El Hidalgo Bárbaro del siglo XXI: ejes de investigación.

Hace unos días leí en el periódico la crítica que un pintor hace a la literatura actual. Según él, la literatura aún espera su Marcel Duchamp. ¿Para qué componer cualquier cosa si ya todo está dicho? Si navegamos por un mar de información y conocimientos que nos agobian ¿es posible un mínimo de originalidad? Lo mejor sería, propone el pintor, realizar una obra a base de puro copy and paste tomando prestadas las infinitas obras y expresiones artísticas que circulan por la internet. “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros” dice Borges en un famoso prólogo.

Al lector, quisiera ahorrarle el viaje de las siguientes entregas, resumiendo en tres líneas la hipótesis básica de mi investigación:   

El pensamiento y la práctica de los intelectuales campesinos hñähñü es un modo de vida históricamente confrontado al capital como esencia de la sociedad capitalista.

En efecto, nada nuevo bajo el sol. Tú como yo, lector o lectora, te confrontas al capital de una u otra manera. La mayoría de las veces, la confrontación es de manera inconsciente y se expresa con altas dosis de violencia y enajenación. En eso, el modo de vida campesino hñähñü no se diferencia de lo que pasa en otros territorios. Al contrario, en el Valle del Mezquital son más intensas las violencias que nos agobian. Pero es precisamente por eso que su modo de vida, arraigado en una resistencia de larga duración, algo nos puede aportar a la comprensión de nuestra situación actual y escudriñar cómo sobrellevar la crisis civilizatoria en distintos ámbitos que van de lo económico a lo psicológico. De lo comunitario a lo individual.  

Nota 3

Tengo conmigo la versión del I Ching de Richard Wilhelm, con el prólogo de Jung y el poema que Borges le dedica. Es, creo, una de las ediciones más bellas traducidas al español. Sin embargo, para realizar mis consultas al I Ching, consultó el libro que me regalaron mis suegros. Es un libro más sencillo y manejable y no tiene la fisonomía de los libros sagrados.

Para mí el I Ching es un libro con el que tengo una amistad distinta a lo que me remite un libro como la Biblia. Hasta en mi trato cotidiano noto que el libro de las mutaciones no me suscita el horror sagrado que sí me provoca la Biblia. Anda por aquí y por allá, y entre sus páginas se percibe la mugre y las cenizas por la lectura constante. Tal vez porque es un libro de una cultura tan diferente a la mía, es que no me genera esa veneración.

¿De qué manera captar el instante? He reflexionando sobre la pregunta que le hice al I Ching. A la conclusión que llego es que hay veces se hacen buenas preguntas y hay veces que no. Me parece que esta no es una de las mejores que le he hecho. Como quiera, tengo que respetar lo que salió. Algo que me gusta del I Ching es que no excluye lo lúdico con tal de que se respeten las reglas del juego. La regla principal de este escrito es que interpretaría la respuesta minuciosamente.  Si como creo que este libro enseña, cada instante es la manifestación de la trascendencia en la inmanencia, podemos con suerte, encontrar a Dios que en las grietas acecha.

Ahora bien, la sincronización del tiempo que permite el I Ching, plantea el problema de la conjunción de dos o más sucesos aparentemente desconectados. La casualidad más que la causalidad que ha regido nuestra mentalidad occidental los últimos siglos. Es cierto que el I Ching contesta porque hay un ser humano que realiza una pregunta y por lo tanto ya hay una intencionalidad nada casual. Y, sin embargo, hay un sentido en el mundo que está más allá del sentido que le da quien pregunta. Sí, la respuesta del oráculo no puede excluir la individualidad, pero cuando uno abandona la esfera del ego se alcanzan mayores niveles de comprensión de algo parecido a lo que Jung llamó inconsciente colectivo.

Si en el instante se conjugan cada uno de los sucesos del tiempo y cada uno de los puntos en el espacio, es tarea imposible captarlo. Al consultar el I Ching, ante esa vorágine en la imaginación de quien consulta, acota el instante a dos hexagramas que se complementan. En este caso ¿Cómo acercarnos a una interpretación? Tal vez sea conveniente empezar por la interpretación de las imágenes. La imagen de El Pozo, el hexagrama dominante, es: “un cubo en un pozo con la cuerda rota impide beber”, mientras que la del hexagrama complementario, La Evolución, es: “El viento mueve las hojas de un árbol que crece en la montaña”.

¿Qué simboliza la cuerda rota? En primera instancia, nos plantea el carácter de lo inefable del instante, de ahí su relación con el fenómeno poético. ¿Quién en realidad puede explicarlo? Oh, instante, eras tan bello, dice un verso que no me acuerdo ahorita dónde leí.  También el pozo nos remite al alma interior.

Por su parte, la imagen del segundo hexagrama, un leve movimiento y fluir en la quietud. Desde luego que esa no es la imagen que el pensamiento occidental ofrece cuando se habla de evolución. Seguro estas diferencias implican un problema de traducción. Aún así, el árbol, es el símbolo de la maduración lenta, más allá de los tiempos humanos. Sobre todo, cuando crece en la montaña, símbolo de lo sagrado en distintas religiones.

Finalmente, algo que he descubierto cuando me pongo a escribir, es que las palabras toman un rumbo que muchas veces uno no les quiere dar. Es como entrar a un túnel del cuál no sé hacia dónde voy a salir. La mayoría de las veces me topo con pared y el intento se malogra. Otras veces salgo a un claro donde hay un pozo con un cubo sin cuerda. Me asomo y están las constelaciones y la luna que tiembla en el agua que no puedo beber. También el pozo refleja mi sombra.

No logró explicarme del todo porque hace unos días escribí sobre mi lectura de la Divina Comedia para presentar mi interpretación de un instante con la ayuda del I Ching. Hoy encuentro una coincidencia. El viaje de Dante empieza en medio de la selva oscura. Él sí desciende al pozo y encuentra la naturaleza divina que hay en cada uno. También encuentra la bestialidad que nos habita. Al final, el amor lo redime.

Fue un trece de enero que empecé estas notas. Un día después de que terminaran las cabañuelas. La intención es compartir reflexiones en torno a los tiempos que vivimos. La forma del pozo en la antigua China, dice la explicación del rey Wen, era siempre la misma y no cambiaba. Así son las verdades profundas. Amor, Amistad, Muerte, Guerra, Vida, Alma, Espíritu, Dios, son algunas de las palabras que utilizamos para nombrar esas verdades inmutables. Lo difícil es trasmitirlas desde la experiencia personal y concreta y hacerlas una experiencia compartida. Espero lentamente, como él árbol que crece en la montaña, lograrlo. Por hoy, espero haber trasmitido la importancia de acotar en un par de imágenes, el vértigo infinito del instante.        

El Hidalgo Bárbaro: El IDELE como actor

Llegué al Valle del Mezquital en diciembre de 2011. En ese tiempo ya había ingresado al posgrado, pero no sabía bien a bien en qué lugar específico realizar mi trabajo de investigación. Por ello le pedí ayuda a un profesor de la universidad que colabora hasta la fecha en una red de organizaciones civiles de Hidalgo. Además de que me invitó a conocer las experiencias organizativas, me invitó a conformar el Instituto de Desarrollo Local y Educación (IDELE) con el objetivo de realizar acciones desde la experiencia con grupos subalternos tanto rurales como urbanos. De inmediato acepté. En ese tiempo, la red realizaba un proyecto de sistematización con estudiantes y profesores de la carrera en psicología social de la UAM Xochimilco. Así fue, después de visitar otros lugares, que llegué por primera vez como investigador al suroeste del Valle del Mezquital, una de las regiones más contaminadas del mundo.

Aún hoy, cuando le rasco a la memoria, trato de explicarme porque me quedé en una región que contrastaba tanto con las idealizaciones que tenía sobre el mundo rural. Y es que, si bien desde mi infancia había visitado constantemente esta parte del Valle, nunca me imaginé que, la región más industrializada del estado, guardara aún secretos profundos y testimonios vivos del pasado milenario de la gran Tula. Para llegar al corazón del Mezquital faltaban aún algunos meses. Sin embargo, me quedé porque ya había aceptado integrarme al IDELE y de los primeros trabajos que realizamos fueron con organizaciones civiles de esta región con el fin de incidir en la toma de decisiones por la instalación de una nueva refinería y otros megaproyectos que se anunciaban. Así, se abría la posibilidad, por primera vez, de poner en práctica nuestro objetivo central que es hasta la fecha, impulsar proyectos de desarrollo local comunitario desde una perspectiva educativa emancipadora.

Ahora bien, no todos en el IDELE son fervorosos del mundo rural. Además, en los últimos dos o tres años, la organización a sufrido un severo desgaste que la ha llevado apunto de desaparecer y, de hecho, lo poco que se sigue haciendo se enfoca al trabajo con grupos en las ciudades, principalmente la capital Pachuca. Por lo tanto, en la presente sistematización me voy a enfocar al par de investigaciones que realicé del año 2011 hasta fines del año 2017 en lo que llamo el corazón verde en la comunidad de San Ildefonso Chantepec en la parte sur, y el corazón seco en el municipio Santiago de Anaya en la parte norte del Mezquital. Esto me permitirá generar un debate sobre la importancia que tiene la polifonía de voces y prácticas campesinas e indígenas que a lo largo de ese tiempo pude recabar y que, me parece, contribuyen a comprender las propuestas de organización que ofrecen para otros grupos sociales o individuos interesados en contar con estrategias de resistencia ante los cambios acelerados e inciertos que estamos experimentando.

En Hidalgo, en el mundo urbano, lo mismo que en otras partes del país, cuando a una persona se le habla sobre campesinos e indígenas, se suele tener una actitud de orgullo si se habla de tiempos lejanos y de despreció y racismo si se habla del campesino contemporáneo. Líneas arriba hice mención sobre la idealización bucólica, lo cual también es una forma de racismo, acaso más oculto. Lejos de esos arquetipos con los que se ha forjado y se forja el imaginario nacional, el campesino, los campesinos y campesinas de carne y hueso, cuando deciden organizarse y resistir, no sólo plantean una crítica profunda a la sociedad actual, sino que en sus acciones y pensamiento se columbra otro tipo de sociedad, más justa y respetuosa con la naturaleza y el ser humano.

En el caso del Valle del Mezquital, estos campesinos y campesinas están conformados en pequeños grupos que muy poco han podido hacer para detener la destrucción y el despojo de recursos y saberes que afectan e incluyen a la sociedad en su conjunto. Es más, muchas veces ni siquiera en los lugares donde viven han encontrado eco sus propuestas. Son apenas unos cuántos hombres y mujeres que luchan, como ellos dicen, por la herencia y fuerza que les dejaron los abuelos. Sin embargo, tal vez hoy, cuando ante el colapso civilizatorio es más difícil cerrar los ojos, aprender de ellos será una cuestión de simple sobrevivencia.   

El Hidalgo bárbaro del siglo XXI: el papel del intelectual campesino en tiempos posapocalípticos

Presentación

Estoy escribiendo en Real del Monte. La ventana de mi habitación mira hacia el cerro en cuya punta se encuentra el panteón inglés. Todos los días, detrás de ese cerro, se asoma el sol para bañar de luz al pueblo. También, algunas noches, se asoma la luna para desparramar sus deslumbramientos por las calles empedradas. Es, sin duda, la habitación con la mejor vista que he tenido en mi vida.

En otro escrito, llamé a mi habitación, el tabernáculo profano del caminante. Y es que el destino quiso que anduviera de un lugar a otro, muchas veces sin rumbo fijo, pero aprendiendo a viajar cada vez más ligero. En esos viajes, pocas cosas son las que me han acompañado. Aparte de algunos trebejos, sin unos cuantos libros, fotos y grabaciones de audio y video, los días hubiesen sido más difíciles. Algunas de esas partes de mi alma y mi taller ambulante son del corazón del Valle del Mezquital, una de las principales regiones indígenas del estado de Hidalgo.

Del 2011 al 2018, trabajé en una organización civil y estudié el posgrado en Desarrollo Rural, lo que me permitió adentrarme a ese corazón y conocer a intelectuales campesinos hñähñü. En la comunidad de San Ildefonso Chantepec, me vinculé principalmente con la Radio Comunitaria “Queremos seguir viviendo” y, en el municipio de Santiago de Anaya, me vinculé con el Movimiento Indígena Santiago de Anaya se vive y se defiende. Durante esos años, pude observar cómo los integrantes de estas organizaciones crean sus estrategias de desarrollo local.

Llevo algo de tiempo intentando ponerle orden a esa experiencia vivida. A lo más que he llegado es a completar un mamotreto de doscientas páginas sin pies ni cabeza. Creo es momento de irlo puliendo y publicarlo o me pasará lo que a don Alfonso Reyes le pasaba con los borradores: se me irá la vida entera dándole vueltas al asunto.

Los primeros días de enero, los campesinos e indígenas suelen hacer una lectura de los tiempos que vienen para el resto del año. Por lo visto, para este 2021 no se auguran buenas cosas. Desde hace décadas, a estos tiempos se les ha llamado de diversas maneras: tiempos interesantes, tiempos del despojo, tiempos de muerte y destrucción, tiempos de grandes transformaciones, tiempos locos, tiempos de pesadilla, tiempos turbulentos, tiempos obscuros. Ante la necesidad de organizar el pesimismo, sin por ello dejar de abrir una rendija por donde entre la luz, prefiero llamarlos tiempos posapocalípticos. Lo más seguro es que vayamos al abismo, pero siempre late la esperanza de que el paraíso esté a la vuelta de la esquina, debajo de los escombros. En este drama cósmico, individual y colectivo, una pregunta se nos impone: ¿Qué hay que hacer ante tal situación? Pregunta al mismo teórica y práctica, las siguientes entregas intentarán aproximar una respuesta desde la sistematización de la experiencia vivida en el Valle del Mezquital.    

La fogata en la montaña: notas sobre un instante

Nota 1: Presentación

Hoy, a eso de las tres de la tarde, Berenice se vacunó contra el coronavirus. Las reacciones que presentó en este primer día fueron una leve y breve hinchazón de las papilas gustativas, cansancio en todo el cuerpo y toda el alma y dolor en el brazo donde la inyectaron. Aunque estamos todavía a la expectativa, ya vemos una luciérnaga al final del túnel.

En los desquiciados tiempos de incertidumbre en los que estamos, tomar la decisión de vacunarse no fue fácil para ella. Hace unos días, leí en el periódico que más de la mitad de los franceses son escépticos ante la vacunación contra el bicho; el enemigo número uno como lo llamó el presidente Macron a inicios de la pandemia. Sospecho en México el índice de escepticismo de la población es parecido. Y no es para menos. Durante meses hemos sido bombardeados con información que lejos de orientarnos, acrecienta aún más el desasosiego y la penumbra. Además, en la comunidad científica no todo es consenso. Hay académicos de pensamiento crítico a los que suelo hacerles caso, los cuales plantean serias dudas ante el acelerado proceso de certificación de las primeras vacunas transgénicas que se aplicarán a miles de millones de seres humanos[1]. Por último y no menos importante, Berenice soñó en los primeros días de este año que la vacunaban. Después, en el mismo sueño ya vuelto pesadilla, preguntaba a sus conocidos si ellos se habían vacunado y le decían que no, pues era peligroso. Con todo eso en contra, hicimos juntos un balance muy pragmático ante los riesgos que tiene de infectarse en el hospital donde trabaja. También, como siempre que tomamos una decisión difícil, consultamos el I Ching o libro de las mutaciones. Al final se decidió que lo más conveniente era se vacunara y así lo hizo.

Momentos después de que Berenice entró al hospital a recibir la vacuna, recordé, por no se sabe qué fulgores del caprichoso pozo de la memoria, la famosa rima XXI de Gustavo Adolfo Bécquer:

Aunque Berenice no tiene la pupila azul y Bécquer es un poeta cursi, hoy estos versos me parecieron aún más verdaderos que antes. ¿Qué es la poesía? Es una pregunta eterna y sin embargo tan cercana e inmediata, como cuando dos personas se aman y se miran. Sinceramente se miran.  

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

En estos momentos, mientras divago por estas líneas, también vienen a mi memoria aquellos versos de don Leopoldo Lugones: fue una vaga congoja de dejarte/ lo que me hizo saber que te quería. En fin, todo esto para decir que la poesía no sirve si no es una entrega y una preocupación por el otro o la otra y también por lo Otro.     

Ahora bien, la pregunta sobre qué es la poesía fascina a cualquiera haya sentido por unos instantes el horror sagrado que produce el fenómeno poético. Pero con la poesía sucede lo mismo que decía San Agustín del tiempo. Si nadie pregunta lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Por ello me gustaría darle la vuelta a este cuestionamiento tan abstracto y enfocarme en uno más carnal y próximo: ¿Quién se interesa por la poesía?

Con esta pregunta acotó el problema tan amplio de lo poético a algo más concreto, pues la pregunta me incluye e incluye mis muy personales preocupaciones y mis muchas limitaciones. También incluye, al menos en parte, el momento histórico en el que vivo y por lo tanto espero algo de esas preocupaciones se comparta por algunos lectores actuales, los de la generación pandemia. los pandemials como dice un meme qu Por ello, he nombrado a estas breves notas, la fogata en la montaña: momentos de diálogo, cantos, cuentos y mito en torno a la poesía . Cuando algunos, la inmensa minoría como dijo Juan Ramón Jiménez, o la minoría silenciosa como dijo Fernando Arrabal en una borrachera happening que se trasmitió por televisión[2], cada vez más juntos, en torno a las brasas, se arrebujan obligados por el frío y la oscuridad.  


[1] Para un breve acercamiento a esta postura se puede consultar el siguiente artículo de Silvia Ribeiro en el diario la Jornada: https://www.jornada.com.mx/2020/09/12/opinion/019a1eco

[2] Un resumen de esa borrachera se puede ver en el siguiente video: https://youtu.be/5Vw09zDNv54

Me llamo Arquímedes

Campesino

–Me gusta el nombre que te sugirió para el diario tu prima: Metrodora. ¿Cuál me pondrías a mí?

–Déjame lo pienso.

Llega como dice Pellicer, el momento colibrí:

–Ya está: ¡Arquímedes!

Le digo que me gusta mucho. Voy al cuarto y traigo el libro de álgebra de Baldor donde en la primera página trae un retrato de Arquímedes junto al dibujo de una batalla. También le digo que me gusta el nombre porque Hanna Arendt, en el último capítulo de la Condición Humana, habla sobre él.

Del Álgebra de Baldor

Metrodora al poco rato busca información sobre el matemático y tumbada en el sofá, lee en voz alta:

— Arquímedes fue asesinado por un soldado romano.

Ese dato no lo sabía o lo había olvidado. Aún así el nombre me late y le digo que si tuviéramos un hijo así me gustaría que se llamara.

Hanna Arendt empieza el último capítulo de la Condición Humana citando a Franz Kafka:

Encontró el punto de Arquímedes, pero lo usó contra sí mismo, parece que se le permitió encontrarlo con esta condición.

Empecé hace ocho días a escribir en este Blog. Ahora, creo, es el momento de explicar porqué estaba escuchando a Erik Satie antes de consultar el I Ching. Tiene que ver con una frase del músico: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”. En el periódico diagonal, dice Ignacio Aistaran al respecto:

Mucho se habla de la inteligencia colectiva pero poco de la intimidad colectiva, como si la conexión y el cuidado de los cuerpos fueran secundarios en sus sensaciones.
La intimidad no es esa caja fuerte cerrada a cal y canto, hermética y aislada, que nos ofrece el individualismo liberal. Al contrario, toda intimidad es una caja de resonancia, que vibra con notas comunes, aunque sea en soledad.

Dice Slavoj Žižek que él descubrió la intimidad colectiva en las piezas para piano de Erik Satie. Las clasifica como un tipo de comunismo musical, alejado de los coros propagandísticos y de las grandilocuentes cantatas dedicadas al Estado. Se trata de una música donde lo relevante es el fondo: quien la escucha traslada su atención desde el tema hasta ese fondo, igual que la política debe trasladar el interés desde los heroicos individuos al trabajo de la invisible gente ordinaria.

Entre las múltiples anotaciones perdidas que dejó Satie, hay un texto que suena enigmático, aunque en realidad no lo es: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”. Así es lo común. Cualquier músico en un bar puede llamarse Erik, al igual que la vecina del edificio de enfrente puede llamarse Antígona. En el fondo, todo el mundo puede vibrar íntimamente.

https://www.diagonalperiodico.net/culturas/23868-la-intimidad-colectiva.html

Ahora bien, los pensadores del mayo francés, Foucault, Barthes, Derrida, solían hablar y escribir sobre la muerte del autor. Me parece un notable intento por salir del yo cartesiano. Por mi parte, no menos desesperado, yo quisiera  contraponer al famoso pienso luego existo de Descartes, el bailo luego existo de aves e insectos. ¿Es de una luciérnaga o de un tren la luz que se vislumbra al final del túnel? Como cualquiera, deseo que sea una luciérnaga. Me llamo Arquímedes, como todo el mundo.