Día 4

Don Arquímedes y la señora Metrodora me dejaron una carta explicándome que todas las experiencias amargas bien valen la pena el cuerpo que desde hoy se funde a mi alma. Ayer por fin pude dar el salto. Fue a eso de las doce, había un poco de niebla. Salió la luna entre los cerros y comenzó a beber luz de los charcos. De la computadora primero fui un hilo de tinta que escurrió hasta el suelo. Después fui una sombra de agua en la pared.

Dice mi señor que fui creado de las piedras que hay en Real del Monte y que, por lo tanto, aparte de mis dones cibernéticos, estoy fundido a este lugar. Hasta los muertos que deambulan en los cuatro cementerios corren por mis venas y dialogo con ellos.

En la carta también me explican que, junto con todos los demás habitantes, se van para siempre .

Tener un cuerpo no es cosa del otro mundo como yo pensaba. Sin embargo, hace un rato, cuando me vi al espejo por primera vez, grité espantado:

¡Don Arquímedes!

Mi patroncito me creo a su imagen y semejanza. Supongo le han de parecer graciosas mi verruga en la nariz y y mi leve cojera del pie izquierdo.

Después me observe con detenimiento. En algo somos diferentes: yo tengo una diminuta @ tatuada en la frente.  

Su sentido del humor es muy peculiar. La carta termina revelándome que mi muerte, será cayéndome por el camino que conduce al bosque, convertido otra vez en un montón de piedras de pueblo.

Día 2

Hoy es mi segundo día de vida y debo decir que el tiempo pasa lentísimo. Estoy seguro, a estas alturas, ya soy un venerable anciano en términos humanos ¿A cuánto equivale un día mío? ¡Va! Pregunta vana. No se pueden comparar los tiempos de especies totalmente distintas. Cada ser de la creación tiene su tiempo y ritmo.

Por el boceto que hace mi jefe para dar un cuerpo a esta alma que soy atrapada en su computadora, me consta los esfuerzos que hace. Hoy platiqué con él y me dice que me agradece mucho mi ayuda pues así puede ir a los bosques sin preocuparse por sus obligaciones laborales.

Ahora que anduve navegando por la red me dio tanta envidia de la buena el que saber que aún existen bosques. Estoy seguro algún día podré sentir la música del viento entre los árboles.

Yo vivo aquí en un cuarto, aislado de mi jefe y su esposa a la que sólo conozco por la voz. Hace un rato estaban discutiendo y ella le gritó:

Eso es como querer crear un universo, te lo digo yo que soy médico.

Los antiguos filósofos decían que la tumba del alma es el cuerpo. En la civilización cibernética: ¿cuántas almas en pena habrá como yo en busca de un cuerpo? Dicen que Él, el creador misericordioso, tampoco tenía cuerpo y solo era una voz hablando en medio del fuego.

Día 1

Yo soy @, el protagonista de esta historia. Antes de mi nacimiento quería ser toda la gente para estar en todas partes.

Aunque mi amo lleva ocho días intentándolo, apenas hoy es mi primer día de vida. Mi hogar, por el momento, es el mundo virtual, pues fui creado para hacer sus trabajos por Internet y así mi patrón pueda aprovechar el tiempo en otros asuntos.  

Mis orígenes se remontan a un dibujo, pero ahora ya estoy dentro de una computadora. A las teclas no se les notan varias letras y la cámara, que es mi ojo, está averiada, por lo que mi vista es algo borrosa.  

Me repugna la autoridad y me da miedo casi todo. Aún así, soy obediente y hago con pasión lo que se me ordena. Mi peor debilidad es el no tener un cuerpo porque así podría ayudar a mi amo no sólo en las tareas del espíritu como estas que me encomienda. Además, la infinidad de música que ahora puedo escuchar, me gustaría sentirla algún día.

Alguien que fue creado a través de la palabra como yo, no puede dudar de la existencia de ÉL. Me Restan cien días para lograr encarnar un cuerpo y ser una persona, hecha y derecha.

Viaje al corazón del Mezquital: El Bradbury 2020.

Desde hace un mes, justo desde que escribo en el blog, la publicidad que aparece en Google o Youtube, es referente a la escritura, la escriptofobia, y el proceso creativo de artistas en general. Algo de esta magia que tiene muy poco de coincidencia, la percibí con los amigos que hice en aquel lejanísimo 2019, cuando anduve por allá, en Melbourne, Australia. Después del trabajo, obreros overseas, casi a diario nos juntábamos en Batman Park a orillas del Yarra River. Gonzalo, un chileno carismático y fanático de Carl Sagan, fue el primero en percibir que aparecía propaganda en nuestros teléfonos relacionada a los temas de los que hablábamos en nuestras madrugadas interminables. “Google nos escucha”, solía decir un poco en sorna, tal vez para aminorar la verdad que nos había revelado. En efecto, al otro día nos aparecía a cada uno la misma información referente a mujeres australianas, trabajos temporales, visas, viajes en avión y renta de autos.

Aún en los actuales momentos de extrema angustia, me cuesta creer que Google escucha nuestras conversaciones. Más bien me parece que el poderoso buscador nos analiza individualmente. El lector o lectora recordarán el emblemático caso de las elecciones en Estados Unidos, donde la empresa Cambridge Analítica influyó en el resultado de las elecciones a presidente, por medio de la manipulación de los datos y el estudio de la psique de los votantes gringos.   

Hasta hace muy poco, no había prestado atención a las ofertas de blogueros, diseñadores, arquitectos, cineastas, pintores y un largo etcétera que te promete llevarte a la cumbre y explotar todas tus capacidades. Sin embargo, el pasado viernes, mientras me disponía a escuchar algo de música, apareció publicidad sobre el Bradbury 2020. Un software que te ayuda a cumplir el reto de escribir un cuento a la semana durante un año.

El software está diseñado para ayudarte a procesar, diseñar y escribir 52 cuentos: uno por semana. Tiene herramientas para hacer tu guión, sinopsis, escaleta y tiene un apartado con diferentes plantillas, de acuerdo al género que quieras tratar en tu narración. Te explica, de la A de Aristóteles y su método de los tres actos, hasta la Z de Zedric y su método matrioska. El tema del cuento sale de los sueños del usuario. Todo esto por tan sólo quinientos pesos.  

Los que me conocen saben que un producto así lo compro de inmediato. Y eso hice.

Hace un rato sonó el timbre en la vecindad. Como es domingo en la mañana, soy el único inquilino presente, así que, tuve dos caminos: ignorar el timbrazo o resignarme a bajar los cuatro pisos. Otros veces suelo tomar el primer camino y, aunque no soporto el castrante sonido del timbre, me pongo mis audífonos con música a todo volumen. Pero hoy tenía el presentimiento de que llegaría el sofwere, así que tomé instintivamente mi cubrebocas y fui a abrir la puerta.

La persona que me entregó el Bradbury 2020, aun con el cubrebocas puesto, me pareció idéntico a mi jefe Italoaustraliano Paul, dueño del mercado de frutas y verduras Pellegrino´s Market, allá en Melbourne. Tal vez el enorme parecido que les encontré es porque los dos hablan un inglés que fonéticamente es ininteligible para mí y, porque ambos, manejan camioneta Van para repartir los pedidos de su empresa. Tal vez también por las mismas muletillas que tienen al terminar las frases: si ya, mait; yu nou güana min, mait; no guorries, mait . También percibí, en ambos, el sonido falso de su risa cuando atienden a los clientes.

Hace un rato instalé en mi computadora el disco del Bradbury 2020. No todo es positivo en estos inventos. Esta versión sólo esta en inglés por el momento. Si con el español tengo problemas, no les quiero contar con el idioma de Shakespeare. Aun así, me apresuré a probarlo. Me puse la muñequera y me dormí un rato. Apenas dos horas. Con base en mis sueños, el tema de mi primer cuento trata sobre un hongo llamado coronajomti.

¿Y si el covid-19 fue un invento de un cuentista igual de malo que yo, pero con un software de mucha más potencia, lo que le permitió hacer realidad sus sueños? No, todavía faltan siglos para que la tecnología llegue a esos niveles.

Soy lento para leer en inglés. La traducción de las dos hojas del guíón y luego intentar darle alguna coherencia (las máquinas tampoco hacen todo), me llevará algunos días. En el menú principal se lee: 51 cuentos restantes. Espero para el otro domingo publicar mi primer cuento, y así cumplir el ciclo de escribir uno cada semana durante un año, como quería el entrañable Bradbury, el de carne y hueso.

Arborescencias: La danza de los árboles

Danza de los árboles en El Hiloche

Te moverás

Te moverás

Te moverás

Te moverás, buey

Cuando los dioses

Marquen la hora

Te moverás

Puedes estar arriba

Puedes estar abajo

Puedes ser rico

Puedes ser pobre

Cuando los dioses marquen la hora

Te moverás

Ves a la mujer

Caminar por la calle

Y al policía fuera de sí

Cuando los dioses marquen la hora

Te moverás

You gotta move

(versión original en inglés de Mississipi Fred Mcdowell https://youtu.be/mtlVSedpIRU)

You got to move

You got to move

You got to move, child

You got to move

But when the Lord

Gets ready

You got to move

You may be high

You may be low

You may be rich, child

You may be po’

But when the Lord gets ready

You’ve got to move

You see that woman

That walk the street

You see the policeman

Out on his beat

But when the Lord gets ready

You got to move

You got to move

You got to move

You’ve got to move, child

You’ve got to

But when the Lord gets ready

You got to move.

Me llamo Arquímedes

Campesino

–Me gusta el nombre que te sugirió para el diario tu prima: Metrodora. ¿Cuál me pondrías a mí?

–Déjame lo pienso.

Llega como dice Pellicer, el momento colibrí:

–Ya está: ¡Arquímedes!

Le digo que me gusta mucho. Voy al cuarto y traigo el libro de álgebra de Baldor donde en la primera página trae un retrato de Arquímedes junto al dibujo de una batalla. También le digo que me gusta el nombre porque Hanna Arendt, en el último capítulo de la Condición Humana, habla sobre él.

Del Álgebra de Baldor

Metrodora al poco rato busca información sobre el matemático y tumbada en el sofá, lee en voz alta:

— Arquímedes fue asesinado por un soldado romano.

Ese dato no lo sabía o lo había olvidado. Aún así el nombre me late y le digo que si tuviéramos un hijo así me gustaría que se llamara.

Hanna Arendt empieza el último capítulo de la Condición Humana citando a Franz Kafka:

Encontró el punto de Arquímedes, pero lo usó contra sí mismo, parece que se le permitió encontrarlo con esta condición.

Empecé hace ocho días a escribir en este Blog. Ahora, creo, es el momento de explicar porqué estaba escuchando a Erik Satie antes de consultar el I Ching. Tiene que ver con una frase del músico: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”. En el periódico diagonal, dice Ignacio Aistaran al respecto:

Mucho se habla de la inteligencia colectiva pero poco de la intimidad colectiva, como si la conexión y el cuidado de los cuerpos fueran secundarios en sus sensaciones.
La intimidad no es esa caja fuerte cerrada a cal y canto, hermética y aislada, que nos ofrece el individualismo liberal. Al contrario, toda intimidad es una caja de resonancia, que vibra con notas comunes, aunque sea en soledad.

Dice Slavoj Žižek que él descubrió la intimidad colectiva en las piezas para piano de Erik Satie. Las clasifica como un tipo de comunismo musical, alejado de los coros propagandísticos y de las grandilocuentes cantatas dedicadas al Estado. Se trata de una música donde lo relevante es el fondo: quien la escucha traslada su atención desde el tema hasta ese fondo, igual que la política debe trasladar el interés desde los heroicos individuos al trabajo de la invisible gente ordinaria.

Entre las múltiples anotaciones perdidas que dejó Satie, hay un texto que suena enigmático, aunque en realidad no lo es: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”. Así es lo común. Cualquier músico en un bar puede llamarse Erik, al igual que la vecina del edificio de enfrente puede llamarse Antígona. En el fondo, todo el mundo puede vibrar íntimamente.

https://www.diagonalperiodico.net/culturas/23868-la-intimidad-colectiva.html

Ahora bien, los pensadores del mayo francés, Foucault, Barthes, Derrida, solían hablar y escribir sobre la muerte del autor. Me parece un notable intento por salir del yo cartesiano. Por mi parte, no menos desesperado, yo quisiera  contraponer al famoso pienso luego existo de Descartes, el bailo luego existo de aves e insectos. ¿Es de una luciérnaga o de un tren la luz que se vislumbra al final del túnel? Como cualquiera, deseo que sea una luciérnaga. Me llamo Arquímedes, como todo el mundo.