El Tlacuache Citadino: Pueblos Cáhitas y sus petrograbados

*Norberto Soto Sánchez

** Guadalupe Espinoza Sauceda

Se desconoce el momento preciso en el que los primeros seres humanos llegaron al área geográfica que hoy es nombrada como el sur de Sonora y el norte de Sinaloa. Al presente, en esta región hay dos grandes valles sumamente fértiles: el del Mayo y el del río Fuerte. La región también goza de una gran diversidad biológica. Como dato de ello, el valle del río Fuerte destaca por ser el hábitat de la mayor variedad de especies de colibrí en el mundo entero. Esta riqueza biodiversa desde miles de años antes de Cristo convirtió al lugar en un sitio propicio para la vida humana. Hay indicios de presencia de bandas nómadas de la cultura Clovis que hace 14.000 años se dedicaban principalmente a la caza de mega fauna local como mamuts, caballos y -por sorprendente que pudiera leerse- camellos.

Trabajos como el de Elia Villalobos -doctora en Historia y arqueología marítima- nos hablan de hallazgos de restos de paquidermos del pleistoceno tardío en los municipios sinaloenses de Ahome, El Fuerte y Guamúchil (https://bit.ly/3i099Z2). De igual manera, exploraciones del arqueólogo Arturo Guevara encontraron puntas lanceoladas acanaladas parecidas a los tipos Clovis y Folsom en Sinaloa de Leyva, lo cual nos habla de estos lugares tienen, también, un tesoro de bienes culturales valiosísimos para la comprensión de la historia de la humanidad, pues los Clovis son una de las culturas más antiguas de Abya Yala (continente americano).

Por su parte, John Carpenter menciona que hay indicios de grupos yuto-aztecas tanto en la región del río Petatlán (hoy Sinaloa), como en la del Valle del río Fuerte, desde, al menos, la época del holoceno medio (5500-2500 a.C.). El inicio de dicho periodo se caracterizó por condiciones climatológicas en las que la temperatura presentó una elevación considerable en lo que hoy es el Estado de Sonora, región en la que habitaron múltiples grupalidades humanas proto yutoaztecas. Como resultado de estas variaciones ambientales, dichas poblaciones se dividen en al menos dos grupos: uno que se refugia en la al noroeste, en la “Gran Cuenca”, y otro que se traslada hacia el sur con distintos destinos, tanto en la Sierra Madre Occidental, como en la planicie costera del Sur de Sonora y el norte de Sinaloa.

El mismo autor refiere que a mediados de esta época, entre el 3600 y el 2000 a.C., fue la temporalidad en que se cree estas poblaciones reciben el maíz, aprendiendo su cultivo, estando fuertemente implicadas en el desarrollo de la raza Chapalote. Así mismo, se han encontrado indicios de que para 1200 y 1100 a.C., desarrollaron complejos canales de riego. Esta influencia agrícola en particular venía desde la zona del río Balsas en el Estado de Guerrero, encontrándose también en la región ubicada entre Colima y Jalisco, y en la planicie de Nayarit hasta llegar al norte de Sinaloa y sur de Sonora.

Carpenter señala que no hay duda de que los restos arqueológicos que han sido encontrados en la región del norte de Sinaloa pertenecen a los ancestros arqueobiológicos de los Yoreme; es la macro tradición arqueológica Cáhita que territorialmente abarcó la región entre los ríos Mocorito y Yaqui. Esta área geográfica se caracteriza por tener una gran cantidad de ríos y afluentes de agua. De sur a norte están el río Mocorito, río Sinaloa (antes Petatlán), el río Fuerte (antiguamente Cinario, Sinaloa o Zuaque), río Álamos (Cuchujaqui), río Mayo y río Yaqui.

Sinaloa en 1530 de acuerdo a Ortega Noriega, Sergio en Breve Historia de Sinaloa (1999)

Para el siglo XVI esta era una región con una densidad de población considerable tomando en cuenta la época y el contexto. En torno a esto, el padre Jesuita Andrés Pérez de Ribas, en su obra “Triunfos de nuestra santa fe entre gentes las más bárbaras, y fieras del nuevo orbe”, dijo:

“Es muchísima la gente que hay en estos pueblos, los cuales estarán en el río arriba dentro de 8 o 9 leguas… Están los tzois, los chínipas, los guazaparis y otros muchos. Abajo de los sinaloas… los tehuecos que deben ser otros tatos como los sinaloas… Debajo de los tehuecos están los chocaris, baroroes, y otros marítimos y a un lado los basirocos, grandes amigos de los tehuecos; y más abajo los suaques que es muchísima gente… Debajo están los ahomes y otros junto a la mar… cerca está una isla, dicen, muy poblada de gente…”.

Se habla de los yoremes-yaquis tenían unas sesenta u ochenta rancherías semi autónomas con una población, se calcula, de alrededor de 80,000 almas que en tiempos bélicos se organizaban para formar un gran ejército de guerreros que logró aplastar con facilidad a distintas milicias comandadas por Diego Martínez de Hurdaide en tres batallas entre 1606 y 1609  (https://bit.ly/3vw8G4V).  Se cree que la densidad poblacional en el lado del norte de Sinaloa era similar. Por su parte, la presencia humana en los territorios correspondientes a tahues (centro de Sinaloa) a finales del siglo XVI e inicios del XVII se estima de entre 60,000 y 70,000 almas, según datos del geógrafo e historiador Carl Sauer.

Hoy en día, los descendientes de los cáhitas prehispánicos se asumen cultural y étnicamente como yoreme-mayo, yoreme-yaqui y yoreme-guarijío o varojío. En la época prehispánica sus distintos pueblos fueron autónomos política pero no culturalmente como tal. A nivel lingüístico comparten la rama yuto-azteca como punto de origen.

Cuadro extraído del libro “La nación de los Sinaloas. Breve historia del pueblo de Baca.” de Guadalupe Espinoza Sauceda.

Desde el momento del contacto español, los núcleos poblacionales de los yoreme-mayo estaban conformados predominantemente por grupos de agricultores-pescadores, con minorías de cazadores-recolectores, distribuidos a orillas de los principales ríos y afluentes de agua, formaciones que, como se ha mencionado, eran aprovechadas para la construcción de canales de riego. Esa fue una de las razones por las cuales estos grupos cáhitas han sido considerados como los mesoamericanos más norteños, utilizando la categoría ‘Mesoamérica’ propuesta por Paul Kirchhoff en 1942. La región que habitaban se encontraba dentro de otra más general de nombre Aztatlán que contemplaba el Occidente de México, en lo que hoy son los estados de Nayarit, Colima, Sinaloa y Jalisco durante el periodo Epiclásico (850-1200 d.C.).

Precisamente, el aludido Sauer, en su libro “The Road to Cibola (El camino a Cíbola)”, sobre esta cuestión, refiere: “…durante la época colonial los términos Sinaloa y Nayarit tenían otras connotaciones. Es por ello que nos hemos remontado hasta el más antiguo término que se ha empleado para designar a la región, a saber, Aztatlán” (cursivas nuestras). A nivel de una categorización académica, Aztatlán ha sido definida como una región geográfica, un horizonte cerámico, un complejo cultural, un periodo cronológico e, incluso, como un sistema mercantil del occidente de México, según sostienen autores como el citado Carpenter y Julio Vicente (https://bit.ly/3u9FeA2).

Petrograbados y sitios de importancia arqueológica en el norte de Sinaloa

Aztatlán fue un vínculo cultural-ideológico-social entre el septentrión mesoamericano, los pueblos Cáhitas y las culturas noroccidentales. En tanto sistema mercantil, por ejemplo, evidencias arqueológicas encontradas en el sitio El Ombligo, Guasave, dan cuenta de que este fue un centro de intercambio comercial que era parte de una gran cadena de sitios interconectados que iban desde Cholula al actual suroeste de Estados Unidos. Dato curioso, a su llegada los españoles pudieron observar que a través de la planicie costera sinaloense era movilizada una gran cantidad de mercancías que incluían turquesa, cobre, concha, textiles de algodón, maíz y cueros, las cuales circulaban, al parecer, sin beneficiar a una economía controlada por ningún estado.

Lugares de importancia arqueológica son también el Cerro de la Máscara, muy cerca a la comunidad de La Galera, así como otro espacio aledaño al poblado de Ocolome, ambos en el Fuerte, Sinaloa. Son sitios donde se encuentran una gran cantidad de petrograbados. El primer lugar forma parte de una columna de peñascos y riscos de poca altura que se encuentran a lado del río. El segundo se encuentra justo frente al Cerro pero por la otra banda de la rivera. Un estudio muy serio llevado a cabo por los arqueólogos Julio Vicente, Guadalupe Sánchez y Lizete Mercado sostiene que estos trazos pertenecen a los Yoreme y sus ancestros arqueobiológicos, y que se realizaron en un periodo prolongado que va entre 500 años antes de Cristo hasta el momento de la llegada de los españoles a la región.

Estos investigadores hablan sobre el interesante debate que existe en torno a la cuestión de quiénes fueron los autores de los restos arqueológicos en comento:

 “El mito de que grupos humanos foráneos plasmaron los petrograbados en el Cerro de la Máscara se ha enraizado en la historiografía sinaloense y todavía varios historiadores sinaloenses creen en este mito… originalmente fue propuesto y sembrado por Eustaquio Buelna en 1876… Buelna también propuso que los Nahuatls fueron originarios de la Atlantida e identificó a Atlanta, Georgia, EUA, como un lugar original de los Mexicas, desde donde comenzaron su peregrinación… Buelna, en su afán de colocar a Sinaloa en la historia oficial mexicana, robó a los Yoremes su larga trayectoria histórica en la región atribuyendo los petrograbados y pinturas rupestres a grupos ajenos, siendo que los grabados fueron elaborados por los grupos ancestrales cáhita (en la actualidad Yoremes).”

El Cerro de la Máscara fue un espacio ritual de importancia pero al parecer no era para toda la gente y probablemente rituales chamanísticos de grupos selectos se realizaban ahí. Hasta hace poco, el total de los petrograbados encontrados en ese lugar y espacios aledaños era de alrededor de 300 distribuidos en 15 conjuntos.

Ubicación de los sitios arqueológicos aledaños a El Fuerte. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Imagen del conjunto “La Máscara” tomada del sitio web Sinaloa360, con algunas adecuaciones descriptivas

Conjunto de “El Ojo de Dios” en el Cerro de la Máscara. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Imagen del conjunto “Reina Diosa o Diosa Madre”. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Es difícil elucidar el significado exacto de estos símbolos, con mayor razón si hay poca investigación al respecto, como en el caso de estos restos arqueológicos del norte de Sinaloa; aunque en general la entidad es rica en elementos históricos y culturales de este tipo, la indagación sobre ellos ha sido muy reducida, al igual que los esfuerzos por conservarlos, a pesar de que estos tesoros culturales son bienes que pertenecen no solo a los connacionales, sino a la totalidad de la humanidad. Recientemente fueron hallados petrograbados no registrados en algunas piedras que emergieron debido al drástico descenso en el nivel del agua de la presa Guillermo Blake Aguilar, también conocida como El Sabinal, en un espacio colindante con la zona rarámuri (tarahumara) del municipio de Sinaloa de Leyva (aunque territorialmente sigue siendo un lugar yoreme-mayo). No obstante, el carácter genuino de ellos solo puede confirmarse con los estudios pertinentes.

Fotografías del nuevo hallazgo de petrograbados en la presa El Sabinal, en Sinaloa de Leyva. Tomadas por Jorge Orduño.

Petrograbados de la cultura Anasazi en Sears Point, Arizona. Fuente: internet.

Empero, un detalle curioso es la aparición recurrente de espirales en vestigios de este tipo, que asemejan a la vida en el tiempo, es decir la cosmovisión cáhita, de cómo se entiende la vida y su medición espacio temporal, que es cíclico o circular, en forma de espiral, característica de los pueblos del Abya Yala, y que está muy presente también con los wirrárikas, nahuas, etc., y no lineal como la hace la cultura mestiza o de matriz dominante europea. Es otra forma de entender el cosmos.

Imaginemos por un momento el entorno en que los petrograbados fueron hechos. La mística que transmite la naturaleza del contexto en la ausencia total de iluminación urbana. Ahí es posible observar a simple vista unas pinceladas del “Centro Galáctico” de la Vía Láctea; esa concentración de estrellas que forma una diagonal brillante en el cielo nocturno. Se perciben los astros con una nitidez insospechada para quienes no han tenido la oportunidad de vivir eso. Hace cientos, hasta miles de años, los yoremes que hicieron los petrograbados observaban prácticamente el mismo cielo, pues para los parámetros cronológicos del universo la temporalidad que va desde que estos trazos fueron hechos hasta el día de hoy es apenas un parpadeo.

José Saramago, en su bella novela titulada “El Evangelio Según Jesucristo” señala que un desierto va emergiendo conforme la presencia humana va desapareciendo; evidentemente Saramago no se refiere al desierto en tanto ecosistema, sino a una experiencia. Si al ocultarse el sol uno se adentra a los cerros del territorio yoreme en soledad o con poca compañía humana, se encontrará con el espíritu del monte y la naturaleza, al cual los yoremes llaman Juyya Annia. Esa aproximación provoca que las ideas del alma dancen con una libertad incontrolable; una voluntad de lo inconsciente que se manifiesta en momentáneos delirios y alucinaciones tanto lingüísticos, como acústicos y visuales. Es una inspiración sublime, no un estado psicótico. Algo semejante al trance de la danza al ritmo del tambor yoreme (https://bit.ly/3z8Oqsn). A nivel psicológico, circulan los eslabones de una cadena significante (en el sentido del psicoanálisis lacaniano) que tienen su punto de origen en los momentos míticos en que inició la capacidad simbólica de la humanidad, es decir, en que comenzó el lenguaje. Por ello algunos pueblos asociaron desde la antigüedad el desierto con cierta forma de locura. Respetaban y temían el enloquecimiento, sabiendo también reconocer lucidez en algunos de sus avatares.

Los petrograbados, de alguna forma, son producto de esa inspiración y esa lucidez que transmite la experiencia del contacto con Juyya Annia. Es sumamente importante su preservación y estudio.

El Tlacuache Citadino: Vida espiritual del pueblo de Baca, Choix, Sinaloa

Luis Espinoza Sauceda

VIDA ESPIRITUAL DEL PUEBLO DE BACA, CHOIX, SINALOA

Ahora que cada vez menos hombres y mujeres caminan por las veredas de los montes, hoy que el río es menos caudaloso, en estos tiempos que difícilmente los arroyos y aguajes retienen agua por toda la temporada, con admiración y gracia recuerdo las creencias de mi pueblo.

La huitlacoche, vamos a hacer fiesta

Para las familias que están tristes o tienen mucho tiempo que no reciben la visita de un amigo a familiar, la huitlacoche al alba canta la llegada de una visita muy esperada. Son albricias, alguien nos va a visitar –decía mi mamá-. Se posa en los arboles del patio y desciende a la tierra que picotea, acompañada de su inquieto canto. Es la señal a la familia para preparar una comida especial de recibimiento a la visita tan deseada. La huitlacoche, así se llama un son de los matachines que tanto gusta a los danzantes de mi pueblo, en alusión a esta ave encantadora.

El peyote, suerte divina

Representa el amuleto más preciado. Más que observar los tiempos y cuidar para donde sopla el viento, el cazador siempre está buscando la omnipresencia, el don divino de saber encontrar al venado. Aunque difícilmente el cazador de temprana edad lo obtendrá, puesto que para obtenerlo deberá cazar muchos venados hasta encontrarse con su suerte. Quizás por eso, el cazador siempre es muy discreto cuando consigue cazarlo. El peyote, se dice que se constituye de una piedra de color transparente o de diversos colores que el cazador debe resguardarlo en una bolsa de cuero, con discreción y perspicacia porque es su suerte. De aquí viene el dicho, cuando una persona tiene mucha suerte le refieren: parece que tienes peyote. Además, el venado está inmortalizado en la danza de estos pueblos indígenas del norte.

La culebra azul, corriente de agua

Los lugares donde existen aguajes se cree que existe una culebra muy grande que atrae el agua en cada uno de ellos, que hace en aguas y secas –como comúnmente se generaliza todas las estaciones del año– se mantenga abundante. Siempre recomiendan  respetar la vida a la madre del aguaje. Aunque también se pinta en el cielo para llevar lluvias torrenciales.

El tapacaminos, ave de mal agüero

No existe peor desgracia que encontrarte por la vereda un tapacaminos; lo mejor es no continuar tu paso, regresarte al lugar de donde se salió porque de atender la intención, se espera la enfermedad o la muerte de un familiar o ser querido. Es un ave de tempestades, nocturna por naturaleza, se revolotea en el polvo de la tierra y a paso ágil te seduce para conseguir tus pisadas. Es posible que únicamente la conozcas por pláticas.

El tecolote, encarna un mal puesto

El temor nocturno para toda persona está en que por la noche llegue a tu casa a cantar el tecolote, que explica bien el refrán que “cuando el tecolote canta, el indio muere”. Está vinculado al hechicero, al agorero que por las noches se acerca a la persona que desea anunciarle que algo malo está por pasarle en la vida, como es la enfermedad o la muerte.

El guaco, ave de la lluvia

Después de temporadas de sequías, se espera con ansias el canto de esta ave de paso, que se cree desciende de la sierra, como avanzada, para anunciar la llegada de abundantes lluvias y la estabilización de los ciclos. Únicamente se conoce por su pregón: guaco.

El Camanteopo, cuna del pascola

Siguiendo los lugares sagrados para los pascolas están las riberas del río Fuerte, precisamente uno de ellos, conocido como Camanteopo, donde se iniciaban los que de verdad querían poseer la magia de la fiesta. De acuerdo a los antecedentes de los últimos viejos de la fiesta, siempre estuvo a cargo de un solo líder (el viejo), el encargado de sacar la iguana en las fiestas en el pueblo. (Para abundar más sobre el tema se puede consultar el link: http://riodoce.mx/cultura-arte/los-camanteopos-en-la-cosmovision-yoreme).

La vida espiritual del pueblo de Baca es grande y basta, que abreva en sus tierras y aguas y espacios míticos, pueda que espere el canto del huitlacoche o salte el escurridizo venado.

El Tlacuache Citadino: columna de Guadalupe Espinoza y Norberto Soto

Algo sobre los autores:

Guadalupe Espinoza Sauceda.

Lic. En Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Occidente, Unidad El Fuerte, Sinaloa.

Mtro. & Dr. en Desarrollo Rural por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

Colaborador en revista Contralínea y en el suplemento Ojarasca de la Jornada. Aficionado de la historia Yoreme-Mayo, de la Revolución Mexicana, y del norte de Sinaloa.

Norberto Soto Sánchez

Lic. En Psicología y M. en C. de la Educación por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Colaborador ocasional en revista Contralínea.

El mito del Tlacuache, el fuego y el conocimiento.

*Guadalupe Espinoza Sauceda & Norberto Soto Sánchez

En Abya Yala (América) algunos pueblos tienen un mito que habla de la conquista del fuego, elemento que en los albores de la humanidad era desconocido y, por ende, todo aquello cuya producción es facilitada por las llamas, inexistente. De igual forma, nada proporcionaba a la humanidad abrigo suficiente en el helado mundo. Durante las frías noches de invierno la gente sufría aún más, anhelando la rápida llegada del sol para que los rayos de éste pudieran brindarles un poquito del calor que les permitiera seguir viviendo.

Un día cayó un fragmento de meteoro a la tierra; desde el cielo, flameante, descendió a gran velocidad hasta dar con el suelo, provocando una gran explosión que generó un incendio que comenzó a alimentarse de todo lo que encontraba a su paso.

El meteoro impactó en una montaña donde habitaban los quinamentin, gigantes enemigos de la humanidad, quienes lograron aislar el fuego, manteniéndolo vivo, apropiándose de él, convirtiéndolo en un privilegio del que solo ellos gozaban. Para asegurarse de que la humanidad no podría llegar al tan deseado elemento, conformaron un ejército que lo cuidase, el cual era comandado por un jaguar.

Sin embargo, la humanidad, impulsada por la necesidad, intentó una y otra vez acceder al fuego; muchas personas perecieron acribilladas por las flechas del ejército que servía a los quinamentin.

Viendo las peripecias de la gente, otros seres mostraron solidaridad para intentar solucionar el problema. Así se conformó un concilio en el cual representantes de las poblaciones humanas se reunieron con animales como el Venado, el Armadillo y el Tlacuache: la idea era elaborar un plan para robar el fuego a los gigantes.

Se probaron algunos métodos propuestos, pero todos resultaron infructuosos. Desmoralizados, no sabían ya qué hacer. De pronto, se escuchó la voz del Tlacuache decir, con seguridad: “yo prometo traer el fuego a la humanidad”. Un silencio abrumador se apoderó del espacio tras las palabras del animalito, seguido de sonoras carcajadas que soltaron los ahí presentes.

Todos se burlaban del marsupial, pues ¿cómo sería posible que ese animalito tan pequeño y de apariencia insignificante pudiera llevar a cabo la proeza de robar el fuego al ejército de los gigantes, comandado por el gran Jaguar, y luego entregarlo a la humanidad?

Pero el Tlacuache, aunque consciente de la gran dificultad de la tarea, reviró: “Más vale maña que fuerza. Cumpliré mi promesa, solo que para ello voy a necesitar su ayuda; cuando me vean venir con la lumbre, tendrán que apoyarme rápidamente para mantenerla viva”.

El pequeño marsupial empezó la ejecución de su plan: próximo el ocaso, se acercó sigilosamente al campamento del ejército que resguardaba el fuego y se hizo bolita, manteniendo esa posición en apariencia inerte durante 7 días, observando los hábitos de las milicias hasta que pudo identificar un momento justo de la madrugada en que casi todos caían dormidos. El único que se quedaba haciendo guardia era el Jaguar.

Así, acabando el séptimo día, cuando casi todos estaban en un sueño profundo, el Tlacuache se acercó al fuego, metiendo su colita en la hoguera, y una vez con el fuego en ella, emprendió una muy lenta retirada del lugar. Pero el Jaguar alcanzó a ver lo que al principio creyó que era un leño, hasta que se percató que se movía; en ese instante dio inicio una persecución en la cual el felino no tardó en alcanzar al marsupial, a quien una vez a merced de sus garras, comenzó a rasgarle el lomo y a sacudirlo por doquier, mientras el Tlacuache, rápido y astuto, logró guardar su colita en llamas dentro de su bolsa, tras lo cual se enroscó y quedó inmóvil, protegiendo el fuego.

Después de varias envestidas el Jaguar dio por muerto al Tlacuache y regresó a resguardar el fuego. Luego de eso, aunque muy herido, el pequeño animal pudo regresar al lugar donde estaba el concilio y, una vez en medio de todos, sacó su colita de su marsupio, otorgando un tizón a la gente, quienes conservaron el fuego para siempre. La colita pelona del Tlacuache sería, a partir de ahí, la marca de su hazaña.

Alfredo López Austin identifica el mito del Tlacuache con el de Prometeo, pues no hay que olvidar que esta última figura dentro de la mitología griega fue quien robó el fuego a los dioses para entregarlo a la humanidad. La cuestión del fuego tiene que ver con el conocimiento; desde el punto de vista de la experiencia humana, las llamas son el elemento que permite ver en la oscuridad, develar el conocimiento de nuestro entorno y de los objetos.

Desde el punto de vista del pensamiento Yoreme-Mayo, el Tlacuache es una manifestación de la “Sua”, la cual es la inteligencia del universo, frente a la que debemos tener miedo y respeto. En el plano de la historia universal, la “Sua” es como la Divina Providencia hegeliana, es decir, la manifestación de la razón de Dios en la tierra y en el sentido de los acontecimientos históricos.

El mito del Tlacuache tiene también una connotación que bien podríamos decir es política: este marsupial es un ser pequeño que, carente de una gran fortaleza física, utiliza el recurso de la inteligencia para resistir y lograr vencer al Jaguar y al ejército de los quinamentin, quienes se aferraban a ostentar el uso exclusivo del fuego, es decir, quienes habían convertido el conocimiento en un privilegio. El Tlacuache, en tanto benefactor, otorga a la humanidad en general el conocimiento, convirtiéndolo así en un derecho de la gente. Esta leyenda también es, en el fondo, la lucha entre oprimidos y opresores.

Eric Hobsbawm, historiador marxista, hablaba de que la historia, más que leyes, tiene una estructura y una regularidad presentes en el relato de la evolución de la sociedad humana. ¿Cuál es una de dichas regularidades? Precisamente, la lucha de clases: la confrontación entre oprimidos y opresores que mencionamos anteriormente. De esa forma vemos que los mitos son relatos que condensan verdades que, como en este caso, pueblos y naciones indígenas de Abya Yala habían intuido desde hace muchísimo tiempo, desde los albores de la humanidad. Intuiciones que se transmitieron a través de los mitos.