nuestro país.

Sin embargo, su activismo no se limitó solo a repartir estos importantes documentos entre los simpatizantes de la causa ya que, coordinando esfuerzos con José García de León y Mariano Bermúdez (director y colaborador, respectivamente, de los semanarios maderistas El Paladín, publicado en Mochicahui y El nuevo Paladín, publicado en El Fuerte), redactó y distribuyó diversos artículos de oposición al porfiriato; la represión del régimen de Díaz en el Estado no se hace esperar y pronto son objeto de una persecución feroz y múltiples atentados. En este tiempo inicia la formación de Emiliano García como un militante del PLM que se está fogueando en la confrontación y la violencia política de la época, su brío es puesto a prueba, pero su convicción y sus anhelos de justicia social y democracia resultan avantes: la voluntad revolucionaria prevalece y, no solo eso; se fortalece.

Tras el fallecimiento de Francisco Cañedo (5 de junio de 1909), general porfirista y gobernador de Sinaloa durante casi 33 años hasta ese momento, se abre un nuevo proceso electoral para la gobernatura del Estado. En este contexto, Emiliano García se suma, a lado del coronel y periodista liberal José María Rentería -quien además era veterano de la guerra contra la intervención francesa-, a la campaña para gobernador del licenciado José Ferrel, quien se enfrentaba al candidato oficial de la dictadura, Diego Redo. De esta etapa surgen el Club Político Ferrelista y el Club Democrático Sinaloense, participando Emiliano en ambos y, además, colaborando con una nueva experiencia de periodismo crítico en el Estado: el periódico El Reporter.

Hay un episodio curioso que menciona el Dr. Saúl Alarcón en su trabajo de investigación titulado “Juan M. Banderas en la Revolución”, en el que se retrata la actitud paternalista y déspota del general Díaz, así como el clima represivo que impuso en el país y el temor que infundía en algunos actores de la vida política incluso de las provincias. En este pasaje con tintes anecdóticos, se relata que José Ferrel, antes de iniciar la campaña, tiene la ingenuidad de solicitar una audiencia al general Porfirio Díaz, el cual le da respuesta favorable, citándolo en la Ciudad de México para tener una conversación en la que el dictador le aseguraría con “sinceridad” que “tendría toda la libertad electoral y que él, como Presidente, vería con alegría la madurez del pueblo en la lucha electoral” … Al regreso del licenciado José Ferrel a Sinaloa, Díaz ordena inmediatamente al aparato gubernamental que le pusieran todos los obstáculos posibles y que se desplegaran dispositivos de vigilancia alrededor de los cuadros más notables de la causa antirreeleccionista en el Estado, entre ellos García… La dictadura no estaba dispuesta a ceder en el ejercicio del poder.

A pesar de esto la campaña electoral ferrelista, en la cual participa Emiliano García, adquiere las cualidades de una verdadera movilización popular donde empezaban a configurarse los pilares de lo que pronto sería la revolución maderista en Sinaloa. Las elecciones se llevaron a cabo el 8 y el 25 de agosto de 1909. La población tiene la certeza de la victoria de Ferrel, pero poco importa la percepción y el descontento de los sinaloenses; el Congreso del Estado declara al porfirista Diego Redo gobernador electo con 35,985 votos a su favor contra 15,790 de José Ferrel (según datos proporcionados por Alarcón en la investigación referida). Para el pueblo de Sinaloa esto significó la imposición descarada de Redo, a pesar del triunfo abrumador de Ferrel. Al llegar a la gobernatura lo que hace Redo es dar continuidad a las políticas y al clima antidemocrático y represivo que caracterizó a la administración del general Cañedo, pero ello, aunado al fraude electoral, lo que terminará ocasionando es generar una ola de simpatizantes de la causa antirreeleccionista en la entidad.

En este clima político ya hiperpolarizado es que Emiliano García continúa su labor como propagador de ideas mediante la prensa a través del periódico El Alfiler; en esas andanzas lo toma el llamado a las armas de Madero en noviembre de 1910. Conforme se desarrollan los acontecimientos de esta primera etapa de la Revolución García, junto a otros compañeros del hoy pueblo mágico, se radicaliza y, para los primeros meses de 1911, deciden dar un paso más allá de la labor periodística para integrarse a la lucha armada, organizando el grupo guerrillero Leales del Fuerte, del cual él fue comandante. Ellos recibirán su bautizo de fuego en la toma de Navojoa el 17 de mayo de 1911, bajo las órdenes del coronel Benjamín Hill. Logrado el derrocamiento del dictador Porfirio Díaz tras los acuerdos del 21 de mayo de 1911 en Ciudad Juárez, Emiliano García vive un periodo de cierta calma. A finales de ese año funge como Agente del Ministerio Público en Mazatlán y, para 1912, ocupa brevemente el cargo de Presidente de El Fuerte, pues para inicios de 1913 se registra que él ya se está desempeñando como recaudador de rentas en ese Distrito. En ese cargo estaba cuando ocurre la decena (o quincena) trágica que culmina con los asesinatos de Gustavo A. Madero y Adolfo Bassó Bertoliat (el 19 de febrero) por órdenes del general Manuel Mondragón, así como del Presidente Francisco I. Madero y del Vicepresidente Pino Suárez (22 de febrero) por órdenes del general Victoriano Huerta. Es así que, posterior al golpe de estado, Emiliano García vuelve a las armas y se adhiere a la causa del Plan de Guadalupe redactado por el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza. Después de algunos breves hechos bélicos en el Distrito, el comandante García es aprehendido por las tropas huertistas, ordenándose terminantemente su fusilamiento.

No obstante, sus compañeros de la guerrilla Leales del Fuerte se movilizan rápidamente logrando el secuestro político de algunos familiares del Prefecto de Distrito Dionisio Torres, los cuales fueron intercambiados para lograr su liberación. Una vez fuera de prisión no duda en continuar la lucha armada contra los golpistas, y se une a las fuerzas revolucionarias que estaban operando más al norte del país, participando en importantes combates acaecidos en los poblados de Agua Prieta y Naco, Sonora. Luego de estas experiencias de armas García regresa al norte de Sinaloa, teniendo la oportunidad de participar en el recibimiento de Venustiano Carranza en Chinobampo, El Fuerte, Sinaloa el 12 de septiembre de 1913, quien había cruzado la Sierra Madre Occidental partiendo de Parral, Chihuahua con una escolta de alrededor de 150 hombres y su Estado Mayor, dirigido por el coronel Jacinto B. Treviño.

Para 1916 llega a ser presidente municipal de El Rosario (Sinaloa), pero a finales de ese mismo año resulta electo al Congreso Constituyente de 1917 como diputado propietario representando al Distrito 5º, al cual pertenecía El Fuerte. Le toca presenciar los debates que darán forma a la Carta Magna de nuestro país, en los cuales, por ejemplo, se llevaron a cabo intensas discusiones en torno al artículo 3º de la Constitución de 1917, mismos que iniciaron en diciembre de 1916, y en donde, según nos indica Armando Soto en su texto titulado “El artículo 3o. constitucional: un debate por el control de las conciencias”, se vislumbraron dos corrientes: la primera, siguiendo la tradición juarista-liberal (llamados “liberales moderados”), y de la cual era partidario Venustiano Carranza, curiosamente no tenía problema en retomar la esencia del artículo 3º de la Constitución de 1857, en el que no se especificaba el carácter laico que debería tener la educación pública. La segunda corriente, llamada positivista (también progresista y/o jacobina/radical en algunas otras investigaciones), estaba encabezada por los generales Álvaro Obregón y Francisco J. Múgica, y planteaba que la educación debía ser laica y gratuita. Emiliano C. García, el congresista constituyente fuertense, se adhiere a esta última tendencia, y el 16 de diciembre de 1916 vota a favor de la aprobación del artículo 3º constitucional incluido en la Constitución promulgada y firmada el 5 de febrero de 1917.

*Psicólogo y Maestro en educación.