El Tlacuache Citadino: La magia del Pascola Toribio

*Luis Espinoza Sauceda

La magia del Pascola Toribio

A mediados del siglo XX, Toribio Valenzuela se encontraba en alguna fiesta de Baca cumpliendo lo que posiblemente algún día había soñado. Las tumultuosas concurrencias lo presenciaron. Consiguió proyectar el pasado de los pascolas y la grandeza de sus fiestas sin lugar para la negación. Mucho menos pensaba en bailar para el final.


No podríamos dimensionar el ramadón porque en esos años estaba situado sobre la calle principal, a un costado de la casa de doña Flora Flores, a unos pasos del actual. Se infiere que en la fiesta que bailó Toribio, esa fue la última para él y ese ramadón, porque lo cambiaron de lugar.
Niños, ancianos y toda la familia estaba en la concurrencia. En pleno mediodía Toribio se plantó a bailar sin esperar siquiera que llegara la noche como comúnmente lo hacía. A una mujer que estaba organizando la manutención de comida de la fiesta le pidió una olla de barro con agua. Todos se quedaron a la expectativa, esperando qué hacer con la olla. Empezó a hacer un cañagual con un trapo rojo y se lo puso en el hombro para después descansar la olla llenita de agua y los músicos empezaron a cantar y Toribio a danzar con la olla al hombro, sin necesidad de apoyarse con las manos, sin tirar una gota de agua se pasea bailando por el ramadón, como quien lanza un reto para ver si alguien le iguala la gracia.


Al mucho rato, cuando todos dieron por asimilado el hecho, entró de nuevo a bailar pero esta vez no pidió una olla, simplemente con una máscara, posiblemente de coyote. Era una elegancia la elocuencia de los tenábaris sonando, símil al encanto seductor de una víbora moviendo el cascabel. Con su atuendo blanco, sin movimiento del cuerpo solamente de sus piernas, hasta el momento en que se quedaron todos, incluso los músicos, como quien está viendo bailar porque suenan los tenábaris pero físicamente no hay pascola como tal; cuando todos se percatan, lo buscan para ver dónde está porque los tenábaris siguen sonando con la misma cadencia; advierten que está en el mero fondo de la botella de aguardiente de uno de los músicos, éste intenta verlo pero en ese instante-trance Toribio aparece como si nada hubiera sucedido.


“Así lo vimos como monito bailando en el fondo de la botella”, aseguran.
Ser pascola fue el sueño de Toribio. Todos se preguntarán por qué era tan buen pascola o, simplemente, inigualable. Lo que hacía un pascola con esfuerzo y mérito de sobra conocidos, nunca lograban hacer esas gracias que hacía Toribio, por eso aseguraban a manera de explicación racional que había aprendido a bailar en un camanteopo.


También fue músico. En alguna ocasión estaba cantando y entró a bailar un aficionado que nunca aprendió a bailar bien, enseguida detuvo la música de su violín. Los que lo trataban, aseguran que decía que él no tocaba para que bailaran pendejos.


Vivió alejado de todo como un anacoreta, únicamente se le veía en las fiestas. Tenía una casa, en aquellos años se les conocía como chinames o casas de terrado —porque estaban compuestas de barro y vara— en la entrada de la comunidad que ahora se le conoce como Los Chinitos. En aquellos años era la única que existía, estaba situada en la copa de una lomita a unos pasos del río Fuerte por su margen izquierda.


Pero si era un sueño de Toribio, la realidad lo sitúa como un sueño de todos, porque lo vivieron. La forma en que se dieron las cosas, incluso, en un principio, lo fue la misma fiesta. Él fue pascola mayor (algo así como el equivalente a Cobanaro o Gobernador Tradicional del pueblo de Baca, que en ese tiempo no existían), él entregaba la fiesta el día de San Miguel Arcángel.

El Tlacuache Citadino: Los Sinaloas. Indios Pitahayeros

Guadalupe Espinoza Sauceda

LOS SINALOAS. INDIOS PITAHAYEROS

El pájaro pitahayero ha parado de cantar, ahora los gallos empiezan, hasta que amanezca. Irremediablemente las horas de descanso se acabaron, es tiempo de levantarnos de los catres o tarimas para irnos a juntar pitahayas. El carrizo, un balde y un cuchillo, eso es lo elemental para apear o bajar pitahayas. Hay que madrugar porque si no los pájaros se las acaban antes de que terminen de cantar los gallos.

Para eso salimos todavía oscuro y así llegar amaneciendo para las lomas del Agostadero, pero sentimos temor de pasar por la Piedra del Gallo (una piedra grande, gigante en forma de bola) y luego mi papá dice que ahí canta un gallo en la noche, pero que en realidad es el diablo, por eso se le llama la Piedra del Gallo (está ubicada en el Agostadero, casi lindando con las tierras de Cosme Espinoza). Algunos jalaron para El Palmarito, para las lomas donde tiene sus tierras mi tío Cuco Pacheco. Habrá quienes decidan caminar más lejos por el rumbo de Loreto, otros se desviarán para las lomas de Techobampo y posiblemente llegaran hasta El Tanqui. Los que solo buscan juntar unas dos o tres docenas no se preocupan por ir muy lejos, se van a las matas de las orillas del pueblo, en los callejones, ahí en El Bazate (ahora creo que ya se acabaron esas plantas de pitahayas que había ahí). Así, todos nos dispersamos buscando llenar el balde o lo que llevamos para juntar, en fin, la familia es grande o hay quienes juntan para vender.

El tiempo de pitahayas, contrasta con la temporada más difícil para los moradores de esas tierras, pues, son los días más secos y calurosos, pero es cuando la fruta más preciada de la región se entrega, me refiero a los meses de mayo y junio y escasamente duran hasta principios de julio, pero con las primeras llovidas de las aguas, las pitahayas se revientan o se terminan echando a perder.

Para que la temporada resultara mejor o más bien estábamos desesperados nomas de ver como crecían las pitayahas, grandes y jugosas, como si quisiéramos acelerar el tiempo desde los últimos días de abril y principios de mayo ya andábamos buscando carrizos, para eso mi papá nos llevaba al Rancho, muy cerca de Loretillo con los parientes Navarro (de la familia de Blas Navarro, y sus hijos Pedro, Blasito y el Che), ahí había carrizales y cortábamos unos cuatro o cinco, de los mejores, llegando a Baca los pasábamos por la lumbre para que se cotagüiaran, se les cayera la hoja y poderlos moldear, enseguida les poníamos piedras, para que cuando se secaran quedaran derechos. También había que buscar horquetas de papachis y una güichuta o güica de un árbol llamado algodoncillo, pelarlas, afilarlas y amarrarlas con ixtle o hule, de tal manera que la pitahaya al ensartarla quedara detenida y no se nos cayera.

Había pitahayas de pulpa de colores, rojas, amarillas, anaranjadas, algunas tirando a lila y morado y las más preciadas por dulces pero escasas, las pitahayas blancas. También había las pitahayas de espina blanca –digamos la común y corriente y no precisamente por corriente si no en términos de normalidad- y la de espina gruesa, correosa café o guinda, esa era la marismeña, quizá en alusión que era del valle del Fuerte, o donde más abundaba. La pitahaya de espina blanca era más propia de las tierras arenosas o blancas. A mí, me gustaba más la marismeña, debajo de mi casa, como cerco, o vestigios de lo que fue una cerca había matas de pitahayas, de espinas blancas y marismeñas, que por cierto daba unas pitahayotas, bien buenas y sabrosas ¡chulada de pitahayas!

Los lugares donde más pitahayas había era en las partes que fueron cercos, denominados de palo y echo (por el cactus). En los lugares áridos o semiáridos como es nuestra región, cuando los campesinos hacían cercas a falta de alambre de púas lo hacían con echos o etchos y pitahayas, con el árbol de torote y la peonía o chilicote combinados, por lo fácil para prender y resistentes a la falta de agua, y cuando ya prendían al año o dos ya daban pitahayas y algunas se convertían en grandes matas. Esto era en los lugares donde no había piedras porque otros hacían cercas de piedras, como en las mesas, donde abundaban las rocas volcánicas.

Por algo dice la historia oficial que nuestro estado de Sinaloa, es la tierra de las pitahayas, o de las cinas y que de esta región fue tomado el nombre de la entidad, al respecto la historia dice: “La nación de los Sinaloas –expone el padre Andrés Pérez de Rivas- tiene ese propio nombre y de ella lo tomó toda la provincia, por haber tenido en sus principios mucho comercio y por haberse fundado no lejos de la primera villa de Carapoa, que se destruyó”, y “tiene su asiento y poblaciones en el mismo río de Tehueco y Zuaque, en lo más alto de él y más cercanas a las serranías de Topia”, citado del libro Historia Integral de la Región del Río Fuerte de Filiberto L. Quintero. No hay que olvidar que el río Tehueco o Zuaque es uno de los distintos nombres que ha tenido el río Fuerte y que la serranía de Topia, que menciona Ribas, era el nombre que, en aquellos tiempos, los españoles daban al tramo de la Sierra Madre Occidental, abarcado por las provincias de Culiacán y Sinaloa, y en el caso concreto de nuestro terruño esa sierra la conocemos como la sierra del Rosario.

El abogado e historiador mocoritense Eustaquio Buelna, en el mismo sentido refiere que el escudo de Sinaloa está hecho en forma de una pitahaya, ovalado y que incluso tiene en los bordes, el símil de donde nacen sus espinas, tal como se ilustra en el escudo del Estado.

Del Fuerte rumbo a la sierra de Chihuahua abundan las pitahayas, y del Fuerte en dirección a la costa o el valle también hay pero de las marismeñas que es una planta más chaparra, que necesita de tierra más dura y compacta. Y si a esto le agregamos un poco más de historia lógica de El Fuerte para arriba a la altura de las comunidades del Mahone o de San Pedro era donde estaban al inicio de la llegada de los españoles la nación de los sinaloas (con sus cuatro pueblos Cinaloa o Sinaloíta, Toro, Baca y Baymena); era la nación de la pitahaya o de los indios pitahayeros, y en todo caso los pitahayeros de espina blanca, no marismeña, que también hay, pero en menor proporción.

Todavía es común ver en tiempo de pitahayas, por el rumbo de las comunidades de San José, Bajósori y Santa Ana (municipio de Choix) vendedores de este fruto silvestre a la orilla de la carretera Choix-El Fuerte, que compran la gente de nuestra tierra que van de paso o visitan donde está su ombligo enterrado, incluso por docenas y en algunos casos hasta el balde entero para llevárselas a sus familiares en las ciudades de El Fuerte, Los Mochis, Juan José Ríos, Guasave, Navojoa u Obregón, entre otras.

¡Ah pero cuando el año es llovedor no se da mucho la pitahaya! La pitahaya es de poca agua, como la sandía, que cuando llueve mucho pura rama y flores da, crece muy bonita pero no produce sandías. A lo mejor así son también los habitantes de esta región, los sinaloas o los indios de la pitahaya. A las nueve de la mañana, regresaba al pueblo de Baca con el balde lleno y copeteado de pitahayas para el deleite y disfrute de nuestras familias e incluso de los vecinos. Y digo que es un deleite porque la pitahaya es un manjar. Mi mamá (aguazarqueña) decía y dice que ella se puede comer un balde de pitahayas

El Tlacuache Citadino: Emiliano C. García Estrella: un fuertense en el Congreso Constituyente de 1916-1917

*Norberto Soto Sánchez

La Constitución Política de 1917 es producto de la lucha popular revolucionaria emprendida contra la dictadura de Porfirio Díaz desde 1910, es decir, es la síntesis de muchos anhelos populares que se encontraban latentes y que obedecen a necesidades apremiantes de los pueblos que conforman la nación mexicana. La Carta Magna traza límites entre los poderes de la Federación y define la relación entre éstos y los tres órdenes de gobierno. Es la base sobre la cual queda establecida la organización de las instituciones, el gobierno y el ejercicio del poder. A nivel del Constitucionalismo Universal, es un documento sumamente importante, pues en ella quedaron plasmadas fuertes reivindicaciones sociales y políticas como las garantías individuales (art. 1º), la garantía a la educación laica y gratuita (art. 3º), la libertad de prensa, asociación, de opinión y de ocuparse en la actividad que el ciudadano elija, siempre y cuando ésta no altere el orden público (art. 6º), la libertad religiosa y la relación Estado-Iglesia (art. 24), la reforma y el reparto agrario (art. 27), la forma de gobierno federalista (arts. 39 & 41), así como los derechos laborales (art. 123). Por ello, podemos decir que fue una Constitución de vanguardia para la época.

En este proceso hubo un revolucionario del norte de Sinaloa que tuvo la oportunidad de participar en el Congreso Constituyente de 1916-1917 representando al Distrito 5º Federal, correspondiente a El Fuerte: Emiliano Celso García Estrella. Emiliano nace un 6 de abril de 1876 en el hoy pueblo mágico de El Fuerte, Sinaloa, localidad en la cual realizó los estudios de primaria y secundaria, para, posteriormente, continuar adquiriendo saberes en la preparatoria del Colegio Civil Rosales (antecedente histórico/institucional de la actual Universidad Autónoma de Sinaloa). Tuvo formación como médico en los colegios León XXIII y el Liceo de los Varones de la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Sin embargo, por razones que se observan poco claras en algunas reseñas biográficas escritas en torno a él, deja trunca su formación profesional en 1896, a los 20 años, regresando a su tierra natal para incursionar en actividades agrícolas, en la poesía y, sobre todo, en el periodismo liberal militante.

Es así que, según relatan Gilberto López Alanís & Saúl Alarcón en su obra titulada “Sinaloa en el Congreso Constituyente 1916-1917”, para 1906 Emiliano García ya contaba con una trayectoria de cerca de 10 años como enemigo declarado del régimen porfirista y como un férreo defensor de quienes habían caído presos a razón de la crítica que realizaban contra la dictadura. Por ello, aún con los riesgos que implica el haber operado en la semi clandestinidad que requería la causa, llega a ser un difusor del periódico “Regeneración” (cuyo primer número se publicó en México el 7 de agosto de 1900) en el distrito de El Fuerte. No hay que olvidar que esta publicación era el órgano de propaganda donde se transmitían las enérgicas e incendiarias ideas de liberación que en sus páginas eran escritas por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano (PLM), dirigida por los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, y publicada en 1906 desde las oficinas que en ese tiempo ocupaba el PLM en el domicilio 107 North Channing, de la ciudad de Saint Louis en el Estado de Missouri, en “el otro lado”, al norte de la frontera de nuestro país.

Sin embargo, su activismo no se limitó solo a repartir estos importantes documentos entre los simpatizantes de la causa ya que, coordinando esfuerzos con José García de León y Mariano Bermúdez (director y colaborador, respectivamente, de los semanarios maderistas El Paladín, publicado en Mochicahui y El nuevo Paladín, publicado en El Fuerte), redactó y distribuyó diversos artículos de oposición al porfiriato; la represión del régimen de Díaz en el Estado no se hace esperar y pronto son objeto de una persecución feroz y múltiples atentados. En este tiempo inicia la formación de Emiliano García como un militante del PLM que se está fogueando en la confrontación y la violencia política de la época, su brío es puesto a prueba, pero su convicción y sus anhelos de justicia social y democracia resultan avantes: la voluntad revolucionaria prevalece y, no solo eso; se fortalece.

Tras el fallecimiento de Francisco Cañedo (5 de junio de 1909), general porfirista y gobernador de Sinaloa durante casi 33 años hasta ese momento, se abre un nuevo proceso electoral para la gobernatura del Estado. En este contexto, Emiliano García se suma, a lado del coronel y periodista liberal José María Rentería -quien además era veterano de la guerra contra la intervención francesa-, a la campaña para gobernador del licenciado José Ferrel, quien se enfrentaba al candidato oficial de la dictadura, Diego Redo. De esta etapa surgen el Club Político Ferrelista y el Club Democrático Sinaloense, participando Emiliano en ambos y, además, colaborando con una nueva experiencia de periodismo crítico en el Estado: el periódico El Reporter.

Hay un episodio curioso que menciona el Dr. Saúl Alarcón en su trabajo de investigación titulado “Juan M. Banderas en la Revolución”, en el que se retrata la actitud paternalista y déspota del general Díaz, así como el clima represivo que impuso en el país y el temor que infundía en algunos actores de la vida política incluso de las provincias. En este pasaje con tintes anecdóticos, se relata que José Ferrel, antes de iniciar la campaña, tiene la ingenuidad de solicitar una audiencia al general Porfirio Díaz, el cual le da respuesta favorable, citándolo en la Ciudad de México para tener una conversación en la que el dictador le aseguraría con “sinceridad” que “tendría toda la libertad electoral y que él, como Presidente, vería con alegría la madurez del pueblo en la lucha electoral” … Al regreso del licenciado José Ferrel a Sinaloa, Díaz ordena inmediatamente al aparato gubernamental que le pusieran todos los obstáculos posibles y que se desplegaran dispositivos de vigilancia alrededor de los cuadros más notables de la causa antirreeleccionista en el Estado, entre ellos García… La dictadura no estaba dispuesta a ceder en el ejercicio del poder.

A pesar de esto la campaña electoral ferrelista, en la cual participa Emiliano García, adquiere las cualidades de una verdadera movilización popular donde empezaban a configurarse los pilares de lo que pronto sería la revolución maderista en Sinaloa. Las elecciones se llevaron a cabo el 8 y el 25 de agosto de 1909. La población tiene la certeza de la victoria de Ferrel, pero poco importa la percepción y el descontento de los sinaloenses; el Congreso del Estado declara al porfirista Diego Redo gobernador electo con 35,985 votos a su favor contra 15,790 de José Ferrel (según datos proporcionados por Alarcón en la investigación referida). Para el pueblo de Sinaloa esto significó la imposición descarada de Redo, a pesar del triunfo abrumador de Ferrel. Al llegar a la gobernatura lo que hace Redo es dar continuidad a las políticas y al clima antidemocrático y represivo que caracterizó a la administración del general Cañedo, pero ello, aunado al fraude electoral, lo que terminará ocasionando es generar una ola de simpatizantes de la causa antirreeleccionista en la entidad.

En este clima político ya hiperpolarizado es que Emiliano García continúa su labor como propagador de ideas mediante la prensa a través del periódico El Alfiler; en esas andanzas lo toma el llamado a las armas de Madero en noviembre de 1910. Conforme se desarrollan los acontecimientos de esta primera etapa de la Revolución García, junto a otros compañeros del hoy pueblo mágico, se radicaliza y, para los primeros meses de 1911, deciden dar un paso más allá de la labor periodística para integrarse a la lucha armada, organizando el grupo guerrillero Leales del Fuerte, del cual él fue comandante. Ellos recibirán su bautizo de fuego en la toma de Navojoa el 17 de mayo de 1911, bajo las órdenes del coronel Benjamín Hill. Logrado el derrocamiento del dictador Porfirio Díaz tras los acuerdos del 21 de mayo de 1911 en Ciudad Juárez, Emiliano García vive un periodo de cierta calma. A finales de ese año funge como Agente del Ministerio Público en Mazatlán y, para 1912, ocupa brevemente el cargo de Presidente de El Fuerte, pues para inicios de 1913 se registra que él ya se está desempeñando como recaudador de rentas en ese Distrito. En ese cargo estaba cuando ocurre la decena (o quincena) trágica que culmina con los asesinatos de Gustavo A. Madero y Adolfo Bassó Bertoliat (el 19 de febrero) por órdenes del general Manuel Mondragón, así como del Presidente Francisco I. Madero y del Vicepresidente Pino Suárez (22 de febrero) por órdenes del general Victoriano Huerta. Es así que, posterior al golpe de estado, Emiliano García vuelve a las armas y se adhiere a la causa del Plan de Guadalupe redactado por el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza. Después de algunos breves hechos bélicos en el Distrito, el comandante García es aprehendido por las tropas huertistas, ordenándose terminantemente su fusilamiento.

No obstante, sus compañeros de la guerrilla Leales del Fuerte se movilizan rápidamente logrando el secuestro político de algunos familiares del Prefecto de Distrito Dionisio Torres, los cuales fueron intercambiados para lograr su liberación. Una vez fuera de prisión no duda en continuar la lucha armada contra los golpistas, y se une a las fuerzas revolucionarias que estaban operando más al norte del país, participando en importantes combates acaecidos en los poblados de Agua Prieta y Naco, Sonora. Luego de estas experiencias de armas García regresa al norte de Sinaloa, teniendo la oportunidad de participar en el recibimiento de Venustiano Carranza en Chinobampo, El Fuerte, Sinaloa el 12 de septiembre de 1913, quien había cruzado la Sierra Madre Occidental partiendo de Parral, Chihuahua con una escolta de alrededor de 150 hombres y su Estado Mayor, dirigido por el coronel Jacinto B. Treviño.

Para 1916 llega a ser presidente municipal de El Rosario (Sinaloa), pero a finales de ese mismo año resulta electo al Congreso Constituyente de 1917 como diputado propietario representando al Distrito 5º, al cual pertenecía El Fuerte. Le toca presenciar los debates que darán forma a la Carta Magna de nuestro país, en los cuales, por ejemplo, se llevaron a cabo intensas discusiones en torno al artículo 3º de la Constitución de 1917, mismos que iniciaron en diciembre de 1916, y en donde, según nos indica Armando Soto en su texto titulado “El artículo 3o. constitucional: un debate por el control de las conciencias”, se vislumbraron dos corrientes: la primera, siguiendo la tradición juarista-liberal (llamados “liberales moderados”), y de la cual era partidario Venustiano Carranza, curiosamente no tenía problema en retomar la esencia del artículo 3º de la Constitución de 1857, en el que no se especificaba el carácter laico que debería tener la educación pública. La segunda corriente, llamada positivista (también progresista y/o jacobina/radical en algunas otras investigaciones), estaba encabezada por los generales Álvaro Obregón y Francisco J. Múgica, y planteaba que la educación debía ser laica y gratuita. Emiliano C. García, el congresista constituyente fuertense, se adhiere a esta última tendencia, y el 16 de diciembre de 1916 vota a favor de la aprobación del artículo 3º constitucional incluido en la Constitución promulgada y firmada el 5 de febrero de 1917.

*Psicólogo y Maestro en educación.

Ruralidades: columna de Miguel Carrillo Salgado

Algo sobre el autor:

Es profesor de la Universidad Intercultural del Estado de Hidalgo y doctorante en el posgrado en Desarrollo Rural. Ha trabajado con distintas organizaciones civiles y ha emprendido distintos proyectos con campesinos, ultimamente con cafetaleros y artesanas de la Sierra Otomí-Tepehua. Le gusta andar en bicicleta. La luz que ilumina sus días es su hija Hyadi, que significa sol en otomí. Le gustan las caguamas aunque se enoje Anaya.

¿Qué podemos aprender de aquellos paradigmas de vida que se catalogan como “incultos”, “bárbaros” o “retrasados”?

Por Miguel Carrillo Salgado

Hoy en día se ha hecho constante la incertidumbre, el riesgo y la vulnerabilidad sobre la sociedad global, pues vivimos epidemias sanitarias y fitosanitarias que ponen en entredicho la vida; abruptos cambios climáticos con afectaciones a los cultivos y múltiples actividades de dependencia humana, como sequías y lluvias atípicas, altas y bajas temperaturas extremas que repercuten en las seguridad alimentaria, energética u otras dependencias humanas; crisis financieras que ponen en jaque a las economías nacionales; violencias que ponen en crisis a las democracias, los derechos humanos y la justicia. En general son panoramas de degradación ecológica, política, social y económica; sin embargo, no corresponden a órdenes divinos ni desarticulados, sino a una crisis unitaria y causada por la actividad humana, a una Gran Crisis (Bartra, A. 2009).

Es una crisis del capitalismo, el paradigma histórico que al menos lleva 200 años dominando a la humanidad. Del sistema que se guía por una racionalidad de acumulación y explotación sin importarle las altas emisiones de gases de efecto invernadero que calientan el planeta, de deforestación de los bosques, de extracción de minerales, del despojo de territorios, de concentración de la riqueza y brechas de desigualdad, entre otras afectaciones; no obstante, día a día se llega a una Sexta Extinción (Kolbert, en Barrera, 2017).

El capitalismo ha pregonado como premisa principal la modernización sustentada en la ciencia y la técnica para un supuesto progreso, desarrollo e industrialización. Ello a través de la economía monetaria, el consumo y los intercambios comerciales (desiguales, por supuesto) como acciones ligadas al “intelecto”, de relaciones racionales y frías con las cosas (la naturaleza). Además, antepone lo rural como un espacio social donde se da escaso intercambio, donde la existencia se funda más “sobre los sentimientos y los lazos afectivos, los cuales se arraigan en las capas menos conscientes del alma y crecen de preferencia en la calmada regularidad de las costumbres” (Simmel,1986:6).

Lo rural y su complejidad se someten a una perspectiva del evolucionismo darwinista que enmarca adjetivos referentes a lo atrasado, bárbaro o faltos de civilidad y de conocimiento, o dicho por la Real Academia Española, inculto o tosco (RAE, 2001). Se da una oposición a lo moderno; sin embargo, en esta coyuntura, para diversos movimientos, instituciones y sectores de la sociedad (la emergente agroecología, permacultura u otras corrientes), aquí se constituyen conformaciones sociales que portan elementos potenciales para estructurar alternativas y esperanzas de vida ante este contexto de gran crisis.

Lo rural viene del latín rurālis, de rus, ruris, a la vida en el campo en relación a labores agrícolas, pecuarias, forestales, piscícolas, de servicios ambientales, entre otras. Sin embargo, la mayoría de quienes desarrollan su vida aquí están en una condición de explotación y marginación por el propio capital. Incluso existe un capitalismo agroindustrial por un lado y el campesinado por el otro -uno de los actores que históricamente se han sustentado en actividades primarias, al menos desde la edad media-.

El campesino en México y América Latina, en su mayoría con una condición indígena, ha tenido la capacidad de sostener diversas diversidades, tanto epistemológicas, socioculturales, paisajísticas, agrícolas, biológicas, productivas y ecológicas; así como para reproducir una racionalidad de satisfacciones de necesidades materiales y simbólicas con apego a la tierra y al cuidado del territorio donde estén articulados.

Ejemplo de lo anterior lo podemos ver en los pueblos indígenas campesinos que están conservando alrededor del 35% de las áreas forestales y selváticas. Ello a pesar de la exclusión y marginación histórico-estructural (FAO y FILAC, 2021). Acciones y conformaciones sociales que toman relevancia para el planeta en su conjunto, pues en los bosques se alberga la mayor parte de la biodiversidad terrestre: el 80% de los anfibios, el 75% de las aves, y el 68% de los mamíferos. Además, cubren el 31% de la superficie terrestre (FAO, 2021).

Los bosques y selvas, además de ser el hábitat de biodiversidad, ofrecen servicios para el sostenimiento de la humanidad en el globo, pues enfrían el planeta, lo oxigenan y capturan carbono. Los territorios de las comunidades campesinas indígenas contienen alrededor de un tercio de todo el carbono en América Latina y el Caribe, lo que significa el 14% del carbono almacenado en los bosques tropicales a nivel mundial (FAO y FILAC, 2021:8).

Para muchos se les hace difícil reconocer la importancia de la persistencia campesina indígena, muchas veces denominadas “incultos”, bárbaros o retrasados; sin embargo, he aquí una pequeña muestra de lo mucho que hay que re-valorar… (continua en la próxima entrega).

Fuentes consultadas:

Barrera, Jazmina (2017) La sexta extinción de Elizabeth Kolbert. Sobre los hijos y el fin del mundo, Extinción/crítica/Noviembre de 2017, UNAM, en https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/df61a538-e605-48c2-8afe-383f7bb79caf/la-sexta-extincion-de-elizabeth-kolbert

Bartra, Armando La gran crisis. Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales [en linea]. 2009, 15 (2), 191-202 [fecha de Consulta 17 de Abril de 2021]. ISSN: 1315-6411. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=17721684026

FAO (2021b) América Latina y su compromiso por restaurar y conservar los bosques en http://www.fao.org/americas/noticias/ver/es/c/1382417/

FAO y FILAC. (2021). Los pueblos indígenas y tribales y la gobernanza de los bosques. Una oportunidad para la acción climática en América Latina y el Caribe. Santiago. FAO. Enhttps://doi.org/10.4060/cb2953es

Real Academia Española (2020) en https://dle.rae.es/

Simmel, Georg (1986) Las grandes ciudades y la vida del espíritu en Cuadernos Políticos, número 45, México D.F., ed. Era, enero-marzo de 1986, pp. 5-10, en http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/contenido/CP.45/45.3.GeorgSimmel.pdf