Nota 2 Domingo 17 de enero de 2021

A partir de los primeros días de enero empecé con la lectura de la Divina Comedia de Dante. Estoy leyendo la edición bilingüe de la editorial Tomo: esos libritos blancos con bellas y diminutas portadas que se consiguen por veinticinco pesos en el metro o en puestos de revistas. Aun así, es la mejor de las tres o cuatro destartaladas versiones que tengo. Aun así, las veces que intenté pasar más allá del infierno no lo logré. Aun así, esta vez estoy decidido a llegar al purgatorio y ¿por qué no? rozar el paraíso junto a la divina Beatriz.

¿Qué me ha impedido avanzar en la lectura?

En estos días, a diferencia de los intentos anteriores, leí los ensayos de Eliot, Borges y Berger sobre el bardo de bardos. De su mano, alivié mis temores y empecé la lectura. Sin duda, uno de los poetas del que más se ha escrito es Dante Alighieri. Como bien señala Eliot, es el poeta más universal de occidente. Sin embargo, los tres ensayos de estos autores son breves y contundentes, más una invitación sincera a la lectura que un estudio académico que espanta a los neófitos como yo. Creo que un clásico, si en realidad lo es, no necesita, en una primera lectura, explicaciones e instructivos para leerse. Ya después, si el amor es sincero, vendrán las disquisiciones y la profundización en la relectura.

Dicen que el confinamiento por la pandemia es el paraíso de los misántropos. Creo que el periodista que lo dijo exagera, pero a los auténticos solitarios nos trajo, en medio del infierno, momentos intensos donde hemos a diario, rozado el paraíso. Uno de esos momentos es el de la lectura. Hace unos días también empecé a leer Los Cantos, en la hermosa edición de la editorial Sexto Piso. Como dice el traductor Jan de Jager, “Ezra Pound quiso que fueran la Divina Comedia de nuestro tiempo. En su vastedad, en su sabiduría y en su belleza, lo logró.” Sentir a diario la vitalidad de las palabras de Los Cantos y la Divina Comedia, le dan sentido a un mundo que se desquició absolutamente desde el año pasado. Son, junto con la Biblia y el I Ching, mi forma de matar al tiempo hasta que el cuerpo aguante.        

Y es que, como dice Berger, el cuestionamiento central que nos plantea Dante es el del tiempo y, la solución fundamental que nos ofrece, es la visión del amor como acto sincrónico único. ¿Acaso no lo hace cualquier poeta? Bien mirado, lo que cualquier poema intenta es captar el instante, fijar el vértigo, como dice Rimbaud. Aunque lo sospecho, aún es temprano para decir cuál es la diferencia entre la visión del tiempo de Dante y otros poetas. Para dar al menos una opinión sincera, tengo que primero acabar de leer el libro. Sin embargo, no puedo dejar de relacionarlo con las teorías sobre la sincronicidad de Jung y, sobre todo, con mi libro de cabecera, el I Ching, del cual conozco casi nada, pero al menos lo he leído varias veces.

Hace un rato le pregunté al oráculo ¿de qué manera podría fijar el vértigo del instante? La respuesta del libro fue el hexagrama Ching EL POZO  y Chien LA EVOLUCIÓN. De las infinitas formas en que se puede intentar la sincronicidad del tiempo, el libro de las mutaciones me contesta que la tarea es arriesgada, pero con cautela y reflexión, poco a poco, lograré avanzar.

Por hoy detengámonos. En cierta forma, la consulta al I Ching es un acto de imaginación activa. Como la psicología de los arquetipos de Jung, de la mano del I Ching ahondamos en las imágenes y mitos que nos permiten hacer alma. Desde esta perspectiva, creo que el ejercicio (iba a escribir el derecho sagrado) de escribir y leer poesía, trata más bien de una terapéutica y no de una estética. Los poemas son curativos cuando se escriben y en casos como los de la Divina Comedia, cuando se leen. Más allá de las academias, abogo porque cualquier ciudadano tenga el derecho a lanzarse al infierno, y chance pasar al purgatorio y ¿por qué no? rozar de vez en cuando el paraíso.

Viaje al corazón del Mezquital: El coronajomti

El coronajomti

Esta era una vez A y B, una pareja que vivía en algún lugar de pueblo mágico. Era un domingo lluvioso. A, pícaro y travieso, de repente, arranca de la maceta el hongo milenario y le pregunta a B:

–¿Qué prefieres? Te lo comes y alejas de ti al Ángel de la Destrucción por un par de meses, o vives mucho tiempo, incluso siglos como nuestros padres, pero bajo el regazo de sus negras alas.  

No hubo necesidad de contestar. Se miraron a los ojos fijamente y sonrieron. Tiraron el coronajomti a la basura y fueron un matrimonio feliz.  

Viaje al corazón del Mezquital: El Bradbury 2020.

Desde hace un mes, justo desde que escribo en el blog, la publicidad que aparece en Google o Youtube, es referente a la escritura, la escriptofobia, y el proceso creativo de artistas en general. Algo de esta magia que tiene muy poco de coincidencia, la percibí con los amigos que hice en aquel lejanísimo 2019, cuando anduve por allá, en Melbourne, Australia. Después del trabajo, obreros overseas, casi a diario nos juntábamos en Batman Park a orillas del Yarra River. Gonzalo, un chileno carismático y fanático de Carl Sagan, fue el primero en percibir que aparecía propaganda en nuestros teléfonos relacionada a los temas de los que hablábamos en nuestras madrugadas interminables. “Google nos escucha”, solía decir un poco en sorna, tal vez para aminorar la verdad que nos había revelado. En efecto, al otro día nos aparecía a cada uno la misma información referente a mujeres australianas, trabajos temporales, visas, viajes en avión y renta de autos.

Aún en los actuales momentos de extrema angustia, me cuesta creer que Google escucha nuestras conversaciones. Más bien me parece que el poderoso buscador nos analiza individualmente. El lector o lectora recordarán el emblemático caso de las elecciones en Estados Unidos, donde la empresa Cambridge Analítica influyó en el resultado de las elecciones a presidente, por medio de la manipulación de los datos y el estudio de la psique de los votantes gringos.   

Hasta hace muy poco, no había prestado atención a las ofertas de blogueros, diseñadores, arquitectos, cineastas, pintores y un largo etcétera que te promete llevarte a la cumbre y explotar todas tus capacidades. Sin embargo, el pasado viernes, mientras me disponía a escuchar algo de música, apareció publicidad sobre el Bradbury 2020. Un software que te ayuda a cumplir el reto de escribir un cuento a la semana durante un año.

El software está diseñado para ayudarte a procesar, diseñar y escribir 52 cuentos: uno por semana. Tiene herramientas para hacer tu guión, sinopsis, escaleta y tiene un apartado con diferentes plantillas, de acuerdo al género que quieras tratar en tu narración. Te explica, de la A de Aristóteles y su método de los tres actos, hasta la Z de Zedric y su método matrioska. El tema del cuento sale de los sueños del usuario. Todo esto por tan sólo quinientos pesos.  

Los que me conocen saben que un producto así lo compro de inmediato. Y eso hice.

Hace un rato sonó el timbre en la vecindad. Como es domingo en la mañana, soy el único inquilino presente, así que, tuve dos caminos: ignorar el timbrazo o resignarme a bajar los cuatro pisos. Otros veces suelo tomar el primer camino y, aunque no soporto el castrante sonido del timbre, me pongo mis audífonos con música a todo volumen. Pero hoy tenía el presentimiento de que llegaría el sofwere, así que tomé instintivamente mi cubrebocas y fui a abrir la puerta.

La persona que me entregó el Bradbury 2020, aun con el cubrebocas puesto, me pareció idéntico a mi jefe Italoaustraliano Paul, dueño del mercado de frutas y verduras Pellegrino´s Market, allá en Melbourne. Tal vez el enorme parecido que les encontré es porque los dos hablan un inglés que fonéticamente es ininteligible para mí y, porque ambos, manejan camioneta Van para repartir los pedidos de su empresa. Tal vez también por las mismas muletillas que tienen al terminar las frases: si ya, mait; yu nou güana min, mait; no guorries, mait . También percibí, en ambos, el sonido falso de su risa cuando atienden a los clientes.

Hace un rato instalé en mi computadora el disco del Bradbury 2020. No todo es positivo en estos inventos. Esta versión sólo esta en inglés por el momento. Si con el español tengo problemas, no les quiero contar con el idioma de Shakespeare. Aun así, me apresuré a probarlo. Me puse la muñequera y me dormí un rato. Apenas dos horas. Con base en mis sueños, el tema de mi primer cuento trata sobre un hongo llamado coronajomti.

¿Y si el covid-19 fue un invento de un cuentista igual de malo que yo, pero con un software de mucha más potencia, lo que le permitió hacer realidad sus sueños? No, todavía faltan siglos para que la tecnología llegue a esos niveles.

Soy lento para leer en inglés. La traducción de las dos hojas del guíón y luego intentar darle alguna coherencia (las máquinas tampoco hacen todo), me llevará algunos días. En el menú principal se lee: 51 cuentos restantes. Espero para el otro domingo publicar mi primer cuento, y así cumplir el ciclo de escribir uno cada semana durante un año, como quería el entrañable Bradbury, el de carne y hueso.

Arborescencias: La danza de los árboles

Danza de los árboles en El Hiloche

Te moverás

Te moverás

Te moverás

Te moverás, buey

Cuando los dioses

Marquen la hora

Te moverás

Puedes estar arriba

Puedes estar abajo

Puedes ser rico

Puedes ser pobre

Cuando los dioses marquen la hora

Te moverás

Ves a la mujer

Caminar por la calle

Y al policía fuera de sí

Cuando los dioses marquen la hora

Te moverás

You gotta move

(versión original en inglés de Mississipi Fred Mcdowell https://youtu.be/mtlVSedpIRU)

You got to move

You got to move

You got to move, child

You got to move

But when the Lord

Gets ready

You got to move

You may be high

You may be low

You may be rich, child

You may be po’

But when the Lord gets ready

You’ve got to move

You see that woman

That walk the street

You see the policeman

Out on his beat

But when the Lord gets ready

You got to move

You got to move

You got to move

You’ve got to move, child

You’ve got to

But when the Lord gets ready

You got to move.