Día 24

Cuando abrí la puerta don Fili estaba pálido y temblaba.

   Hijo, la niebla nos invade y aún no has terminado la muralla.

   Ya mero la termino don Fili, no se apure.

   Es ahora o nunca.

   A más tardar en un mes estará lista.

   Tú no entiendes.

   La verdad no.

   Te vas a sacrificar por nosotros.

Don Fili me espera en la sala para irnos a los límites del bosque, allá en la parte donde salió hoy el padre sol antes de que todo se lo tragara la niebla y empezara a llover como nunca. Él se va a encargar de aventarme con la esperanza de que, al caer, mi cuerpo se convierta en la parte faltante de la muralla.

Lamento no despedirme de doña Bauci ni de los demás sobrevivientes.

Les dejo este breve diario como testimonio.

Deseo de corazón haber contribuido a la salvación de la humanidad.

Día 23

Vino a la casa Yasmín y entre otras muchas cosas que no vienen al caso, me dijo:

   No tarda en llegar la gente de San Pedro. Los demás llegan mañana, están arrejuntados en el cerro de Tlaquilpan.    

Estaba en lo alto de la montaña y escondido entre los árboles vi llegar a doña Leonila y su familia en una carreta espaciosa.  A esa hora de la tarde sin nubes, las cosas toman un color a mármol rosado, por eso la bandera con la media luna estampada era del mismo color que el horizonte. La traían como estandarte sujetada de un mástil con algunas ramas de encino. Las riendas de las dos mulas las sujetaba doña Leonila, blanca como la nieve y muy arrugada de la piel. A su lado don Pedro tocaba la guitarra, moreno y con el pelo crespo apenas dibujándosele algunas canas. En la parte trasera venían sus once hijos. Hombres y mujeres mozos sentados al rededor de una mesa larga comían con desesperación.

Pasa de la medianoche y no ha parado el griterío y el barullo en el pueblo. En todo el santo día no cayó una gota de lluvia. Ese raro fenómeno no ocurría desde hace más de un siglo.  

Día 22

Todavía no amanecía cuando nos fuimos a la milpa a juntar los últimos vestigios de la cosecha. Era esa hora cuando el más mínimo ruido se escucha con una nostalgia donde las cosas quieren decirnos sus secretos. Ahí íbamos, escuchando el eco del trotar de las mulas y la carreta retumbando por las calles como aflojando los recuerdos de épocas menos solitarias.  

    Hace muchos años andaba por todititos los pueblos de la región, en las ferias y mercados, vendiendo libros de renombrados poetas, antropólogos e historiadores hñähñü. De pasada colaba los libros sobre mis andanzas y retazos de la historia de Tezoantla.

     A mí igual me gusta escribir don Fili, aunque parezca absurdo hacerlo en esta situación.

     Yo todavía me acuerdo que se lo escuché a un viejito, él nos contaba que los abuelos más antiguos ponían fogatas en noches inolvidables y contaban historias que se pasaban de generación en generación. Después vinieron terribles catástrofes y calamidades y los pocos que quedamos, enmudecimos. Ya nadie supo ni tuvo ganas de contar esas historias. Como que nos agarró una epidemia de apatía…Pero algo hemos recuperado.  

   Oiga don Fili, en su libro el Quince Uñas dice usted empezó a escribir después que se accidentó.  

Después de seis años de ese terrible día, se animó a escribir sus relatos. Empezó el día de navidad. Era una tarde tranquila y solitaria. Entonces fue cuando doña Fili le propuso que cada quien escribiera una historia. El relato de ella versaba sobre ángeles y demonios.  Don Fili se animó con el primer relato que versaba sobre tres compadres que se roban un pollo después de hacer faena.  El juego llegó a su fin apenas comenzó y no se volvieron a juntar para escribir pues a doña Bauci no le gustó rascarle a la dolorosa memoria; sólo don Fili continuó ante la imperiosa necesidad de escribir: las palabras empezaron a fluir sin rebuscamientos. En un principio las narraciones sólo circularon entre familiares, empezaron a fluir los recuerdos y las memorias compartidas. Después se volvió famoso y reconocido en la región y la gente que había leído el primer volumen le pedía más historias. Entonces publicó un segundo volumen de narraciones surgidas de su propia invención.

A partir del accidente, me cuenta, dejó su ateísmo furibundo y se acercó a Dios. Al encontrarse de frente a la muerte, le pidió sanarse. Y al sanarse, empezó a leer la Biblia y empezó a encontrar muchas verdades. Me citó el Génesis: el espíritu de Dios movía las aguas.

   ¿Y no teme algún castigo divino por hacer Uemas?

    El hñähñü no tiene ídolos: nuestros dioses son el sol y la luna. Por eso cuando nuestros abuelos morían no tenían temor a algún castigo; los hombres se van al sol pues es trabajoso hacerlo rodar, y las mujeres se van a la luna, lugar de mucha tristeza. Los únicos ídolos son los Cangandó y los Uemas, piedras que cuidan y son propiciadoras de la milpa. Pero esos más que ser jefes supremos o ídolos, son chalanes.

Nos agarró la noche juntando los últimos restos de la milpa. Don Fili me pidió le pasara su guitarra y se puso a rasgarla hasta que empezó a lloviznar. Pasamos de nuevo a su casa de la peña en Tezoantla donde me contó que es descendiente de artistas campiranos pues su papá era músico. Trajo de su habitación una foto blanco y negro enmarcada donde don Fili sale retratado con su papá y otros miembros de una numerosa banda de viento.

Apenas escampó regresamos al Real del Monte. En completo silencio como si a don Fili se le hubieran acabado por este día las palabras y a mí las preguntas. A la entrada, el sonido de la carreta al entrar al pueblo, lo despertó de su sopor. Entonces me propuso contarme el cuento del puerquito, el cual dice más o menos así:

    Hace muchos años, por este paraje pasó una pareja de puercos espín. Tú dirás que en esta región no existen los puercos espín, pero recuerda que esto es un cuento. Iban caminando bajo el sol inclemente. Y se detuvieron allá donde la Red implementó uno de sus tentáculos. Entonces ahí justo, era un paraje desértico; hermoso. Sólo se veía cuando el sati corría y se veían las veredas de la hormiga arriera y se podía ver el vuelo majestuoso del zopilote. Y también la zorra estaba en su guarida, y el puerco espín al ver una biznaga, con sus púas apuntando al infinito, se trepó sobre ella, y empezó con un ruido sensual: oing, oing, oing, oing, Y de momento le dice a la puerca: oye puerquita ¡échale ganas, échale emoción! Y la puerca le dijo: cómo serás bruto puerco, estás sobre una biznaga, yo estoy acá.

Mientras desuncimos las mulas entre risas, me platicó otros cuentos y anécdotas. En casa Cempasúchil doña Bauci nos esperaba con panes de maíz y té de cedrón. Al terminar la cena sacó su armónica de su pecho y tocó para nosotros. Mientras entonaba un blues melancólico parecía estarse comiendo la armónica con su boca sin dientes. Don Fili la acompañó con la guitarra y al poco rato los huéspedes, excepto Nadie, estaban sentados con nosotros en la mesa, absortos y quietos.

Día 21

En la madrugada fui a la casa Geranios donde dormía solitario Nadie y a la casa Orquídeas donde se hospedan el resto de nuestros primeros huéspedes. A esas horas roncaban a pierna suelta. Doña Bauci me sirvió un té y me dijo que por el momento sería mejor ayudara a don Fili en la milpa, por eso regresé a la casa a descansar un poco más antes de irnos.

Por mi ventana empezó a entrar la luz del sol oblicua y benigna. La mañana estaba tan rojiza como el color del tezontle y las montañas parecían ondular azules por la bruma. Don Fili descendía lentamente por las escaleras del cerro tupido de árboles y magueyes con el quiote floreciendo, vestido de blanco, con su sombrero de tornillo, su pantalón de manta remangado en la parte amputada de la pierna y sus inseparables muletas.   

Don Fili es el la persona más vigorosa y dicharachera que he conocido y es, no tengo duda, el hombre más viejo que se puede conocer en la tierra. Le grité desde el balcón que si le ayudaba y me dijo mejor preparara la carreta y las mulas y lo esperará en la esquina. Así lo hice y ahí venía, silbando, con su cara de anciano-niño. Aunque es mi maestro y mi guía y le hablo de usted, hay algo de amistad en nuestro trato.    

Don Fili es un campesino de palabra sencilla y amena. También es filósofo. La primera vez que lo visité en su casa, después de una larguísima charla, me resumió su filosofía en una frase: un hombre es feliz cuando logra adaptarse a los cambios inevitables. 

Hoy fuimos a la milpa a juntar las últimas mazorcas, las habas, el frijol y las flores de calabaza. Antes de llegar, me atreví a preguntarle sobre cómo perdió la pierna y me contó que en su juventud manejaba motocicleta y en una noche sin luna y sin estrellas, lo atropelló un camión allá en la ciudad en ruinas.

   Estuve a punto de morir, pero mírame, aquí sigo, casi entero.   

Después de unas horas llenando costales con la milpa, desjegüitando la parcela y arreglando la cerca, nos fuimos a tomar un té a su casa en la peña de Tezoantla.

     Te voy a mostrar un secreto.

Don Fili se levantó de la mesa y de su habitación trajo un artefacto de madera.

     Es una máquina para encuadernar libros.

Con paciencia sacó unos papeles de su pantalón, encuadernó su libro El Quince Uñas y otras historias y me lo entregó.

La red se quiere adueñar de nuestro sello. Si eso pasa se adueña del bosque y entonces sí todo se lo llevaría la fregada.

¿Cuál es el sello?    

El símbolo que grabaste en el encino candelabro.

¿Usted y doña Fili me crearon?

Toda la comunidad.

Llegué a la casa exhausto. Aun así, pasé la noche en vela leyendo el libro de don Fili. En una de sus breves historias intitulada Los Uemas y la fuerza de los abuelos, aborda el proyecto colectivo de hackear la Red y hacer un Uema forjado de piedra y ciencia cibernética.  

Día 20

Sucedió en la madrugada. El ruido de la lluvia en los tejados hizo que me tardará en reconocer los toquidos de Juanito en el zaguán:

!Nadie, el señor de los ojos de fuego¡  

Tomé mi bastón y fuimos a Geranios, casa habilitada para urgencias, según dispuso Don Fili. En el camino Juanito me explicó que Nadie intentó ahorcarse en uno de los árboles del panteón. Lo encontró desmayado entre los charcos y el lodazal, como un bulto al que creyó muerto. Lo llevaron a la casa, le quitaron las ropas y lo acostaron. Cuando llegamos, doña Bauci y don Fili nos esperaban en la puerta:

   Necesitamos de tu ayuda por si se pone agresivo el señor de los ojos de fuego.

   ¿Cómo se llama?

    Antes yo lo sabía pero ya no me acuerdo. Ahora sólo atina a decir que es un don Nadie, por eso así le decimos.

En el piso estaba la ropa enlodada. Abel y Estrella estaban cada uno a un costado de la cama, sujetándolo del brazo aunque también lo habían amarrado con la misma soga sucia con la que intentó quitarse la vida, tal fue la precaución que tuvieron para cuando despertara. Doña Bauci se acercó y le acarició la frente. De repente, hizo un movimiento y quedó al descubierto su pierna desnuda.

    Esta cicatriz que tiene en la rodilla, dice Juanito, es de hace cuatro años cuando se aventó del acantilado.

A los pocos minutos despertó y entonces doña Bauci le tomó cariñosamente las manos y juntó su rostro al del hombre desesperado.

   Si necesitas algo, si no puedes dormir o te sientes inquieto, aquí estaremos.  

Duró unos minutos despierto, con los ojos desorbitados y se volvió a dormir. Ahí nos tocó estar en vela y bajo el silencio ensordecedor de la lluvia; vigilándolo. En la alborada, doña Bauci dispuso té y pan. Al té de Nadie le puso unas gotitas de alguna esencia. Es para que se relaje, nos dijo como ofreciendo disculpas por lo que había hecho, y nos pidió lo desatáramos y lo despertáramos para que se sentará con nosotros. Cuando iba rumbo a la mesa, Juanito, sonriendo y muy desenfadado, le dio una palmada en el hombro y le dijo: ¿Qué pasó amigo? Nadie volteó y sonrío ni dos segundos y después puso un rostro peor de angustiado.

Mientras desayunábamos cometí la imprudencia de preguntarle porqué se quería suicidar:

   Desde hace cincuenta y tantos años, Dios se me aparece todas las noches y me habla sobre eventos futuros que después se cumplen. ¿Por qué a mí, cansado y hastiado como estoy, me pone a presenciar su cruel espectáculo?

Quiso continuar, pero la voz se le cortó, se estrujó con las manos su afligido rostro y se puso a llorar.

En la tarde fui a continuar la construcción de la muralla. Hasta ahora, lo más difícil es embonar las polimórficas figuras de las piedras e impedir pase la niebla por los resquicios.

En esas estaba cuando me rozó la mariposa el rostro. Sentí como si me hiciera una caricia con un pañuelo de seda. Al poco rato apareció la mujer cara de zorra, sentada en la pequeña muralla similar a como aparecen las misteriosas mujeres en los cuentos de hadas, balanceando sus delicados pies con toda la hermosura del universo concentrada en una frágil criatura:

   Hola, amigo ¿qué haces?

   Construyo la muralla para el próximo invierno. Dicen será el peor del que se tenga memoria.

   ¿Para qué tanto esfuerzo? En menos de cien días este planeta desaparecerá completito.

   Nosotros estaremos muertos señorita, pero la vida continuará.

   ¿Quién te engaña de esa forma?

Se apeó de la muralla y empezó a caminar contoneándose del otro lado del bosque, apenas rozando con sus dedos las piedras.  

Espere, ¿cuál es su nombre?

Nadia.

Mucho gusto, yo soy @.

Ya lo sé

¿Cómo lo sabe?

Por el tatuaje que tienes en la frente, tontito.

La señorita Nadia se dio la vuelta y soltó una carcajada. Yo me quedé mudo y la contemplé hasta perderla de vista.   

Día 19

Apenas hoy me di cuenta que son dos colibríes los que llegan a beber el néctar de las flores. Al observar detenidamente su cola, uno tiene las puntas redondas y moteadas de blanco y el otro/otra tiene las alas más afiladas y de un mismo color. Como siempre se van rumbo la ciudad en ruinas, decidí echar un vistazo antes de continuar con la muralla.  

No había neblina como la primera vez que fui y fue fácil divisar desde lejos la ciudad En la entrada, a la altura de la mina que esta cuesta abajo, me encontré con una mujer de unos ojos color azúcar quemada, piel blanca y tersa, rubicundas mejillas y cabellera dorada. Su cuerpo era macizo como yeguas y sus movimientos se parecían a los de mi bastón cuando se convierte en serpiente, aunque su rostro más parecía el de una astuta zorra. Tuve miedo, pero su belleza y porte me arrastraron y caminé hacia donde ella estaba un poco más de lo que consideré pertinente.

   No seas tímido, acércate. Desde hace días te estamos esperando.

No muy lejos de ahí, vi a un grupo de joviales hombres y mujeres que me llamaban de muy buena gana. Entonces retrocedí y caminé de regreso lo más rápido que mi cojera me lo permitió. La mujer soltó una carcajada y dijo: ya regresarás y volvió a reírse con más fuerza.

Fui directo a buscar a doña Bauci y don Fili  y les pregunté si esa mujer y sus amigos eran los secuaces.

   Dicen que pueden tomar la forma de casi cualquier ser humano. Mejor no andes por esos rumbos.

   ¿Entonces cómo saber si son secuaces o no?

   Con la red @ no pueden entrar al bosque.

   ¡Aaah¡

Al atardecer, llegaron desde Hacienda Abandonada una mujer y cuatro hombres con su mochila al hombro. La algarabía y el griterío eran tales que parecía ser una multitud. Don Fili tomó sus muletas y los fue a recibir. Al verlo, cuatros se acercaron a abrazarlo efusivamente. Sólo uno se quedó receloso y tímido. Mientras iban subiendo el cerro para instalarse en su nuevo hogar, doña Bauci y yo los veíamos por la ventana y ella me explicó a detalle quienes eran nuestros primeros huéspedes:

    El nombre de la chamaca es Sandy. Ella era adicta a los enervantes y a pesar de que se a puesto a dieta para bajar de peso, siempre está comiendo de pura ansiedad. Como ves desde aquí, todo el tiempo está abrazando a las personas. El que está al lado de ella. Ese que desde hace rato da unos pasos y de repente corre, es Juanito. Ese muchacho es muy encimoso, todo el tiempo te aborda y te pide dinero. Tiene retraso mental y desafortunadamente perdió la vista a raíz de una catarata que tiene en el ojo derecho. Ya tiene muchos años que no puede incorporarse. Así como lo ves, siempre está flexionado, por eso tiene una joroba y camina torpemente y a veces se cae. El más moreno y gordo es Abel y también tiene retraso mental. Lo conozco desde hace unos cuarenta años, ahorita tendrá como sesenta. Perdió un oído el pobre y está apunto de perder el otro, por eso no escucha muy bien y le tienes que gritar fuerte para hacerte entender. Pero siempre es muy amable y como ves siempre está vestido de traje y corbata. Es muy propio, siempre te da los buenos días o las buenas noches. Seguro Fili lo va a poner como líder de la casa. Me acuerdo en aquel entonces, a todo lo que decía le hacían caso y lo seguían, sobre todo las mujeres fueran o no su pareja. Como ves, todos están gordos menos Estrella, ese, el que no tiene nada de pelo, es esquizofrénico. A él le da la manía de ponerse mucha ropa encima. Bien me acuerdo, canijo Estrella, siempre me decía: !Bauci, qué bonito abrigo¡ y deslizaba suavemente su mano. Fueron varios los que perdí. Ya desde ese entonces nos encargábamos de quitarle el encimadero de ropa. Sepan los dioses dónde la conseguía.

¿Quién es ese que viene atrás, un tanto alejado del grupo?  

También es esquizofrénico. El es un poco más joven y no me acuerdo ahorita cómo se llama. Siempre quiere irse de donde está y le da por escaparse, aunque no sepa a dónde. Una vez se fue por año y medio y pensamos no volvería, pero volvió, demacrado y con ese susto en el rostro que tienen los locos. A ese pobre hombre no le gusta el encierro, pues se pone muy agresivo y le da por golpear a la gente. Como te digo, todo el tiempo busca la oportunidad de irse, aunque luego regresa, triste y humillado, y con más rabia en la mirada. ¿A poco no ves desde aquí el fuego en sus ojos?

En efecto, se percibía su mirada amenazante a pesar de la distancia.

Esos son, estimado lector, los peregrinos que llegaron este día a Real del Monte a resguardarse en casa Orquídea del crudo invierno y el fin de los tiempos.

Día 18

Desde temprano me fui a extraer piedras para construir la muralla. Parece increíble que cientos de miles de años de civilización estén por terminar. ¿Habrá vida en otros planetas? ¿Habrán destruido la Red antes de que fuera demasiado tarde?

Rumbo a la muralla, por el lado nororiente, esta la mina la Asunción, abandonada y fantasmal igual que las demás, con su enorme chimenea de ladrillos rojos similar a los faros que hay en el mar, y la yerba, las enredaderas y los arbustos tragándose las paredes carcomidas.

Bajé por el elevador de varilla oxidada con mi casco de minero y mi bastón que ocupé a modo de barreta para ir desgajando las piedras. El elevador rechinaba con un estruendo ensordecedor mientras me introducía al vientre de la tierra y el vaho que salía de las entrañas de nuestra Madre me sofocaba. Descendía y aquel túnel parecía interminable y sentía lo que sentí cuando aún no había nacido. Fui desgajando las piedras y después, ya arriba, las fui sacando al compás de mi bastón. La mayoría eran piedras vidriosas de obsidiana negra. Piedras y oro y plata extraídos durante siglos y aún la mina me regaló sus frutos. También saqué algunas piedras de mármol grisáceo-verde y café terroso, otras blancas porosas y con arena como corales perdidos, un poco de ámbar y algunas de tezontle rojo.

Ahí iban formadas como soldaditos.

Aún falta mucho para terminar la cortina a la altura que me pidió don Fili pero ya abarque la parte norte del bosque de punta a cabo. Aunque de múltiples y pálidos colores, predomina el negro cristalino de la obsidiana, por lo que la incipiente muralla es un largo espejo arrugado serpenteando por las montañas.

Oiga, rumbo al norte se divisa a lo lejos otra ciudad en ruinas con otros cilindros y torres luminosas en el centro.

Desde tiempos inmemoriales nos desconectamos de la Red, ahora solo son leyendas lo que sabemos de ella.

¿Pero si estamos en el fin de los tiempos porque los secuaces quieren destruir a la humanidad? ¿Qué ganan? Es absurdo, don Fili.

Quieren el bosque.

¿Hay más sobrevivientes?

Lo poco que sabemos es por las anécdotas que algunos forasteros nos han contado.

¿Para qué quieren el bosque?

La Red tiene que dominar el planeta entero.

¿Los secuaces son humanos?

Sí, sí lo son.  

¿Y obedecen a la Red?

Si la vida en la tierra está por extinguirse no es culpa de los seres humanos. Ciertamente veo que así es, como presagiaron los antiguos, ahora el dinero y el mundo virtual son los que tienen valor y nosotros que habitamos primero la tierra y nuestras voces, no tienen ningún valor. Aquellos otros que acumulan riquezas y poseen más y más, se dicen afortunados en el mundo, pero te sé decir que no presenciaremos la destrucción del bosque, no te preocupes.

Día 17

Le di los tres golpes a mi bastón y bajamos por la escalera de caracol la serpiente y yo. No llovió hasta la noche y ni una nube había en el azul del cielo. La serpiente brillaba mientras avanzaba sensual y lentamente por las calles. Las piedras pulidas, las baldosas, las ventanas vibraban levemente a su paso. Se bañaba en los charcos y entonces refulgía el amarillo verdoso y las innumerables manchas negras de su cuerpo.

Al llegar a la entrada del bosque, ahí estaba otra vez la mariposa revoloteando. La serpiente dio fin a su acostumbrada espiral porque se lanzó contra ella y aceleró su también acostumbrada huida. La serpiente sin bacilar se introdujo y ya no supe de ella por un rato.  

 Mientras me introducía en el bosque me pareció ver un gigante ¿tal vez otro Uema? corriendo por el follaje y después empecé a sentir el poder del viento como un mar embravecido entre los árboles.

Llegué al encino de cinco brazos y nos volvimos a encontrar. Ahí estaba, enredada en el tronco, con su cabeza negra y el contorno blanco que aviva más el poder hipnótico de sus ojos de jade. El encino reverberaba una luz cegadora por lo que di los tres golpecitos y la serpiente descendió obediente, se posó en mi mano y volvió a su condición de bastón.    

Ya está todo listo

Vámonos pues

Todos los cachivaches de don Fili y doña Bauci cupieron en la carreta que jalan dos correosas mulas. Y ahí veníamos con sus vacas, burros y ovejas, cuando en el trayecto una de las ovejas se perdió. Al poco rato la encontramos muerta en un acantilado.

Bajé por ella y se la entregué a don Fili aún tibia y dando sus últimos estertores. Le hizo una punción en el pescuezo y empezó a soltar borbotones de sangre en la tierra. Cuando ya no tuvo ni una gota de sangre la echó a la carreta y al llegar aquí , doña Bauci nos preparó la deliciosa carne con pencas de maguey.

Escogieron la casa cempasúchil que está en la punta del cerro junto al cementerio.

Si quieren puedo acondicionar una casa para ustedes dos.

Morir es la pura soledad. Es mejor estar arrejuntados.   

¿Y para cuando irán a llegar los demás?

Los de San Pedro no tardan en mudarse, los demás llegarán si logran escapar de la red y sus secuaces

Sigo sin comprender quiénes son los secuaces.

Todo a su tiempo, chamaco.

Si quieren voy a buscar a los peregrinos

No han de tardar y hacemos más falta aquí para preparar la fortaleza.

Llevé a don Fili y a doña Bauci a conocer la presa que hice. Apenas se había llenado unos cuantos centímetros, sin embargo don Fili me pidió que levantara la cortina unos cuarenta metros más y que la extendiera a lo largo de toda la parte norte.

Se parece mucho a la presa que hay allá abajo en la ciudad, pero no nos servirá de mucho. El próximo invierno será el más duro del que se tenga memoria y lo que necesitamos es una muralla para detener la niebla.

No pude terminarla y se acabaron las piedras que había. Al anochecer llegó la neblina como si fueran garras de un monstruo que escalara el enorme muro. Después empezó a llover. A lo lejos, en el balcón, no logré distinguir desde mi ventana, si era don Fili o doña Bauci quien tocaba con la armónica una canción tristísima.     

Día 16

Quedaron listas las casas para los huéspedes. A las que serán habitadas por los viejos les puse nombre de flor. En total son ocho: Crisantemo, Jazmín, Anturio, Rosa, Geranio, Buganvilia, Cempasúchil y Orquídea. Cada una tiene cuatro habitaciones con tres camas y baño propio, un amplio balcón con mecedoras de madera de cedro, fogón de piedra y una habitación común donde coloqué un refractario con doce sillas que también hice de cedro.  Las ventanas tienen el cuarzo delgado y son las suficientes para que se aproveche al máximo la luz del sol.  

La casa para Yasmín, David y Emiliano no tiene nombre aún y sólo tiene dos habitaciones con una cama cada una, baño compartido, un pequeño balcón, fogón de piedra y una mesa con tres sillas. Para don Pedro, doña Leonila y sus once hijos, acondicioné una de las pocas casas con cinco recamaras.

En cada jardincillo puse tiestos con lavanda, romero, epazote, menta y yerbabuena para los males que se curan con brebajes. También puse con mi bastón, en el dintel de cada casa, el sello con mi nombre, para que estemos conectados a la red alternativa.

En el principio fue Don Quijote

Ahora soy viejo y eso pasó hace muchos años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Tocaron la puerta desesperadamente y abrí de inmediato temiendo lo peor.

-Tenemos cinco minutos para escapar de la tierra. Eres de los elegidos para habitar otro planeta  ¿vas o te quedas?

Sólo me dio tiempo de llevarme a Don Quijote de la Mancha, el libro que tenía en esos momentos en la mano.

Éramos unos cuantos los supervivientes en un planeta igual a la tierra y tuvimos que empezar de cero. Mi primer trabajo fue el de lector en torno a las fogatas en las largas y salvajes noches.

Con el tiempo el Quijote se convirtió en nuestro libro fundacional. Así como en aquel planeta del sistema solar, los libros religiosos fueron los que dictaron secretamente las costumbres de la humanidad hasta cumplir al pie de la letra el apocalipsis, las desventuras del Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero, dictaron nuestra nueva moral.

El resto de la historia ustedes la conocen. Llevamos más de setenta años de felicidad, risas y poca fe. Algunos me llaman padre del comunismo aunque los más jóvenes me llaman tirano e impostor.

Acepto con resignación que las nuevas generaciones tengan sus dudas y que sostengan es mejor ponerle más sabor a la vida. Los argumentos de nosotros los viejos no los satisfacen. Según ellos, eso de que Cervantes fue soldado es una artimaña para sujetarlos a nuestras absurdas leyes que se burlan de los héroes y de los que caen víctimas de la esperanza en un futuro mejor. Además, anatemizan nuestro culto a la amistad y el valor secundario que le damos al amor de pareja.

Si tienen paciencia y llegan a viejos como yo, esos jóvenes inquietos se darán cuenta que cayeron en un típico juego cervantino. Si no es así, ojalá y en los últimos cinco minutos de vida humana en este planeta, alguien tenga la suerte, cuando le toquen de emergencia la puerta, de llevar a don Quijote en la mano.