El Tlacuache Citadino: Pueblos Cáhitas y sus petrograbados

*Norberto Soto Sánchez

** Guadalupe Espinoza Sauceda

Se desconoce el momento preciso en el que los primeros seres humanos llegaron al área geográfica que hoy es nombrada como el sur de Sonora y el norte de Sinaloa. Al presente, en esta región hay dos grandes valles sumamente fértiles: el del Mayo y el del río Fuerte. La región también goza de una gran diversidad biológica. Como dato de ello, el valle del río Fuerte destaca por ser el hábitat de la mayor variedad de especies de colibrí en el mundo entero. Esta riqueza biodiversa desde miles de años antes de Cristo convirtió al lugar en un sitio propicio para la vida humana. Hay indicios de presencia de bandas nómadas de la cultura Clovis que hace 14.000 años se dedicaban principalmente a la caza de mega fauna local como mamuts, caballos y -por sorprendente que pudiera leerse- camellos.

Trabajos como el de Elia Villalobos -doctora en Historia y arqueología marítima- nos hablan de hallazgos de restos de paquidermos del pleistoceno tardío en los municipios sinaloenses de Ahome, El Fuerte y Guamúchil (https://bit.ly/3i099Z2). De igual manera, exploraciones del arqueólogo Arturo Guevara encontraron puntas lanceoladas acanaladas parecidas a los tipos Clovis y Folsom en Sinaloa de Leyva, lo cual nos habla de estos lugares tienen, también, un tesoro de bienes culturales valiosísimos para la comprensión de la historia de la humanidad, pues los Clovis son una de las culturas más antiguas de Abya Yala (continente americano).

Por su parte, John Carpenter menciona que hay indicios de grupos yuto-aztecas tanto en la región del río Petatlán (hoy Sinaloa), como en la del Valle del río Fuerte, desde, al menos, la época del holoceno medio (5500-2500 a.C.). El inicio de dicho periodo se caracterizó por condiciones climatológicas en las que la temperatura presentó una elevación considerable en lo que hoy es el Estado de Sonora, región en la que habitaron múltiples grupalidades humanas proto yutoaztecas. Como resultado de estas variaciones ambientales, dichas poblaciones se dividen en al menos dos grupos: uno que se refugia en la al noroeste, en la “Gran Cuenca”, y otro que se traslada hacia el sur con distintos destinos, tanto en la Sierra Madre Occidental, como en la planicie costera del Sur de Sonora y el norte de Sinaloa.

El mismo autor refiere que a mediados de esta época, entre el 3600 y el 2000 a.C., fue la temporalidad en que se cree estas poblaciones reciben el maíz, aprendiendo su cultivo, estando fuertemente implicadas en el desarrollo de la raza Chapalote. Así mismo, se han encontrado indicios de que para 1200 y 1100 a.C., desarrollaron complejos canales de riego. Esta influencia agrícola en particular venía desde la zona del río Balsas en el Estado de Guerrero, encontrándose también en la región ubicada entre Colima y Jalisco, y en la planicie de Nayarit hasta llegar al norte de Sinaloa y sur de Sonora.

Carpenter señala que no hay duda de que los restos arqueológicos que han sido encontrados en la región del norte de Sinaloa pertenecen a los ancestros arqueobiológicos de los Yoreme; es la macro tradición arqueológica Cáhita que territorialmente abarcó la región entre los ríos Mocorito y Yaqui. Esta área geográfica se caracteriza por tener una gran cantidad de ríos y afluentes de agua. De sur a norte están el río Mocorito, río Sinaloa (antes Petatlán), el río Fuerte (antiguamente Cinario, Sinaloa o Zuaque), río Álamos (Cuchujaqui), río Mayo y río Yaqui.

Sinaloa en 1530 de acuerdo a Ortega Noriega, Sergio en Breve Historia de Sinaloa (1999)

Para el siglo XVI esta era una región con una densidad de población considerable tomando en cuenta la época y el contexto. En torno a esto, el padre Jesuita Andrés Pérez de Ribas, en su obra “Triunfos de nuestra santa fe entre gentes las más bárbaras, y fieras del nuevo orbe”, dijo:

“Es muchísima la gente que hay en estos pueblos, los cuales estarán en el río arriba dentro de 8 o 9 leguas… Están los tzois, los chínipas, los guazaparis y otros muchos. Abajo de los sinaloas… los tehuecos que deben ser otros tatos como los sinaloas… Debajo de los tehuecos están los chocaris, baroroes, y otros marítimos y a un lado los basirocos, grandes amigos de los tehuecos; y más abajo los suaques que es muchísima gente… Debajo están los ahomes y otros junto a la mar… cerca está una isla, dicen, muy poblada de gente…”.

Se habla de los yoremes-yaquis tenían unas sesenta u ochenta rancherías semi autónomas con una población, se calcula, de alrededor de 80,000 almas que en tiempos bélicos se organizaban para formar un gran ejército de guerreros que logró aplastar con facilidad a distintas milicias comandadas por Diego Martínez de Hurdaide en tres batallas entre 1606 y 1609  (https://bit.ly/3vw8G4V).  Se cree que la densidad poblacional en el lado del norte de Sinaloa era similar. Por su parte, la presencia humana en los territorios correspondientes a tahues (centro de Sinaloa) a finales del siglo XVI e inicios del XVII se estima de entre 60,000 y 70,000 almas, según datos del geógrafo e historiador Carl Sauer.

Hoy en día, los descendientes de los cáhitas prehispánicos se asumen cultural y étnicamente como yoreme-mayo, yoreme-yaqui y yoreme-guarijío o varojío. En la época prehispánica sus distintos pueblos fueron autónomos política pero no culturalmente como tal. A nivel lingüístico comparten la rama yuto-azteca como punto de origen.

Cuadro extraído del libro “La nación de los Sinaloas. Breve historia del pueblo de Baca.” de Guadalupe Espinoza Sauceda.

Desde el momento del contacto español, los núcleos poblacionales de los yoreme-mayo estaban conformados predominantemente por grupos de agricultores-pescadores, con minorías de cazadores-recolectores, distribuidos a orillas de los principales ríos y afluentes de agua, formaciones que, como se ha mencionado, eran aprovechadas para la construcción de canales de riego. Esa fue una de las razones por las cuales estos grupos cáhitas han sido considerados como los mesoamericanos más norteños, utilizando la categoría ‘Mesoamérica’ propuesta por Paul Kirchhoff en 1942. La región que habitaban se encontraba dentro de otra más general de nombre Aztatlán que contemplaba el Occidente de México, en lo que hoy son los estados de Nayarit, Colima, Sinaloa y Jalisco durante el periodo Epiclásico (850-1200 d.C.).

Precisamente, el aludido Sauer, en su libro “The Road to Cibola (El camino a Cíbola)”, sobre esta cuestión, refiere: “…durante la época colonial los términos Sinaloa y Nayarit tenían otras connotaciones. Es por ello que nos hemos remontado hasta el más antiguo término que se ha empleado para designar a la región, a saber, Aztatlán” (cursivas nuestras). A nivel de una categorización académica, Aztatlán ha sido definida como una región geográfica, un horizonte cerámico, un complejo cultural, un periodo cronológico e, incluso, como un sistema mercantil del occidente de México, según sostienen autores como el citado Carpenter y Julio Vicente (https://bit.ly/3u9FeA2).

Petrograbados y sitios de importancia arqueológica en el norte de Sinaloa

Aztatlán fue un vínculo cultural-ideológico-social entre el septentrión mesoamericano, los pueblos Cáhitas y las culturas noroccidentales. En tanto sistema mercantil, por ejemplo, evidencias arqueológicas encontradas en el sitio El Ombligo, Guasave, dan cuenta de que este fue un centro de intercambio comercial que era parte de una gran cadena de sitios interconectados que iban desde Cholula al actual suroeste de Estados Unidos. Dato curioso, a su llegada los españoles pudieron observar que a través de la planicie costera sinaloense era movilizada una gran cantidad de mercancías que incluían turquesa, cobre, concha, textiles de algodón, maíz y cueros, las cuales circulaban, al parecer, sin beneficiar a una economía controlada por ningún estado.

Lugares de importancia arqueológica son también el Cerro de la Máscara, muy cerca a la comunidad de La Galera, así como otro espacio aledaño al poblado de Ocolome, ambos en el Fuerte, Sinaloa. Son sitios donde se encuentran una gran cantidad de petrograbados. El primer lugar forma parte de una columna de peñascos y riscos de poca altura que se encuentran a lado del río. El segundo se encuentra justo frente al Cerro pero por la otra banda de la rivera. Un estudio muy serio llevado a cabo por los arqueólogos Julio Vicente, Guadalupe Sánchez y Lizete Mercado sostiene que estos trazos pertenecen a los Yoreme y sus ancestros arqueobiológicos, y que se realizaron en un periodo prolongado que va entre 500 años antes de Cristo hasta el momento de la llegada de los españoles a la región.

Estos investigadores hablan sobre el interesante debate que existe en torno a la cuestión de quiénes fueron los autores de los restos arqueológicos en comento:

 “El mito de que grupos humanos foráneos plasmaron los petrograbados en el Cerro de la Máscara se ha enraizado en la historiografía sinaloense y todavía varios historiadores sinaloenses creen en este mito… originalmente fue propuesto y sembrado por Eustaquio Buelna en 1876… Buelna también propuso que los Nahuatls fueron originarios de la Atlantida e identificó a Atlanta, Georgia, EUA, como un lugar original de los Mexicas, desde donde comenzaron su peregrinación… Buelna, en su afán de colocar a Sinaloa en la historia oficial mexicana, robó a los Yoremes su larga trayectoria histórica en la región atribuyendo los petrograbados y pinturas rupestres a grupos ajenos, siendo que los grabados fueron elaborados por los grupos ancestrales cáhita (en la actualidad Yoremes).”

El Cerro de la Máscara fue un espacio ritual de importancia pero al parecer no era para toda la gente y probablemente rituales chamanísticos de grupos selectos se realizaban ahí. Hasta hace poco, el total de los petrograbados encontrados en ese lugar y espacios aledaños era de alrededor de 300 distribuidos en 15 conjuntos.

Ubicación de los sitios arqueológicos aledaños a El Fuerte. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Imagen del conjunto “La Máscara” tomada del sitio web Sinaloa360, con algunas adecuaciones descriptivas

Conjunto de “El Ojo de Dios” en el Cerro de la Máscara. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Imagen del conjunto “Reina Diosa o Diosa Madre”. Fuente de la imagen: El complejo Cultural del Cerro de la Máscara: Estudios Arqueológicos y de Petrograbados en El Fuerte, Sinaloa. Carpenter et. Al. 2014

Es difícil elucidar el significado exacto de estos símbolos, con mayor razón si hay poca investigación al respecto, como en el caso de estos restos arqueológicos del norte de Sinaloa; aunque en general la entidad es rica en elementos históricos y culturales de este tipo, la indagación sobre ellos ha sido muy reducida, al igual que los esfuerzos por conservarlos, a pesar de que estos tesoros culturales son bienes que pertenecen no solo a los connacionales, sino a la totalidad de la humanidad. Recientemente fueron hallados petrograbados no registrados en algunas piedras que emergieron debido al drástico descenso en el nivel del agua de la presa Guillermo Blake Aguilar, también conocida como El Sabinal, en un espacio colindante con la zona rarámuri (tarahumara) del municipio de Sinaloa de Leyva (aunque territorialmente sigue siendo un lugar yoreme-mayo). No obstante, el carácter genuino de ellos solo puede confirmarse con los estudios pertinentes.

Fotografías del nuevo hallazgo de petrograbados en la presa El Sabinal, en Sinaloa de Leyva. Tomadas por Jorge Orduño.

Petrograbados de la cultura Anasazi en Sears Point, Arizona. Fuente: internet.

Empero, un detalle curioso es la aparición recurrente de espirales en vestigios de este tipo, que asemejan a la vida en el tiempo, es decir la cosmovisión cáhita, de cómo se entiende la vida y su medición espacio temporal, que es cíclico o circular, en forma de espiral, característica de los pueblos del Abya Yala, y que está muy presente también con los wirrárikas, nahuas, etc., y no lineal como la hace la cultura mestiza o de matriz dominante europea. Es otra forma de entender el cosmos.

Imaginemos por un momento el entorno en que los petrograbados fueron hechos. La mística que transmite la naturaleza del contexto en la ausencia total de iluminación urbana. Ahí es posible observar a simple vista unas pinceladas del “Centro Galáctico” de la Vía Láctea; esa concentración de estrellas que forma una diagonal brillante en el cielo nocturno. Se perciben los astros con una nitidez insospechada para quienes no han tenido la oportunidad de vivir eso. Hace cientos, hasta miles de años, los yoremes que hicieron los petrograbados observaban prácticamente el mismo cielo, pues para los parámetros cronológicos del universo la temporalidad que va desde que estos trazos fueron hechos hasta el día de hoy es apenas un parpadeo.

José Saramago, en su bella novela titulada “El Evangelio Según Jesucristo” señala que un desierto va emergiendo conforme la presencia humana va desapareciendo; evidentemente Saramago no se refiere al desierto en tanto ecosistema, sino a una experiencia. Si al ocultarse el sol uno se adentra a los cerros del territorio yoreme en soledad o con poca compañía humana, se encontrará con el espíritu del monte y la naturaleza, al cual los yoremes llaman Juyya Annia. Esa aproximación provoca que las ideas del alma dancen con una libertad incontrolable; una voluntad de lo inconsciente que se manifiesta en momentáneos delirios y alucinaciones tanto lingüísticos, como acústicos y visuales. Es una inspiración sublime, no un estado psicótico. Algo semejante al trance de la danza al ritmo del tambor yoreme (https://bit.ly/3z8Oqsn). A nivel psicológico, circulan los eslabones de una cadena significante (en el sentido del psicoanálisis lacaniano) que tienen su punto de origen en los momentos míticos en que inició la capacidad simbólica de la humanidad, es decir, en que comenzó el lenguaje. Por ello algunos pueblos asociaron desde la antigüedad el desierto con cierta forma de locura. Respetaban y temían el enloquecimiento, sabiendo también reconocer lucidez en algunos de sus avatares.

Los petrograbados, de alguna forma, son producto de esa inspiración y esa lucidez que transmite la experiencia del contacto con Juyya Annia. Es sumamente importante su preservación y estudio.

El Tlacuache Citadino: Los Camanteopos en la cosmovisión Yoreme

LOS CAMANTEOPOS EN LA COSMOVISIÓN YOREME

Por Luis Espinoza Sauceda

Por pláticas, imagino que los camanteopos son lugares cavernosos o cuevas profundas insertadas en los acantilados, donde los pascolas se consagraban. Una especie de ombligo de la tierra. Pero no solo así como lugar desprovisto de espíritu, muerto, sino que se entiende habitado por una especie de creador para la aquiescencia al pascola con todos los retos que implicaba. También tiene la denominación de lugar del encantamiento, en una versión más castellana.

Indagar en la etimología de camanteopo es no tener suerte, no encontrar nada que aporte luz al esclarecimiento de esta palabra o al origen de la misma. Se pueden tener muchas vicisitudes, incluso pensar que no existe, o en el peor de los casos negarla, como les ha pasado a los indios de este país, una cultura negada a pesar de que sus expresiones sean tan persistentes y trascendentes en la identidad de los pueblos.

Mario Gill en el libro “La Conquista del Valle del Fuerte”, cita a Fray Andrés Pérez de Ribas, quien escribe “…Era Sinaloa una selva de fieras y una cueva de los demonios, donde habitaban millares de hechiceros. Era un monte espeso de breñas, un eriazo donde no nacía planta que diese fruto, sino espinas y abrojos. Era peor que un Egipto, cubierto de tinieblas palpables…”. Evidentemente el pasmo del jesuita a su paso es incontrolable; más que un choque por las condiciones agrestes del territorio, se percibe un desafío espiritual que circunda lo que escribe. Además, ¿por qué compararlo con Egipto y no algo más asequible? ¿Acaso se refería con esto a la magia de los yoremes y prácticas distintas a los rituales católicos por demás conocidos? ¿O simplemente era una simple alusión a los pueblos asentados a las orillas de los ríos?

Esa aseveración evidencia el choque de dos culturas o civilizaciones, donde la europea golpea en el corazón de la cosmovisión de los nativos, quienes no tenían dios ni señores que influyeran de manera decisiva en su comportamiento. Sus prácticas religiosas de orden totémica están ejemplificadas en la danza del venado o, en su caso, en la alegoría a los animales de la región en el baile de los pascolas.

El camanteopo ofrece un acercamiento a través de las vivencias que lo sitúan en el pensamiento colectivo como un ente concreto que ofrece una versión y, posiblemente, habrá más. Cuentan, en una ocasión un vaquero se perdió en el rumbo de Papariqui, en las proximidades del río Fuerte; los cerros le escondieron el sol cuando sin percatarse buscaba la vereda que lo llevó hasta ahí. Daba vueltas y vueltas entre breñas y piedras blancas, más blancas de lo común, como si poseyeran luz propia. Ensimismado reaccionó cuando el viento le trajo el cantar de invisibles millares de pájaros, los sentía arremolinarse sobre su silueta, hasta creía verlos de todos los tamaños y variopintos. El instante de la desesperación y el deseo mismo lo alentaba a quedarse en la lóbrega tarde a contemplar los pajarillos de un cantar exuberante y piadoso, una utopía que se sentía en el lugar. Un ambiente de misericordia y guerra se complacía con su presencia y un telúrico regurgitar de música de instrumentos variados seducían e invitaban al enigma; eso lo volvió un hombre cobarde. Desde luego, experimentó sentimiento de miedo inconfesable que no se resiste en los pies, y sin importar llegar con la camisa desagarrada y que le preguntaran por el sombrero, prefirió irse y contarlo.

Las naciones indígenas tenían sus centros ceremoniales, que eran como las conocemos ahora enramadas de varas, pero el lugar en que se realizaba el rito de iniciación era en los camanteopos, lo que factiblemente podría representar el inframundo, donde se supone que se encontraban con el otro o quien les daba la confirmación en la práctica terrenal. Ahora se cree que son cuevas donde habita el diablo, como una forma de infundir el miedo o el desprecio. Lo refieren como algo malo, pero en el fondo lo que se ataca es la cosmovisión india.

Se dice que no hubo pascola reconocido en el pueblo de Baca sin antes haber entrado al camanteopo. Vienen al caso Toribio Valenzuela y Juan Botas, últimas generaciones recordadas. Seguramente hubo muchos más. Sin embargo, se discurre en ellas porque ineludiblemente es el pasado de las fiestas religiosas, con el que se acercaron al ramadón para vivir momentos que desafortunadamente no sabemos si volverán. Pero todavía peor, es la gloria negada de esa posibilidad de expresión a tal magnitud.

Es paradójico narrar una práctica irrenunciable en el pasado de una nación para volver sus fiestas religiosas más floridas y provistas de magia, cuando en el presente se ha abandonado esa expresión, aunque a lo mejor se siga practicando lejos de las miradas ajenas. No todo muere o sucumbe al miedo ¿o sí?